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Festejando la dulce Patria

Por Marcos Buvinic Domingo 18 de Septiembre del 2022

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Al celebrar las Fiestas Patrias con diversas actividades públicas, encuentros familiares y reuniones festivas de amigos, todo se llena de lo que se ha llamado “los símbolos de la chilenidad”: banderas y guirnaldas, música folklórica, himnos y desfiles, oración por la paria en las iglesias, trajes de huasos y chinas, cuecas hermosamente bailadas, gastronomía y bebidas apropiadas en las alegres fondas y ramadas.

 

Son los rostros de la fiesta de la Dulce Patria, que este año celebramos en medio de un tiempo complejo, un tiempo que es -a la vez- incierto y esperanzado, en medio de los diálogos y debates acerca de lo que pasará con la nueva Constitución.

 

La celebración de las Fiestas Patrias es, también, un aporte importante para esos diálogo y debates, porque esta fiesta nos permite encontrarnos, reconocernos, manifestarnos, alegrarnos y agradecernos mutuamente. La fiesta nos iguala a todos en lo que nos es común. En estas fiestas nadie se detiene a pensar si acaso vale la pena vivir o si vamos a excluir a algunos del festejo, o si vamos a hacer fiestas distintas en grupos divididos. En estas fiestas se muestra de manera simbólica y espontánea que la vida es buena y aún puede ser mejor, que es bueno estar juntos y reconocernos mutuamente. En estas fiestas aparecen, también, rasgos importantes del proyecto común: alegría, dignidad compartida, igualdad, solidaridad, gratitud, abundancia.

 

Por cierto, más allá de la fiesta también aparece la distancia entre lo que somos y lo que quisiéramos ser. Tras el manto festivo también están los otros rostros de un Chile dolorido y dividido: rostros de niños golpeados por la pobreza aún antes de nacer, rostros de menores abandonados que caminan por nuestras calles y crecen sin futuro, rostros de jóvenes desorientados a quienes les cuesta soñar un futuro, rostros de trabajadores sometidos a horarios y sistemas de trabajo esclavizantes, rostros sufridos de mujeres humilladas, rostros de pueblos originarios que esperan reconocimiento y dignidad, rostros de migrantes que llegan a nuestro país buscando un futuro mejor, rostros de ancianos con pensiones miserables… En fin, tantos otros rostros que nos desafían a construir un país que sea bueno para todos, tal como lo vislumbramos en estas fiestas de la Dulce Patria.

 

El accidentado debate del proyecto constitucional puso preguntas que en estos días se abren -de una manera distinta- para cualquier persona: ¿qué es Chile?, ¿acaso Chile se reduce a esos símbolos que pronto quedarán guardados hasta el próximo año?, ¿es Chile, simplemente, un territorio que va de Arica a Punta Arenas y de cordillera a mar?, ¿o es algo más? Sin duda, es necesario un territorio para que exista un país, pero el territorio no basta. Sin duda, es necesario que cada grupo humano posea símbolos y ritos en los que se exprese, pero los símbolos y ritos tampoco bastan para hacer un país; además, dentro de un país puede haber diversos grupos humanos y culturas con símbolos también diversos.

 

Al final, cualquiera sea el modo en que sea normado por una nueva Constitución, somos y seguiremos siendo un país. Y hacer un país es acoger un don y un llamado de Dios a vivir juntos y construir una historia común. Un país no lo hacen solamente los héroes de la historia, ni las autoridades, ni los políticos, ni los convencionales, ni los sabios ni los poderosos. Un país es una obra colectiva. Hacer un país es la tarea de todos los que comparten una historia y sus desafíos, que viven en un territorio y se expresan en determinados símbolos que son comunes a los distintos pueblos y culturas que lo habitan. Y hacer un país también es festejar que estamos juntos en la Dulce Patria.

 

La patria es el legado común que hemos recibido de los padres, y aunque a veces se la llama “madre patria”, también podría ser “matria”. Como sea, es el legado de los que nos precedieron en esta tarea e historia común. Una historia marcada por encuentros y desencuentros, colaboración mutua y dominaciones de algunos, igualdades fundamentales y, también, discriminaciones.

 

La expresión “hacer patria” significa, en primer lugar, aprender a vivir juntos haciéndonos cargo de la historia común, con sus aciertos y sus yerros a solucionar. Así, “hacemos patria” cuando se construye una honesta convivencia democrática, cuando se está dispuesto al diálogo con el que piensa distinto, cuando se lucha contra la corrupción que tiende a instalarse en las estructuras de la sociedad, cuando se está dispuesto a reconocer los propios errores y enmendarlos, cuando se ofrece generosamente el perdón a otros.

 

Si falta esta voluntad de aprender a vivir juntos en el respeto, en la verdad, en la justicia y el perdón, en lugar de hacer una Dulce Patria se destruye la obra común y el legado de quienes nos precedieron. La Dulce Patria que en estos días festejamos, la hacemos juntos, en diálogo y en búsqueda del bien común.