Necrológicas

– Marta Rosario Villegas Díaz

– Stephania Arrué Ortiz

– Lino Echenique Escalante

“Soy marxista”: el día que Fidel Castro traicionó su promesa de democracia y el divorcio por carta del Che Guevara

Martes 10 de Enero del 2023

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El dictador cubano Fulgencio Batista no podía permanecer más en el poder porque todo su entorno estaba viciado. Tenía un Ejército casi intacto de 40.000 efectivos pero los altos mandos no querían combatir contra unos pocos cientos de guerrilleros. Fidel Castro tenía la iniciativa militar y cada semana recibía más apoyo económico o “tributos” de los empresarios industriales, hombres de negocios y terratenientes (como harían años más tarde el PRT-ERP y Montoneros en la Argentina). Era el suicidio colectivo de una clase dirigente. Stanley Ross en su trabajo “Nos equivocamos con Cuba”, American Weekly del 12 de junio de 1960, sostiene: “El arma secreta de Fidel Castro fue el dinero: increíbles millones de dólares con los que compró ‘victorias’. Compró regimientos enteros de oficiales de Batista y en una ocasión hasta adquirió por 650.000 dólares en efectivo todo un tren armado, con tanques, cañones, municiones, jeeps y 500 hombres”.

Miércoles, 31 de diciembre de 1958: los instantes previos a la partida del dictador Fulgencio Batista, sus familiares, y sus más íntimos, no fueron como se contó más tarde en las películas de Hollywood. La recepción de Año Nuevo no se llevó a cabo en un hotel-casino de lujo. Como todos los años, Batista solía citar, mediante tarjeta RSVP, a numerosos invitados a esperar la llegada del Año Nuevo en los salones del Cuartel de Columbia (hoy Ciudad Escolar Libertad) defendido por un amplio murallón con torretas para soldados cada 20 metros. Esta vez la lista de invitados no pasaba de setenta, es lo que contó el embajador estadounidense Earl E. T. Smith con precisos detalles. La atmósfera era tensa y se podía observar que tanto el secretario privado del dueño de casa (Andrés Domingo) y el Ministro de Estado, Gonzalo Güell, caminaban entre las mesas aferrados a grandes sobres de papel manila. Pocos sabían que adentro estaban los pasaportes. Batista se paseó entre los presentes y saludaba a cada uno de los invitados con una palabra agradable. Gran parte de la recepción se la pasó en el hall de entrada, con sus íntimos, y en un cuarto adyacente donde recibía informes de la situación que le entregaban los jefes militares. A eso de la una de la mañana la señora Marta Fernández Miranda de Batista abandonó el salón anunciando que se iba a cambiar de vestido porque sentía frío. Minutos más tarde los invitados comenzaron a abandonar la fiesta y se despedían del dueño de casa con “hasta mañana Presidente”, sin sospechar la mayoría que no lo verían más. Cerca de las dos de la madrugada Fulgencio Batista renunció y se designó un gobierno provisional presidido por Carlos Piedra, un veterano juez de la Corte de Justicia.

Seguidamente, Batista, su esposa, su hijo Jorge y altos integrantes de su régimen se dirigieron al aeropuerto militar de Columbia, en cuya pista esperaban tres aviones DC-4 del Ejército de Cuba, conducidos por pilotos de Cubana de Aviación. Los pilotos no sabían a quiénes esperaban, ni su misión, hasta que vieron llegar la caravana de unos 30 automóviles con Batista a la cabeza. Los pilotos conocieron el plan de vuelo cuando estuvieron en el aire. Batista no pudo ir a Daytona Beach como quería, tampoco a España. Se tuvo que contentar con aterrizar en Ciudad Trujillo, República Dominicana. Todo fue poco planificado, era una huida. El embajador play boy dominicano Porfirio Rubirosa, yerno de Trujillo, le contó a Smith que su gobierno desconocía el destino de Batista. Fue como un “aquí estoy”.

