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Bares y Poesía en la noche de Santiago (I parte)

Por Marino Muñoz Aguero Domingo 25 de Septiembre del 2022

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Fue en el invierno de 1983; algunos escritores compartían en el Refugio López Velarde la taberna de la Sociedad de Escritores de Chile, ahí en la calle Simpson 7 cerca de la Plaza Italia (y nosotros estuvimos ahí). El grupo lo integraban: Francisco Coloane, Jorge Teillier, Rolando Cárdenas, Ramón Díaz Eterovic, Marino Muñoz Lagos, y un par de otros personajes. Dado que se venía la noche, los contertulios estiman prudente continuar la conversación en otro sitio.  

La primera parada fue el Restaurant “El Castillo, en la vereda norte de Alameda a media cuadra de Irene Morales, donde se pensó en seguir a “La Unión Chica”, bar que debe su nombre al hecho de estar situado al frente del Club de la Unión, calle Nueva York Nº 11; pleno Wall Street criollo (además su dueño era hincha de la Unión Española). Allí, en un entorno de los años 50 con garzones uniformados a la vieja usanza, cacho y dominó, aún reina la conversación de jubilados, funcionarios públicos y escritores. Considerando lo avanzado de la hora, se desecha la llegada a la calle Nueva York y nos dirigimos al pasaje Rosa Eguiguren en la primera cuadra de San Antonio. Ahí estaba ubicado el “Isla de Pascua”, recinto que Coloane llenó con su vozarrón y su presencia. Recitó poemas de Neruda y de algunos de los presentes, los versos retumbaban en las baldosas, y eran esparcidos por el ventilador que en pleno invierno giraba en el techo del local. Los escritores y el resto de la distinguida clientela aplaudieron de pie al viejo lobo de mar chilote. Donde alguna vez hubo poesía, hoy en día hay una bodega. 

Luego de algunos aperitivos y “petit bouches” (la especialidad del “Isla de Pascua”, los sándwiches de carne mechada), la comitiva enfiló por San Antonio hacia el norte. Imposible no virar en Merced hacia la izquierda e invadir “El rincón de Arriba”, ubicado exactamente al final de las escaleras que en otro tiempo bajaban a una de las salas de espectáculos propias del Santiago que se fue (al decir de Oreste Plath). A esas alturas de la noche, venían muy bien las empanadas del local acompañadas del vino de la casa.

La conversación era familiar, los contertulios cultivadores del verso algunos y de la prosa otros, tenían alma y vida de poetas, quizás a la manera en que Teillier se refiere a los poetas en una de sus últimas entrevistas: “Todos los poetas son moralistas, tienen que tener una ética, no pueden ser ladrones ni cosas así”. Era una colección de tipos magníficos, de aquellos que hacían de la amistad un culto. Ahí estaban en la plenitud de la noche santiaguina recordando el sur, la lluvia y los trenes, los juegos florales y las reinas de la primavera, los piñones y las tortillas de rescoldo, la nieve y el viento. Eran tipos de la “vieja escuela”, de los que pagan religiosamente sus impuestos, dejan propinas y son cooperadores incondicionales de los bomberos y de cuanta colecta azote el territorio nacional. Un detalle que hay que mencionar es que todos habían sido empleados fiscales; ¡cuánta creatividad en medio del Sector Público!. En “El rincón de arriba”, Jorge Teillier y Marino Muñoz Lagos se deleitaron recordando los nombres de todas las estaciones de trenes de Chillán al sur ramales incluidos, en estricto orden geográfico; sitios como Púa o Cosmito adquirían dimensiones de metrópolis en la memoria y el cariño de estos poetas láricos enamorados de los rieles. Contaron historias de juventud, de las veces en que uno de ellos al atravesar un túnel se encontró dentro de él con el tren en marcha, o de las ocasiones en que cruzaron a pie el puente ferroviario Viaducto del Malleco. No podía ser de otra manera, ambos eran puro sur, Teillier de Lautaro y Muñoz Lagos de Mulchén. Era una delicia escuchar a Teillier, quien nació el mismo día en que muere Gardel, y que aprendió a leer a los tres años de edad, hechos que tal vez marcarían su destino. En su conversación pasaba de las anécdotas deliciosas a los clásicos. Era capaz de citar antiguas formaciones completas de equipos de fútbol y al mismo tiempo almacenar en su privilegiada memoria lo más relevante del conocimiento universal. Destacaba su dominio en cuanto a autores, y en especial la facilidad con que podía recordar y recitar extensos poemas. Tenía en esta materia un duro contrincante, el poeta magallánico Rolando Cárdenas; seguramente estos dos colosos que ya no están con nosotros, andarán recitando sus versos por bares y caminos que aún no conocemos.

La salida del “Rincón de arriba” fue accidentada, a media cuadra Teillier pregunta por su “Saxoline”, había sido bautizada así una malla de compras color celeste(pilgua), en la que esa noche llevaba su máquina de escribir y algunos escritos o recortes. Un emisario retorna y de acuerdo a las reglas no escritas de la bohemia, el “Saxoline” ya estaba a buen recaudo debajo del mesón. “Acá no se pierde nada” fue la escueta respuesta en el local.

Nota: la imagen corresponde al poeta Jorge Teillier en la Estación Central de Santiago. 

Continuará