Seguimos
La falta de consenso en temas cruciales para el desarrollo del país, es una falencia que se viene repitiendo ya hace más de 60 años. Desde la época de Frei Montalva, cuando la soberbia del resonante triunfo de la DC inició la polarización, que aún hasta nuestros días, nos tiene arrinconados y acomplejados, sin saber cómo salir a dar la pelea juntos por un país que nos pertenece a todos.
Es curioso hace 4 años en el Enade los comentarios empresariales y de la elite post estallido y después de una cruda exposición de Alberto Mayol fueron, “no hay suficiente consenso” o “no la vimos venir”. Cuando la han visto venir, si estamos donde estamos es porque la clase dominante, léase política y empresarial, no han atinado. Unos dinamitaron los escasos puentes intercomunicadores entre los distintos segmentos de la sociedad. Y los otros, nunca se han interesado en construir puentes, porque no saben como hacerlo, cada vez más se educan en ghettos aislados de la realidad social y territorial tan diversa. Prefieren juntarse entre ellos porque opinan más o menos parecido.
Para poder revertir este pernicioso proceso, lo importante es poder comunicarse y para eso hay que disponer de espacios que generen confianza para que se pueda producir un diálogo fructífero, entre los distintos actores. Hay que tener un lenguaje y códigos comunes en que nos podamos entender.
También hay que tener presente que la violencia lamentablemente es el arma de expresión de los que se sienten excluidos. No es llegar y derogarla. Hay que primero entenderla y juntos trabajar para aislarla y disminuirla, de modo que la sociedad mayoritariamente la desapruebe activamente.
Faltan gestos y demostraciones de desprendimiento sinceras y de querer realmente escuchar de parte de la elite dominante, que siempre ha impuesto su lenguaje y reglas del juego de arriba hacia abajo, como una manifestación de dominación, poco pertinente para los tiempos que corren. Estilos excluyentes que no son amigables ni menos concitan simpatía porque tampoco se abren o invitan a compartir o participar.
Es nuestro Club, cerrado y exclusivo que los hace aislarse y perder el contacto y roce con el mundo real conformado por las personas común y corrientes. En números, son ellos los poquitos vs. nosotros la gran mayoría, lo cual para la gente joven que no reconoce autoridades, así como así no más, sumado al masivo y universal uso de las redes sociales, provoca lo que estamos viviendo hoy en día, una gran brecha ahora evidenciada y profundizada por lo generacional.
El no querer oir es primo hermano del no saber escuchar, experimentado y transmitido como enseñanza de clase, de familia, barrio y colegio. Todo además incentivado por el individualismo exacerbado que se ha promovido en una sociedad de consumo, que echó por tierra o borró de un plumazo todas las experiencias de vida de convivencia colectiva, que antes eran tan naturales para toda nuestra gente, tanto los de arriba como los de abajo.
Seguimos, aún sin poder superar las divisiones provocadas por la UP y la Dictadura con sus horrores, todo lo cual vuelve a contaminar cada cierto tiempo la vida en común, sobre todo en las contiendas electorales. Hay que iniciar y reforzar un proceso de sanación que le permita al país fundar una convivencia civilizada que construya nación respetando las diferencias.