La caravana
de la derrota

A las 8 de la mañana Ranfis Trujillo, primogénito de El Benefactor, recibió a los fugados en la Base Militar San Isidro. La caravana de la derrota estaba compuesta por el ex Presidente, sus familiares, su servicio doméstico, generales, almirantes, embajadores, agentes policiales. Fueron llevados a la embajada cubana donde Batista habló telefónicamente con Leonidas R. Trujillo. Los Batista y sus 25 valijas, más sus empleadas domésticas, estuvieron dos semanas en el Palacio Presidencial. Nada fue gratis: el ex Secretario de Prensa del dictador cubano, Enrique Porras, detalló que Batista le debía dinero a Trujillo por compras previas de armamentos, que debió abonar antes de salir de Ciudad Trujillo (República Dominicana): 600.000 dólares de armamentos; 800.000 dólares por pago pendiente al traficante de armas americano y 2.500.000 de dólares para dejarlo salir de Santo Domingo. Después de pagar dichas cantidades, Trujillo exigió un millón más, lo que retrasó en 24 horas su salida de la isla mientras conseguía la cantidad reclamada.

En los primeros instantes del 1 de enero de 1959, a unos kilómetros del Cuartel de Columbia, el clima del Nuevo Año era diferente. Otros aires se respiraban en la residencia y el jardín del presidente del Tribunal de Cuentas. Mujeres de largo, algunos hombres con smoking de saco piel de tiburón, otros de traje blanco… nada de guayaberas. Un muy moderno equipo de sonido vibraba a todo volumen obligando a varias parejas a formar un trencito que se mecía. Desde la calle se escuchaba la voz de un argentino que recitaba, acompañado por unos fabulosos instrumentos de viento y un coro:

“Lola con tu indiferencia a mí corazón lo vas a matar

Sabes muy bien que se está muriendo por ti.

Sin tu querer sé que dejará de latir

Lola, ay Lolita Lola, conmigo vas a acabar.”

Era el tema “Ave María Lola” de La Sonora Matancera, con la voz de Israel Vitensztein Vurm, más conocido como Carlos Argentino, el Rey de la Pachanga. Un muchacho nacido en el lejano barrio de La Paternal, Buenos Aires, e hincha del club del fútbol Argentinos Juniors. Bien entrada la madrugada, una persona del servicio doméstico se acercó al dueño de casa para decirle que tenía un llamado telefónico. El titular del Tribunal de Cuentas escuchó que le decían: “Batista se fue del país”. Cuando colgó, incrédulo, comentó a los presentes el mensaje que le habían dado. Algunos de los invitados que estaban más sobrios se abalanzaron sobre el teléfono, se comunicaron con otras fuentes, y confirmaron que la noticia era cierta. A partir de ese instante se produjo una fenomenal corrida en la que se pisaban unos a otros intentando salir de la residencia, apurados por dirigirse a sus automóviles. Así lo relató el poeta Virgilio Piñera, primero premiado con todos los honores por la revolución y luego reprimido por su diferencia ideológica con el castrismo y por su homosexualidad, como bien relató Reinaldo Arenas en “Antes de que anochezca”.

El comandante Fidel Castro pasó la noche del 31 de diciembre de 1958 en un ingenio azucarero cercano a Palma Soriano, provincia de Oriente, acompañado por Celia Sánchez Manduley (a) Norma y algunos de sus comandantes y se enteró de que el dictador había huido, durante la madrugada, escuchando la radio. En la mañana del 1 de enero de 1959, Fidel Castro lanzó una proclama por Radio Rebelde desconociendo al gobierno provisorio del doctor Piedra y llamó a una huelga general para el día siguiente. Al mismo tiempo ordenó a los comandantes Camilo Cienfuegos y Ernesto Guevara de la Serna avanzar sobre La Habana y apoderarse del Cuartel Columbia y la Fortaleza de San Carlos de la Cabaña. Raúl Castro se hizo cargo del mando militar en Santiago. El se reservó el cargo de Comandante en Jefe del Ejército.

