Necrológicas

“El trabajo libera” y 30 tiranos: el recibimiento a los primeros prisioneros en Auschwitz, el mayor campo de exterminio nazi

Martes 21 de Mayo del 2024

Compartir esta noticia
81
Visitas

Los primeros detenidos en llegar al lugar, el 20 de mayo de 1940, ya encontraron el portón presidido por una frase metálica que pasaría a la historia como una de las mayores crueldades simbólicas del nazismo: “Arbeit macht frei” (“El trabajo libera”). Eran 728 polacos que habían cometido el crimen de resistir a la ocupación nazi, y algunos quizás creyeron en esa falsa promesa con que los recibió el campo de concentración de Auschwitz, que no tardaría en convertirse en el mayor centro de exterminio montado por los nazis durante la Segunda Guerra Mundial.

Si el horror se puede calcular en cifras, las de Auschwitz quedan a la cabeza. Durante sus casi cinco años de existencia pasaron por allí 1.300.000 personas, de las cuales 1.100.000 fueron asesinadas de diferentes maneras: en las cámaras de gas, por hambre, por castigos extremos, a balazos o en siniestros experimentos médicos. Según la Enciclopedia del Holocausto, allí murieron 960.000 judíos, 74.000 polacos, 21.000 gitanos, 15.000 prisioneros de guerra soviéticos, y entre 10.000 y 15.000 detenidos de otras nacionalidades.

Situado a 43 kilómetros de Cracovia, en Oswiecim, Auschwitz fue mucho más que un simple campo de concentración. Se erigió como un complejo integrado por tres campos principales: Auschwitz I, el campo original; Auschwitz II-Birkenau, un campo de concentración y exterminio; y Auschwitz III-Monowitz, un campo de trabajo para la empresa alemana IG Farben. Tenía, además, otros 45 campos satélites.

El lugar había sido elegido estratégicamente. La ciudad de Oswiecim estaba ubicada en un enclave ferroviario favorable para los nazis, en el este, donde las líneas ferroviarias del sur de Praga y Viena se cruzaban con las de Berlín, Varsovia y las zonas industriales del norte de Silesia.

Los planificadores de las SS, encabezados por el estratega de la “solución final”, Adolf Eichmann, y la Oficina Principal de Seguridad del Reich en Berlín encontraron todos los requisitos para realizar transportes masivos.

Fue el séptimo campo de concentración construido por los nazis, después de Dachau (el primero, construido en 1933, apenas Adolf Hitler se hizo con la suma del poder en Alemania), Sachsenhausen, Buchenwald, Flossenbürg, Mauthausen y el campo de mujeres Ravensbrück.

Como la mayoría de los campos de concentración nazis, Auschwitz se construyó para cumplir con tres funciones: encarcelar por un período indefinido a los enemigos reales o presuntos del régimen nazi y de las autoridades de la ocupación alemana en Polonia; suministrar mano de obra forzada para las empresas de las SS relacionadas con la construcción y, más tarde, para la producción de armamento y otros elementos bélicos); y funcionar como un sitio para asesinar a los enemigos del Reich, cuya muerte era esencial para la seguridad de la Alemania nazi.

El prisionero N°1

Poco o nada de eso imaginaba el estudiante polaco Stanisław Ryniak, que había cumplido 25 años al llegar, precisamente el 20 de mayo de 1940, allí trasladado con sus 727 compañeros de padecimientos.

Había sido detenido por los alemanes el 5 de mayo de 1940, junto con otros estudiantes sospechosos de integrar el grupo resistente Unión de Lucha Armada.

Después de tres días de interrogatorios bajo tortura, los alemanes los transportaron a la prisión de Tarnów, donde ya estaban detenidos algunos soldados que habían intentado escapar a Hungría, miembros de organizaciones independentistas clandestinas, estudiantes y varios judíos polacos. Su siguiente destino fue Auschwitz.

Así Ryniak se convirtió en el primer preso político de Auschwitz, con el número 31 tatuado en su brazo. Fue “31” y no “1”, como le hubiese correspondido, porque en el campo de concentración lo esperaban otros 30 presos alemanes que estaban desde mayo y también habían sido tatuado.

