El frenesí del poder
“Surrealismo” es la mejor descripción. La desaforada política internacional de Donald Trump calza con lo que define la RAE: “Movimiento artístico y literario… que intenta sobrepasar lo real impulsando lo irracional y onírico mediante la expresión automática del pensamiento o del subconsciente”. Sólo que en este caso tiene poco de literario o artístico. En una conversación con The New York Times, Trump reveló crudamente que “la única restricción” a su poder se encuentra en “mi propia moralidad y mi propia mente”.
Después de llevar por la fuerza a Nicolás Maduro y su esposa a Nueva York, Trump anunció que está a cargo de Venezuela, que venderá el petróleo extraído por compañías de Estados Unidos y que usará ese dinero -después de algunos descuentos- para mejorar la vida de los venezolanos.
No hay cómo saber exactamente lo qué pasa por su cerebro. Una curiosa pista la dio su jefa de gabinete, Susie Wiles. Afirmó que Trump (quien es abstemio) tiene una “personalidad de alcohólico” que se expresa en su convicción de poder lograr todo lo que se proponga.
Trump ya se ha ufanado de los escenarios que imagina para crear un mundo a su imagen y semejanza. Los está poniendo en práctica: redujo el plan de vacunas infantiles en su país. Anunció el retiro de 66 organizaciones multilaterales. “No sirven a nuestros intereses”, acusándolas de ser “inútiles” y “contrarias a los intereses de Estados Unidos”. Sigue empeñado en suma en la demolición del sistema internacional que surgió con el decidido apoyo norteamericano después de la II Guerra Mundial. Hasta ahora no lo ha logrado en plenitud.
Tiene en la mira a varios países de América Latina, pese a que se allanó a hablar con el Presidente de Colombia; volvió a amenazar a Groenlandia y sigue tratando de imponer la paz en Ucrania. En Gaza, pese al alto el fuego, no ha impedido una crisis humanitaria brutal. Según la Ong Oxfam “hoy, una de cada cuatro familias sobrevive con una sola comida al día”.
Se ha hablado insistentemente de acciones sorpresivas. No es así. The Economist ya había adelantado sus alcances hace unas semanas:
“En la política mundial, 2025 fue el año en que terminó un viejo orden. El Presidente Donald Trump demolió normas e instituciones de décadas de antigüedad de modo tan dramático como está remodelando la Casa Blanca. Sus aranceles azotaron el sistema comercial multilateral. La diplomacia internacional, desde la Onu hasta la ayuda exterior, se vio afectada por los recortes de Estados Unidos. Las alianzas de seguridad de larga data se transformaron en relaciones cada vez más financieras que monetizaron el peso militar y económico estadounidense”.
Según la revista británica, lo anterior no es todo. También en la política interna Trump parece no tener límites, ya que “desató el ejercicio más amplio del poder ejecutivo en un siglo. Se enviaron soldados a ciudades gobernadas por demócratas; universidades sometidas a amenazas y recortes de fondos; ha sido atacada la independencia de la Reserva Federal; y la maquinaria del gobierno se ha desplegado contra todos los enemigos del presidente”.
¿Algo más?
Si: También hay despiadados ataques a los medios de comunicación que se atreven a criticarlo o ponen en evidencia cualquier error grave en sus cálculos.
Su asesora Susie Wiles tal vez quedó corta en su diagnóstico.