Los barbudos
toman el poder

El gobierno provisorio se desplomó ipso facto, Cienfuegos y Guevara arribaron a La Habana la tarde del viernes 2 de enero de 1959, el mismo día que Fidel Castro y su columna entraba en Santiago, la segunda ciudad más importante de Cuba, rodeado por una adhesión popular enorme. Desde allí nombró a Manuel Urrutia Lleó Presidente provisional de Cuba y declaró a Santiago la capital provisional del país. Lejos de las formalidades, Castro comenzó a gobernar, inicialmente con un claro objetivo: destruir todo aquello que ligaba con “el viejo orden” y, como dijo en su primer discurso, “la revolución empieza ahora”. Urrutia sólo pudo designar en su gabinete al ministro de Justicia porque todos los demás se los nombró Castro.

Con las primeras luces del 3 de enero Guevara se hizo cargo de La Cabaña, un antiguo fuerte que dominaba el puerto de La Habana, que pasaría a convertirse en el símbolo atroz de la represión castrista. Sus efectivos, rendidos previamente a los guerrilleros, lo esperaban en formación castrense. Guevara les dirigió unas palabras y los humilló calificándolos de “Ejército colonial” que sólo le podían enseñar a sus milicianos a marchar mientras éstos podían enseñarles a “combatir”. La Cabaña era un destino militar modesto para Guevara y Fidel Castro lo quiso así para no exponerlo porque para los batistianos, sus seguidores y Washington era un “comunista internacional” y no quería tener problemas antes de asirse del poder. A través de la Carretera Central, Fidel Castro encabezó durante cinco días una larga marcha desde Santiago hacia la ciudad de La Habana en la que fue aclamado por las multitudes de todos los pueblos de las provincias Oriente, Camagüey, Las Villas, Matanzas y La Habana. Todo seguido atentamente por la televisión nacional. Después de Venezuela, el miércoles 7 de enero de 1959 el gobierno de los EE.UU. reconoció al gobierno revolucionario de Urrutia Lleó. Tres días más tarde el gobierno soviético -que no tenía embajada en La Habana- también lo reconoció.

Llegada triunfal
a La Habana

Fidel Castro, el 8 de enero de 1959, entró en La Habana envuelto en un clima de efervescencia y alegría. A bordo de un jeep militar recorrió el Malecón y las principales avenidas de la ciudad. Más tarde habló a una multitud que deliraba en el cuartel militar de Columbia mientras preguntaba “¿Por qué ocultar armas en puntos diferentes de la capital?… Armas ¿Para qué fin? ¿Para luchar contra quién.” En un momento lo miró al comandante Cienfuegos y le preguntó en voz alta: “Lo hago bien Camilo?” El mensaje de las armas no era para los batistianos, era para los miembros del aliado Directorio Revolucionario. En pocas horas devolvieron las armas y las tropas de Castro ganaron otra batalla en el interior de las fuerzas revolucionarias. Aprovechando el nivel educativo aceptable que tenían muchos miembros del Directorio, el régimen castrista los incorporó en lo que sería poco más adelante el Servicio de Inteligencia (G 2, luego DGI o Directorio General de Inteligencia).

Esposa
peruana del Che

En un momento de su agotadora jornada del jueves 8 de enero de 1959, el comandante Ernesto “Che” Guevara tomo una hoja impresa con el sello “República de Cuba” y comenzó a escribir una carta de despedida que decía así:

“Querida Hilda:

La magnitud de cosas que había que resolver me impidió escribirte antes y lo hago hoy, día de la entrada de Fidel que ha volcado sobre él La Habana entera.

Podría escribirte muy largo sobre todo lo que pasa por mi cabeza luego de una lucha tan ardiente que llega a su primera etapa hoy, empezando ya la segunda. Te interesará mucho todo esto, ya lo sé, pero el problema personal que hay entre nosotros hace que me vea obligado a hablar de ello.