Sin embargo, esos alemanes no eran, técnicamente, simples presos. Se trataba de delincuentes que habían sido llevados allí no para cumplir sus penas sino para cumplir la función de “kapos” tiránicos, la primera línea de maltrato y sometimiento de los verdaderos destinatarios del campo, los que debían ser exterminados.

Por qué fue el primero de todos, ni él mismo lo supo nunca. “Me leyeron primero: Ryniak Stanislaw. Pasó un escalofrío, un poco de ansiedad, pero dieron el número 31. Polo, político, número 31. Luego 32, 33, 34… A menudo me he preguntado cómo sucedió que recibí el número 31, el primer número de un preso político polaco. Tal vez mi nombre fue el primero en la lista de transporte, o tal vez fue solo una coincidencia”, recordó después de la guerra.

El joven estudiante no demoró en descubrir que la frase de la entrada del campo era una mentira brutal. “Nos obligaron a palo limpio a entrar en el recinto del campo y nos advirtieron a tiros de que no estábamos en un sanatorio, que era donde nos habían dicho que íbamos a ir”, contaría después de la guerra, cuando se lo conoció como el sobreviviente que pasó más tiempo en ese campo.

Cada vez más
grande y letal

Al principio, el complejo de Auschwitz tuvo una sola cámara de gas y un crematorio. Más tarde, las operaciones de gaseo fueron trasladadas al segundo campo, Auschwitz-Birkenau, después de convertir en cámaras de gas dos granjas que estaban justo fuera de la cerca del campo.

Pero la afluencia de condenados a muerte llegó también a superar la capacidad de esas dos nuevas cámaras, y se construyeron cuatro crematorios grandes dentro de Auschwitz-Birkenau. Cada uno contenía una cámara de gas, un área para desnudarse y hornos crematorios.

El gaseo terminó en los Búnkeres I y II cuando los Crematorios II al V comenzaron a funcionar, aunque el Búnker II se puso de nuevo en operación durante la deportación de judíos húngaros en 1944. El gaseo de los transportes de recién llegados se detuvo a principios de noviembre de ese año, cuando el avance del ejército rojo era incontenible.

Los experimentos
de Mengele

Si las cámaras de gas y los crematorios eran el escenario fatal de la “solución final”, el hospital de la Barraca 10 de Auschwitz I no era un lugar menos siniestro. Allí, bajo las órdenes de Josef Mengele, se realizaban investigaciones pseudocientíficas utilizando a los prisioneros como cobayos humanos.

Entre otras muchas atrocidades, los médicos de las SS enfocaron sus pruebas en hermanos gemelos, en personas cuyos ojos tenían dos colores diferentes y en enanos.

En el caso de los gemelos, la “investigación científica” incluía amputaciones innecesarias de extremidades, inoculaciones intencionadas con tifus y otras enfermedades a uno de los gemelos y transfusiones de sangre de un hermano a otro. Muchas de las víctimas murieron en el transcurso de los procedimientos. Una vez finalizadas las pruebas, a veces los gemelos eran asesinados y sus cuerpos diseccionados para hacer “estudios comparativos”

Los experimentos con los ojos incluyeron intentos de cambiar el color del iris a través de la inyección de sustancias químicas y el asesinato de personas con heterocromía para extraer sus globos oculares y enviarlos a Berlín para su análisis.

A los enanos y a las personas con anomalías físicas les tomaban mediciones corporales, les extraían sangre y dientes sanos y les administraban de forma innecesaria drogas y rayos hasta matarlos.

Los que sobrevivían iban a las cámaras de gas.

El levantamiento judío

Con el paso del tiempo, la comprobación de que el único destino que esperaba a los prisioneros era la muerte provocó reacciones, entre ellas la creación dentro del propio campo de pequeñas organizaciones de resistencia.

Para mediados de 1944, cuando el Ejército rojo avanzaba de manera incontenible en territorio polaco, los asesinatos se multiplicaron, lo que llevó a un grupo de prisioneros a tomar una decisión extrema.

El único levantamiento se produjo el 7 de octubre de 1944, cuando los integrantes del sonderkommando -unos 2.000 presos judíos obligados a llevar a las víctimas hasta las cámaras de gas y después cargar los cadáveres al crematorio- se rebelaron, volaron una de esas instalaciones de muerte e intentaron escapar.

