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Las esperas, las ilusiones y la vida esperanzada

Por Marcos Buvinic Domingo 27 de Noviembre del 2022

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Me ha impresionado, en el último tiempo, conversar con mucha gente que anda “des”; es decir, desilusionados, desanimados, desencantados, desalentados, decepcionados, desmotivados, desmoralizados, desengañados, descorazonados y defraudados. Gente buena y que eran siempre apoyadores, pero ahora andan con las alas caídas, como que una pandemia de desesperanza los hubiese contagiado.

Conversando con unos y otros, cada cual tiene sus motivos y razones para andar medio abatido y con un gran déficit de esperanza. Unos porque ven que no se cumplen las promesas del gobierno, otros porque les cayó una ducha fría de realidad y se dan cuenta que otra cosa es con guitarra, otros porque desconfían de todos los políticos y de las instituciones de la sociedad, otros porque no logran que el billete alcance hasta fin de mes y están endeudándose, o los  pensionados que quedaron excluidos de una pensión que se llamaba garantizada y universal, otros porque ven que la expectativa de una nueva constitución se escapa como el agua entre los dedos, otros porque están viviendo situaciones personales o familiares que les parecen sin solución. Hay de todo, y la desesperanza es el denominador común.

Quizás, ocurre que algunas personas confunden la esperanza con algún estado de ánimo positivo, pero los estados anímicos son transitorios y fugaces, o la confunden con el voluntarismo de apretar los dientes y echarle para adelante contra viento y marea, o la confunden con el optimismo y creen que cualquier cosa es posible, o quizás sobredimensionan sus propios deseos y anhelos poniéndose metas irrealizables, otros simplemente se quedan en esperar que pase algo o que alguien haga algo. Parece que hay mucha confusión al respecto de la esperanza.

Probablemente, pueda ayudar algo recurrir a los clásicos y, entre ellos, Aristóteles decía que “la esperanza es el sueño del hombre despierto”. Es decir, la esperanza supone la lucidez del juicio y el discernimiento de las situaciones, los medios y las circunstancias. Sólo con esa lucidez y discernimiento podemos abrirnos al futuro y buscar lo nuevo; sin esa lucidez y discernimiento nos quedamos simplemente en el subjetivismo de las sensaciones (“siento que…”), en la fugacidad de los estados anímicos (como son el optimismo o el pesimismo), en el inútil voluntarismo de ir contra viento y marea repitiendo los mismos errores, o en la pasividad de quien se queda sentado esperando que pase algo. 

¿De dónde sacar, entonces, una esperanza verdadera y cierta, que no se diluya en ilusiones y buenas intenciones? La sabiduría de los antiguos decía que “ex memoria, spes”; es decir, que la esperanza nace de la memoria, y que sólo podemos construir lo nuevo desde los cimientos de lo que hemos vivido, haciendo memoria de lo nuevo que ya ha ocurrido en nuestras vidas, personalmente y socialmente.  

Que la esperanza nace de la memoria es algo muy sencillo: creo y espero en la bondad y sentido de justicia de los seres humanos, porque he conocido muchas personas que son así; creo y espero en el amor, porque tengo experiencias de amar y sentirme amado; creo y espero en la capacidad de bien de las personas para ir haciendo una vida mejor, porque tengo experiencias de que la colaboración y la solidaridad nos hacen bien a todos. 

Quizás valoramos poco la importancia de lo que significa vivir haciendo memoria de lo vivido y, por eso, que la esperanza nazca de la memoria es algo que nos cuesta reconocer y aceptar, porque culturalmente nos sentimos más tentados a mirar hacia adelante y sin límites, confiando en que la economía, el progreso científico y técnico, -unidos a nuestras buenas intenciones- resolverán nuestros problemas. Pero, la salida al desencanto y desaliento no está en la tecnología ni en el voluntarismo, ni en la simple entretención que adormece, sino que está en la esperanza que significa vivir despiertos y alzar la mirada, hacer memoria y recibir la fuerza de lo vivido. 

La esperanza que nace de la memoria lúcida es realista y confía en el futuro, aprovecha las nuevas circunstancias y medios para enfrentar creativamente los problemas. La esperanza que nace de la memoria es creativa y fiel.

Como los cristianos estamos llamados a dar razón de nuestra esperanza, es que cada año iniciamos en estas fechas el tiempo de Adviento, que es el tiempo de renovar nuestra esperanza cierta en que Dios está presente y actuando en nuestras vidas y en nuestro mundo, conduciéndonos a todos a algo nuevo y mejor. Por eso hacemos memoria del nacimiento del Señor Jesús, contemplando la permanente fidelidad de Dios a sus promesas; así, en Navidad recibimos el regalo de una esperanza cierta que nace de la memoria.