Tú siempre ignoraste mi resolución de acabar nuestras relaciones pero eso estaba firme en mi espíritu y nunca me consideré ligado a ti después de la salida del “Granma”; ése era nuestro acuerdo.

Ahora llegamos al punto de conflicto: considerándome libre establecí relaciones con una muchacha cubana y vivo con ella a la espera de poder formalizar nuestra situación.

Tu presencia aquí no traerá más que conflictos y problemas personales para mí.

Quiero que comprendas que siempre traté de herirte lo menos posible, respeté todo lo que me permitían las circunstancias nuestro pacto y públicamente ser mi mujer, quisiera que la retribución tuya y un divorcio sencillo, sin publicidad.

Te diré que lo que más quiero en este momento es ver a Hildita. Veré si puedo darme un viaje por Perú cuando cese el” (incomprensible) “de reconstrucción que hay” (incomprensible).

Hilda. No quiero escribir más las palabras huelgan. Te abraza con todo el cariño de compañero y padre de nuestra hija.”

Ernesto.

Como relato en el libro “Fue Cuba”, la (exclusiva) escueta carta fue enviada a Hilda Gadea a través de la Embajada Argentina en Lima, Perú (cuyo embajador era Felipe Ricardo Yofre) y se le tomó una fotografía. El viernes 9 de enero de 1959, el argentino comandante Ernesto Guevara es declarado “ciudadano nativo” de Cuba. El mismo día, en un avión de Cubana de Aviación fletado por Camilo Cienfuegos arribaron a La Habana Ernesto y Celia, sus padres, acompañados por Celia hija y su hermano Juan Martín. También llegaron varios cubanos exiliados en Buenos Aires y su amigo Jorge Masetti, a quien se le encargaría fundar la agencia noticiosa Prensa Latina.

Hilda Gadea Acosta (1925-1974) fue una dirigente peruana, miembro de la Apra, graduada en Economía que, como consecuencia del golpe de estado del general Manuel Odría, en 1948 partió al exilio. En 1954, trabajando para el gobierno de Jacobo Arbenz, en Guatemala, conoció a Ernesto Guevara a quien le presentó elementos de izquierda. Tras la caída de Arbenz, Guevara se refugió en la Embajada Argentina y logró seguir viaje a México. Hilda Gadea fue detenida y luego de unos días recuperó su libertad y también viajó a México. Allí mantuvieron una relación y luego se casaron por civil en Tepotzotlán el 18 de agosto de 1955. Cinco meses más tarde nació Hilda Beatriz Guevara Gadea (1956-1995). Para los biógrafos de Guevara la relación se desgastó muy rápidamente. Para ese entonces Guevara ya era el Che y tenía puesta toda su atención en lo que sobrevendría al lado de Fidel Castro. Eran los tiempos en los que Guevara le confesó a Carlos Franqui: “Pertenezco por una preparación ideológica a los que creen que la solución de los problemas del mundo está detrás de la Cortina de Hierro”. Tras la partida de Guevara a Cuba a bordo del “Granma” los dos no volvieron a verse hasta 1959. A pesar de lo que le dice en la carta, Guevara invitó a Gadea a vivir en Cuba con su hija, desempeñándose como funcionaria del gobierno cubano. Falleció a mediados de la década del 70.

