Necrológicas

La gran ajedrecista que desafió a los hombres, ganó siete campeonatos mundiales y murió en un bombardeo nazi

Viernes 28 de Junio del 2024

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  • Vera Menchik nació en Rusia poco antes de la revolución bolchevique. Se mudó a Inglaterra y allí comenzó su gran carrera en el ajedrez. Sus duelos contra los mejores jugadores varones del mundo. Su impresionante récord. Y su absurda muerte

El 12 de junio de 1944, Alemania comenzó a usar un arma novedosa y letal para atacar por aire a Inglaterra: el cohete V1. Diez mil unidades impactaron suelo británico y 2.419 alcanzaron Londres. Según cifras del Ministerio del Interior de ese país, mataron a 6,138 personas e hirieron a 17.981. Una de las primeras víctimas, el 27 de junio de ese año, fue una celebridad de la época, la ajedrecista Vera Menchik. La primera campeona mundial femenina en el universo de los trebejos, que reinó desde 1927 hasta el día de su muerte. Para muchos, el personaje de Beth Harmon en la serie “Gambito de Dama” está inspirado en ella.

Cuando Vera Franceva Menchikova, hija de padre checo Frantisek (gestor de propiedades) y madre inglesa Olga (institutriz), llegó al mundo en Moscú, el 16 de febrero de 1906, el ajedrez era una tarea casi exclusiva de los hombres. Apenas, nueve años antes, el 23 de junio de 1897, y con motivo del Jubileo de la Reina Victoria de Inglaterra, se celebró en Londres, el 1er. Torneo de ajedrez femenino, que reunió a 20 mujeres en el Ladies Chess Club. Antes la historia era diferente.

En Moscú la familia de Vera vivía en un amplio departamento de seis habitaciones y tenían un buen pasar. A los 9 años, Vera aprendió los rudimentos del ajedrez con su padre. En la escuela, a los 14 años, los perfeccionó. Pero cuando la Revolución Rusa derrocó a los zares e instauró el comunismo, su familia vio como eran confiscadas sus propiedades. Este cimbronazo hizo temblar los cimientos de su propia familia. En 1921 sus padres se separaron. Frantisek regresó a Praga, su ciudad natal. Y ese mismo año su madre decidió mudarse a la localidad de St. Leonards, en Hastings, al sur de Inglaterra, con Vera y su hermana menor, Olga, que también fue ajedrecista. Allí vivieron con su abuela, Marie. Sus biógrafos citan que la mayor sorpresa al vivir allí era que el lechero dejaba las botellas en las puertas de las casas: “En Rusia, se las hubieran robado”, repetía.

Al llegar a esa ciudad, Vera cambió su apellido por el de Menchik. Pero no olvidó su amor por el tablero de 64 escaques. Además, no sabía una palabra de inglés, así que se refugió en el ajedrez. El lugar era propicio: Hastings era reconocido como el bastión del ajedrez británico. Dos años después de su arribo, cuando cumplió 17, se anotó en el Hastings Chess Club, una entidad que gozaba de gran respeto en ese ambiente. Comenzó a estudiar con James Drewitt -el campeón de la institución- y Géza Maróczy -un húngaro que alcanzó la norma de Gran Maestro en 1950-, quienes se asombraron por su talento. Este entrenamiento resultó fundamental para sus logros posteriores: era muy extraño que una mujer fuera instruida en el ajedrez.

En apenas dos años, en 1925, derrotó a la entonces campeona británica Edith Price y se coronó como la mejor de ese país. Como Menchik aún no podía competir en el Campeonato Británico de Ajedrez Femenino por no poseer la ciudadanía, Price aceptó un desafío. Jugaron dos matches a cinco partidas cada uno, y en ambas oportunidades, Menchik fue la vencedora por 3 a 2. Fue su consagración.

Sólo otro par de años, ganó el primer Campeonato Mundial Femenino que organizó la Federación Internacional de Ajedrez. Fue una competición que tuvo lugar al mismo tiempo que la primera Olimpíada de Ajedrez masculina. Se decidió que la ganadora sería proclamada campeona mundial. Hubo 12 jugadoras de 8 países que se enfrentaron todas contra todas. La superioridad de Menchik fue abrumadora. Ganó con un puntaje de 10,5 sobre 11, dejando detrás a Katarina Beskow y a Price, que terminó a 5 puntos. Sólo cedió tablas (empate), contra Edith Michell.

Como su nivel entre las mujeres la hacía ganar con facilidad, se le permitió competir con hombres. Y aunque sus resultados con las grandes figuras de la época fueron magros, cuando se medía con jugadores de un nivel estándar, se lucía. No obstante, tuvo victorias resonantes. En mayo de 1928 compitió en Scarborough, donde obtuvo el séptimo lugar. Pero fue al año siguiente cuando Menchik recibió la atención de todo el mundo del ajedrez. En Ramsgate se hizo un torneo por equipos, una especie Gran Bretaña vs. Resto del Mundo. Compitió en éste último team, junto a su viejo entrenador Maróczy y el excampeón mundial cubano José Capablanca. Allí, el equipo extranjero obtuvo una victoria holgada. Pero lo que más llamó la atención fue el récord de Menchik, que terminó el torneo invicta, salió segunda en su equipo y en la tabla general, apenas medio punto después de Capablanca. Sus actuaciones despertaron la admiración del campeón del mundo por esos días, Alexander Alekhine, quien la describió: “Ella es sin dudas un fenómeno, y su victoria sobre Fred Yates en la primera ronda será histórica”.

