Las estrellas de mar en el puzzle ecosistémico del sur austral
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El abismo marino tiene tesoros a los que cuesta acceder. Gracias a programas internacionales en los cuales han participado universidades sudamericanas como la Uba y la Umag, se están revelando secretos valiosos para el conocimiento humano. En este artículo, repasamos el trabajo que está haciendo, específicamente, con las estrellas de mar de las Islas Sándwich del Sur, una reconocida científica argentina que vino a trabajar a Magallanes.
En los laboratorios del Instituto de la Patagonia en Punta Arenas, la Dra. Pamela Rivadeneira pasó más de una semana inmersa en una tarea titánica: ponerle nombre y apellido a la biodiversidad desconocida del fondo marino austral.
No es la primera vez que esta bióloga marina argentina, formada en la Universidad de Buenos Aires (Uba), se traslada a la Universidad de Magallanes (Umag) para realizar este trabajo. Ya había estado en agosto del año pasado, en un taller que duró tres semanas y que tenía por objetivo cumplir con una primera etapa de identificación de nuevas especies marinas, entre las muestras obtenidas en las gélidas y profundas aguas de las Islas Sándwich del Sur.
Es que Rivadeneira fue una de las científicas escogidas por Ocean Census para participar, entre febrero y marzo de 2025, en una expedición de 40 días a bordo del buque R/V Falkor. La nave, perteneciente al Instituto Oceanográfico Schmidt, sirvió nuevamente al objetivo de acelerar el descubrimiento de especies marinas, faena de costosa y larga duración, que ayuda a armar el puzzle del fondo oceánico austral.
Esta especialista en estrellas de mar ya cuenta en su historial con el descubrimiento del género Bernasconiaster en el Atlántico Sur. Y ahora, en poco más de una semana de trabajo intensivo en el Laboratorio de Ecología Funcional, logró identificar un total de 11 potenciales nuevas especies, las cuales se suman a las cuatro registradas previamente.
La vida secreta a 4.000
metros de profundidad
Dado que las oportunidades para muestrear a grandes profundidades son extremadamente limitadas por los altos costos y la tecnología requerida, cada ejemplar que sube a la superficie es una pieza invaluable de un rompecabezas ecosistémico. Rivadeneira explica que las estrellas de mar de profundidad se agrupan, principalmente, por su hábitat: las que tienen pies romos para enterrarse en fondos blandos, y las que poseen ventosas para adherirse a rocas y corales.
Uno de los hallazgos más fascinantes de su actual estudio es una especie que presenta un comportamiento de incubación o cuidado parental. En la oscuridad del abismo, algunas estrellas adoptan una postura inusual, con el disco elevado, para proteger a sus crías en la zona oral (cerca de la boca). Durante este proceso, el adulto realiza un sacrificio energético extremo: deja de alimentarse para asegurar el desarrollo de su descendencia, una adaptación vital en ambientes donde los recursos son escasos. Al observar estas muestras bajo la lupa, la investigadora encontró una masa de “hijitos” en estadios tempranos de desarrollo, lo que permite no sólo reportar una nueva especie, sino también aportar datos inéditos sobre su biología reproductiva.
Ciencia básica como pilar de la conservación
La taxonomía es la ciencia que ordena, clasifica y nombra a los seres vivos en grupos jerárquicos llamados taxones (especie, género, familia, etc.) sobre la base de sus relaciones evolutivas y características compartidas. Para Rivadeneira, es el fundamento de cualquier política de protección ambiental. “Si no se sabe lo que hay, es muy difícil entender el ecosistema y tomar políticas de conservación”, afirma con contundencia.
El proceso de identificar una nueva especie requiere un análisis exhaustivo de caracteres externos: desde la disposición de las placas dorsales y orales, hasta el número de brazos (que pueden llegar a ser 50) y la morfología de sus espinas.
Esta rigurosidad es necesaria para distinguir entre una especie nueva y la plasticidad fenotípica, es decir, cambios en la forma del animal causados por el ambiente y no por su genética. En su labor, Rivadeneira utiliza herramientas de cibertaxonomía, creando “gemelos digitales” de las especies, y utilizando biología molecular para complementar la observación morfológica, una metodología que ya aplicó con éxito en misiones previas en el Ártico.
Un ecosistema bajo asedio
A pesar de la lejanía y la profundidad, estos ecosistemas no están a salvo del impacto humano. La investigadora advierte que el fondo marino está totalmente conectado con la superficie. Durante sus expediciones, ha encontrado basura y plásticos a profundidades de hasta 4.000 metros, desechos que pueden ser ingeridos por especies filtradoras y predadoras. Además, el calentamiento global altera las corrientes marinas —como la de Malvinas, clave por su riqueza en nutrientes—, afectando la disponibilidad de alimento y la capacidad de dispersión de las larvas.
La científica también hace un llamado a la conciencia en las zonas costeras, donde el turismo suele dañar a las estrellas de mar al sacarlas del agua para fotografiarlas, sometiéndolas a un estrés que suele ser fatal. “Los organismos profundos son los que menos contacto tienen con lo que producimos como desechos y, por tanto, no están adaptados; el impacto es muchísimo”, lamenta.
El futuro de la
exploración oceánica
La presencia de Rivadeneira en la Umag subraya la importancia de la colaboración internacional y el acceso a infraestructura de vanguardia, como la proporcionada por Ocean Census y el Instituto Oceanográfico Schmidt. En un contexto donde países como Argentina enfrentan limitaciones técnicas para realizar muestreos en el talud continental, estos proyectos permiten que científicos locales lideren descubrimientos de relevancia global.
Con 11 nuevas especies en proceso de ser bautizadas bajo el Código de Nomenclatura Zoológica, la Dra. Rivadeneira se prepara para volcar estos hallazgos en publicaciones científicas que documenten la asombrosa biodiversidad de las Islas Sándwich del Sur. Su trabajo no solo amplía los registros geográficos y batimétricos, sino que arroja luz sobre una de las últimas fronteras de nuestro planeta: las profundidades del océano austral.
Fuente:
Comunicaciones Umag