Un nuevo amor

Para ese entonces Guevara había conocido a Aleida March cuando avanzó sobre Santa Clara en octubre de 1958. Aleida, bonita y con mucho coraje, llevaba dos años vinculada a la revolución y según las fuentes más serias ella tenía los ideales de los revolucionarios del “llano”. Era anticomunista y peleaba por el restablecimiento de una democracia liberal. Tras conocerse en el pueblo Placetas no se separaron más. Los dos marcharon juntos hacia La Habana el 2 de enero de 1959 y cuando Guevara escribió su carta a Hilda Gadea ya convivía con Aleida March. El 22 de mayo de 1959 logró su divorcio de Gadea y el 2 de junio, a punto de cumplir treinta y un años, se casó con Aleida. Según relató años más tarde al soviético Oleg Daroussenkov, aceptó casarse por segunda vez porque en el momento de tomar la decisión se encontraba borracho. Lo cierto es que sus biógrafos -no oficiales- cuentan que en esos años también tuvo una relación con Lidia Rosa Pérez con la que tuvo un hijo.

La fiesta de casamiento con Aleida March se llevó a cabo en la casa del jefe de su escolta Juan Alberto Castellanos Villamar (cubano, integrante del Ejército Guerrillero del Pueblo que lideró Jorge Massetti y que asoló la Argentina a través de Salta) y asistieron, entre otros, Raúl Castro y su esposa Vilma Espín; Efigenio Ameijeiras, jefe de la Policía Nacional Revolucionaria; Harry Villegas Tamayo (a) Pombo (que lo seguiría más tarde al Congo y a Bolivia) y Celia Sánchez Manduley, “amiga íntima” de Fidel Castro. Diez días más tarde iniciaría un largo viaje que lo llevaría a Italia, Egipto, Yugoslavia, Cercano Oriente, India, Indonesia y Japón, con el objetivo de abrir y ampliar nuevos mercados para el azúcar cubano. En El Cairo inició secretamente negociaciones con la URSS, acuerdo que sería anunciado al año siguiente con la visita a Cuba de Anastas A. Mikoyan, vicepresidente del Consejo de Ministros de la Unión Soviética.

Fusilamientos a
la orden del día

La Cabaña pasaría a convertirse en uno de los más brutales símbolos de la represión castrista. Con el famoso y tétrico “aquí no hay toalla para nadie”, los fusilamientos ordenados por Guevara estaban a la orden del día. Primero batistianos, luego anticomunistas, más tarde homosexuales. Era cuestión de castigar y crear miedo, terror, al nuevo régimen. La ordalía de los fusilamientos fue criticada en el exterior, principalmente en los Estados Unidos. Ante las críticas, la respuesta fue inmediata: El 15 de enero, en el hall del Hotel Hilton, el Che les dijo a los periodistas norteamericanos que si a EE.UU. no le gusta pueden enviar marines y si lo hacían caerían “200.000 gringos muertos”. “Los que aplaudieron a los tribunales de Nuremberg no pueden oponerse a nuestros consejos de guerra” se sostenía en Revolución, órgano oficial del M-26 de Julio. La idea de que la revolución cubana llegó al comunismo sorprendiendo a los soviéticos es, sencillamente, falsa. Ya existía, en 1959, una política del PCUS, y del KGB, encaminada a estimular, ayudar, y proteger, a los llamados movimientos de liberación nacional. Los documentos secretos desclasificados de la antigua Unión Soviética demuestran, sin lugar a dudas, que el KGB sabía de la revolución cubana y de Fidel Castro. Es ese conocimiento temprano de los soviéticos el que permite explicar la forma tan rápida y eficiente que adoptaron las primeras relaciones de Fidel Castro con sus futuros amos. Juanita Castro Ruz (que trabajaría para la Cia), la hermana menor de Fidel y Raúl, llegó a sostener que “lo que ha sucedido en Cuba fue perfectamente planeado de antemano para que así pasara, y sin lugar a dudas el Che era el encargado de dar los primeros pasos hacia esa dirección. Tampoco puedo dejar de reconocer que el Che únicamente recibía órdenes de Fidel y de Raúl, de manera que la primera engañada, y con aquella ilusión optimista de lo que vendría con la Revolución, fui yo”.

