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A pesar de todo, con uds: el Mundial

Por Eduardo Pino Viernes 2 de Diciembre del 2022

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Más allá de la inusual época del año en que se está realizando, una vez más la cita planetaria del deporte de mayor popularidad en el mundo ha acaparado la atención de la gente y los medios. Aunque quienes profesan su devoción al balompié consagran estas semanas largamente esperadas durante 4 años, no se puede negar que el influjo también alcanza a muchas personas que no se familiarizan de manera permanente con la afición a un club ni torneos locales o internacionales, incluso desestimando la ausencia del propio país en la cita mundialista, pues la magia de este certamen radica justamente en el fenómeno social, cultural, económico e incluso político que constituye probablemente la mayor caja de resonancia a nivel planetario. Para un país el adjudicarse una sede de este tipo va más allá del turismo al mostrar sus virtudes como anfitrión, pues reviste una indiscutible oportunidad de elaborar una estratégica imagen país para exhibirla en la más codiciada vitrina.

Sólo así se puede explicar, aunque sea en parte, la obsesión de los jeques de adjudicarse un lugar en la historia de los mundiales, utilizando todos los medios (y más) a su alcance. Conocidas son las irregularidades observadas en la postulación de este pequeño país del medio oriente hace poco más de diez años, siendo aceptado por los jerarcas de la Fifa que actualmente han sido defenestrados del poder debido a un nivel de corrupción que sigue sorprendiendo. Pero más allá de eso, detrás de todo el brillo de los lujos en medio del desierto y de las maravillas arquitectónicas levantadas en pocos años, se esconde una realidad que refleja una parte fundamental de la naturaleza del ser humano: el poder y abuso ejercido de unos hacia otros. Desde tiempos inmemoriales, aquellos logros monumentales que evidenciaban el desarrollo de la humanidad fueron fruto de mentes brillantes, avances tecnológicos y el esfuerzo colectivo de muchas personas, pero parece olvidarse (intencionadamente o no) del sacrificio de muchas personas que por obligación o necesidad posibilitaron que hoy nos podamos maravillar con logros que incluso sorprenden nuestra imaginación.    

Aunque las cifras oficiales y las estimaciones no coinciden, y probablemente nunca se conocerán de manera exacta, se calcula que las personas muertas desde el 2010 en diversas construcciones del país, incluidos los estadios para este Mundial, van desde las 6.500 hasta incluso las 15.000 según los más pesimistas, además de los miles de accidentados de diversa gravedad. Y aunque autoridades del gobierno desmienten tajantemente estas proyecciones, argumentando que son una mínima fracción de esas cifras, las condiciones irregulares de trabajo, la falta de elementos de seguridad, precaria asistencia social, retención de documentos, atrasos en las remuneraciones y los exiguos salarios pagados a laborantes inmigrantes, la mayoría en condición irregular y en un estado de vulnerabilidad que les impide exigir derechos mínimos; nos hace pensar que las evaluaciones catastrofistas son mucho más que una mala prensa. 

Como lo hemos abordado en pasadas columnas, en los Mundiales de Fútbol cada cierto tiempo encontraremos la presencia de este intervencionismo de Estado, que más allá de la legítima organización deportiva pretende elaborar una imagen favorable que tape manejos valóricamente cuestionables, como lo fue en Italia 1934 bajo Benito Mussolini, en que el Duce no sólo amenazó de muerte al plantel peninsular si no ganaban la Copa Mundial en casa, pues además compró la descarada eliminación de España a manos de la azzurra; o en Argentina 1978 donde el notable plantel trasandino vio empañado su logro al recaer sospechas acerca de la goleada a Perú para llegar a la final, en un entorno cargado de tensión y protestas por la terrible dictadura militar de la época. Sólo como reflexión final, quién iba a pensar que el pueblo ruso que hace 4 años celebraba un Mundial en su país, hoy sufra una guerra terrible y sin sentido propiciada por sus autoridades, mostrándonos lo frágil de los equilibrios y que la paz es mucho más precaria de lo que pensamos. 

Es que cada vez pareciera es más difícil defender esa gran frase dejada por el ídolo que hace dos años partió: “a pesar de todo, la pelota no se mancha”.