Los miembros de ese grupo especial de prisioneros sabían que el avance de las tropas porque lo veían en las caras de sus guardias, cada vez más sombrías, y lo confirmaban por algunas conversaciones entre los oficiales de las SS que lograban escuchar, pero además tenían la información de la resistencia polaca, con la cual habían logrado establecer un contacto.

También estaban convencidos de que, en lugar de la liberación, la llegada del Ejército Rojo significaría para ellos la muerte. No porque los soviéticos fueran a matarlos, sino porque los nazis los eliminarían antes de que llegaran por una razón de peso: eran testigos -más que ningún otro prisionero- de todo el funcionamiento de la maquinaria de terror y muerte del campo.

El plan era precario, heroico y desesperado, pero no les quedaba alternativa. Gracias a un grupo de mujeres que era obligado a trabajar en la fábrica de municiones, consiguieron la pólvora necesaria para provocar una explosión que desconcertara a los guardias y les diera una oportunidad de escapar.

Una explosión
y una masacre

No se sabe si ya había una fecha fijada para el levantamiento, ni siquiera si se había decidido, cuando el mediodía del 7 de octubre de 1944, la llegada imprevista de un tren que trasladaba a más de cuatro mil prisioneros provenientes de Hungría obligó a acelerarlo, aun cuando no se contara con el apoyo exterior de la resistencia polaca.

Cuando el convoy llegó a la estación, los soldados alemanes ordenaron que las puertas de los vagones permanecieran cerradas hasta que llegaran los sonderkommando para llevar a los húngaros a las cámaras de gas. Por una casualidad, el oficial de las SS que estaba a cargo ordenó que fueran los que estaban destinados en el Crematorio IV se encargaran del traslado y esa decisión fue la que cambió todos los planes de los conspiradores.

Como la pólvora que habían acumulado con la ayuda de las mujeres de la fábrica de municiones estaba acumulada allí, los sonderkommando creyeron que habían sido descubiertos y que estaban tratando de hacerlos salir de su barraca para matarlos.

Como se negaron a obedecer, los SS empezaron a disparar sus armas contra la barraca. Al sentirse perdidos, los prisioneros salieron, los atacaron con lo que tenían a mano, pudieron matar a guardias, hirieron a varios más y corrieron hacia el crematorio para hacerlo estallar. Recién entonces, los prisioneros de las otras barracas supieron que algo estaba ocurriendo y salieron para sumarse al levantamiento y la fuga.

La descoordinación resultó fatal, porque los disparos y la explosión también pusieron en alerta a los guardias nazis, que comenzaron a disparar a discreción contra quienes trataban de escapar.

El saldo fue de más de 250 prisioneros muertos, entre los que cayeron bajo las balas nazis en el intento de fuga y los que fueron recapturados y luego fusilados en el patio central ante la mirada del resto.

No fue esa la única matanza. Como escarmiento, los nazis reunieron a todos los sonderkommando y seleccionaron a doscientos -unos 70 por cada uno de los guardias muertos- y los fusilaron también.

La liberación

Las cámaras de gas de Birkenau fueron destruidas por las SS el 24 de noviembre de 1944 en un intento por esconder las actividades del campo a las tropas soviéticas, que finalmente lo liberaron el 15 de abril y registraron las terribles imágenes que mostraron a todo el mundo el horror del Holocausto cometido por los nazis.

Para entonces, el prisionero N°1, Stanisław Ryniak, ya no estaba allí. Pocos días después del levantamiento del 7 de octubre de 1944 fue trasladado a uno de los subcampos de KL Flossenbuerg, que se encontraba en Litomerice. Trabajó allí en una cantera hasta que fue liberado por el Ejército Rojo el 8 de mayo de 1945.

Después de la guerra, Stanislaw Ryniak se graduó de la Universidad Técnica de Breslavia y se convirtió en ingeniero arquitectónico. Hasta el final de su vida apoyó el Museo de Auschwitz y dio innumerables charlas allí para mantener viva la memoria del Holocausto.

“Pesaba 40 kilogramos en el momento de la liberación. Estaba en un estado de agotamiento total… No tengo idea de cómo sobreviví a Auschwitz”, contó hasta su muerte, el 13 de febrero de 2004, a los 88 años.

Por Daniel Cecchini

Infobae