Promesa
incumplida

Mientras América Latina observaba con alegría y esperanza la caída de Fulgencio Batista y la pronta normalización democrática a través de elecciones libres, como prometió Fidel Castro en la Sierra Maestra, un plan se tramaba en la clandestinidad. Algo que conducía a un destino absolutamente contrario a lo acordado con otros grupos revolucionarios que pelearon a la dictadura. Diciéndolo claramente, los que esperaban una democracia fueron llevados al terror comunista porque a tres meses de la huída de Fulgencio Batista ya funcionaba lo que el escritor norteamericano Tad Szulc denominó el gobierno oculto. Las reuniones secretas se realizaban en el pueblo de pescadores de Cojimar en las cercanías de La Habana, fuertemente custodiadas por el Ejército Rebelde. En esos encuentros participaron Fidel Castro, Guevara, Camilo Cienfuegos y Ramiro Valdés, admirador de la Unión Soviética, el jefe del G-2, la nueva policía secreta. En algunas ocasiones participaba Raúl Castro y Osmany Cienfuegos, hermano de Camilo y miembro del Partido Comunista. Los representantes del comunismo eran Blas Roca, secretario general desde 1934, Carlos Rafael Rodríguez y Aníbal Escalante, miembro del Buró Ejecutivo. De esos primeros encuentros surge la decisión de crear las Escuelas de Instrucción Revolucionaria (EIR). Luego vino la “Escuela Central Ñico López”, a cargo del Partido, una suerte de universidad por la que debían pasar todos los altos funcionarios del régimen y después la nueva Ley de Reforma Agraria, mucho más radical que la ya firmada en la Sierra Maestra, la Reforma Urbana, a cargo del arquitecto argentino Rodolfo Livingston (h) (Nota: fallecido el viernes 6 de enero a los 91 años) y otras decisiones revolucionarias, con la mirada puesta en la ocupación total y definitiva del poder.

El 6 de julio de 1960 el gobierno de Eisenhower decidió cancelar la importación de 700.000 toneladas de azúcar cubana, como respuesta a la intervención y expropiación de las refinerías Esso y Texaco por rechazar el refinado de petróleo ruso. Y, además, el Che Guevara estimó innecesario pagar los 50 millones de deuda por anteriores importaciones. A la cancelación americana del azúcar, Castro respondió nacionalizando las propiedades privadas de ciudadanos norteamericanos en Cuba, sin ninguna clase de reparación. Poco más tarde Washington rompió relaciones diplomáticas y comerciales con Cuba.

Cae la careta
de Castro

Finalmente, el 2 de diciembre de 1961 Fidel Castro se sacó la careta y admitió su estafa durante una charla a un grupo de jóvenes en un estudio de televisión. El programa se llamaba Universidad Popular. Nada hacía predecir que llamaría poderosamente la atención. En un momento dijo, como al pasar: “A mí me han preguntado algunas personas si yo pensaba, cuando lo del Moncada (1953), como pienso hoy. Yo les he dicho que pensaba muy parecido a como pienso hoy. Esa es la verdad… Lo digo aquí con entera satisfacción y con entera confianza: Soy marxista-leninista y seré marxista-leninista hasta el último día de mi vida”. Luego se preguntó a sí mismo ante la audiencia: “¿Creo absolutamente en el marxismo? Creo absolutamente en el marxismo. ¿Lo comprendía como lo comprendo ahora, después de 10 años de lucha? No, no lo comprendía entonces como lo comprendo ahora. ¿Tenía prejuicios respecto al comunismo? Sí ¿Pensaba que los comunistas eran unos ladrones? No, nunca…Siempre pensé que los comunistas eran gente honorable, honrada”.” El 22 de diciembre de 1961, al diario Revolución le dio clase de pragmatismo: “Desde luego, si nosotros nos paramos en el Pico Turquino (el más alto de Cuba) cuando éramos “cuatro gatos” y decimos: somos marxistas-leninistas desde el Pico Turquino, posiblemente no hubiéramos podido bajar al llano. Así que nosotros nos denominábamos de otra manera, no abordábamos ese tema”.

Infobae