En esos torneos contra varones -que eran amplia mayoría en el mundo del ajedrez- acumuló 41 victorias, entre las que se cuentan algunos notables batacazos que la pusieron bajo la luz de los medios. Por ejemplo, al derrotar en el torneo de Navidad de Hastings de 1931 a Max Euwe, un futuro campeón mundial a quien vencería en una segunda oportunidad. En esa lista, entre muchos otros, se pueden sumar a grandes maestros como Edgard Colle, Albert Becker, Friedrich Sämisch y Mir Sultan Khan. Un poco en broma, y con mucho sexismo, Becker dijo que aquellos que habían perdido contra Vera formarían parte del “Club Vera Menchik” en su honor. Cuando fue derrotado, le endilgaron la presidencia de la imaginaria institución. También debió soportar algún menosprecio cuando los resultados le eran favorables. Se dice que la esposa de Euwe se acercó al salón donde habían jugado para ver si su marido se había dejado ganar con segundas intenciones.

Por supuesto, aunque su superioridad contra las competidoras de su mismo sexo fuera aplastante, no dejó de jugar contra mujeres. Por más que Menchik las derrotaba fácilmente, su presencia era siempre bienvenida porque tenía un carácter amable, lo que siempre despertó simpatía entre sus competidoras. No lo hacía por dinero, claro. Los torneos femeninos no generaban ganancias. Menchik se ganaba la vida dando clases de ajedrez, escribiendo sobre el tema, dando exhibiciones simultáneas y enseñando bridge. Cuando comenzó la guerra en 1939, era directora del British National Chess Centre de Londres. El cargo lo ocupó hasta que el edificio fue destruido por los primeros ataques alemanes a Londres. Además del ajedrez, tenía otras aficiones, como jugar al tenis, moldear cerámica y acudir con regularidad al teatro y al cine.

Con talento y concentración inalterables, Vera ganó los siguientes siete campeonatos del mundo femeninos: Hamburgo 1930, Praga 1931, Folkestone 1933 (triunfó en todas las partidas), Varsovia 1935, Estocolmo 1937 y Buenos Aires, donde estuvo en 1939 y fue la última vez que salió de Inglaterra, por el comienzo de la guerra. En ese lapso disputó 83 partidas y sólo perdió una.

A medida que pasaron las competencias, se presentó con distintas nacionalidades. Es que Menchik, a pesar de su talento, jamás terminaba de encajar. En el primer mundial lo hizo como rusa; en los cinco siguientes como checoeslovaca (la nacionalidad de su padre, pese a no saber hablar en su lengua) y recién en el último como británica. Esto se debió a su casamiento con el inglés Rufus Henry Stevenson.

Cuando se efectuó la boda en octubre de 1937, Vera tenía 31 años y Stevenson ya contaba con 59. Era farmacéutico y fanático del ajedrez, a tal punto que editaba la principal publicación sobre esa actividad, la British Chess Magazine, que publicó, sobre el estilo de Vera, que “se sentaba con sus manos cruzadas frente a ella y no movía un músculo toda la partida. Stevenson había enviudado de Agnes Lawson, otra jugadora que había sido campeona británica y había competido en tres torneos mundiales de ajedrez, en 1935. La muerte de Agnes fue trágica: bajó de un avión en el aeródromo de Poznan, Polonia, para hacer un trámite con su pasaporte. Al regresar, por accidente, no vio la hélice de la aeronave en funcionamiento y resultó destrozada.

El matrimonio, que residió en Londres, no duró demasiado. Menchik logró que la revista que editaba su esposo publicara habitualmente sobre ajedrez femenino. En 1940, la salud de Stevenson comenzó a flaquear. Y murió en febrero de 1943. Ella lo sobrevivió poco más de un año.

El 27 de junio de 1944, estaba junto a su madre y su hermana Olga en su casa de Gauden Road, ubicada en el sur de Londres. Olga también se había destacado como jugadora de ajedrez. Fue subcampeona juvenil en Londres en 1928. Y junto a Vera, había participado en dos ocasiones en el Campeonato Mundial. El mejor resultado fue un cuarto lugar en 1935, aunque jamás pudo ganarle a su hermana.

Las tres se habían refugiado en el sótano de la vivienda al oír la sirena que alertaba sobre el ataque de los nazis con bombas V-1. Podrían haber corrido hasta un refugio cercano en la estación de subte Clapham North, pero -se estima- tuvieron temor de no llegar. Por desgracia, un cohete destruyó el hogar y mató a las tres. El 4 de julio, apenas una semana después, los restos de las mujeres fueron cremados en Sreatham Park. Todos los trofeos y documentos con récords de Vera se incendiaron en el ataque. Sólo sobrevivió una medalla de oro. Hoy, el galardón máximo de la Olimpíada de Ajedrez femenina lleva su nombre. Y la Federación Internacional de Ajedrez instituyó a 1994, cuando se cumplieron los 50 años de su muerte, como el “Año de Vera Menchik”.

Por Hugo Martin

Infobae