Rescate del documento histórico editado en 1969 sobre los “Chilenos en Río Turbio” de Luis Loyola
PARTE 2 Y FINAL
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ay que recordar que el libro fue escrito en el momento en que las autoridades trasandinas amenazaban con despidos masivos de obreros chilenos en el yacimiento.
En casi todo el texto, Luis Loyola Aravena se refiere al aporte económico dispensado por los obreros chilenos-chilotes del mineral argentino al desarrollo económico de Puerto Natales, lo cual, no deja de sorprender, por cuanto, en la misma época en que el autor escribía y publicaba su libro, las provincias de Chiloé, Aysén y Magallanes, experimentaban aún los beneficios de la Ley N°12.008 o de Puerto Libre, dictada como sabemos, en febrero de 1956, durante el segundo gobierno de Carlos Ibáñez del Campo.
En el caso de la región austral, además del régimen de franquicias aduaneras, en los últimos días de 1959 el Congreso Nacional había promulgado el proyecto del diputado de la zona central, Alfredo Lorca Valencia, que creaba la Corporación de Magallanes, iniciativa que en un principio presentó algunas dificultades para su aplicación, pero que fue retomada por el presidente Eduardo Frei Montalva, quien en abril de 1968 estampó su rúbrica en Punta Arenas para echar a caminar definitivamente dicho instrumento legal, que en términos prácticos, buscaba conseguir que de los dineros recaudados por la región, antes de que fueran redistribuidos por el Ministerio de Hacienda en Santiago, quedara un porcentaje importante de los recursos producidos por las industrias y del excedente de impuestos a las personas, para que fueran administrados por la intendencia provincial y se ejecutara, a modo de Corfo regional, un vasto programa de infraestructura, obras públicas, transportes, turismo, salud, educación, deporte y cultura.
Es un hecho evidente que, a mediados de los años 50 y durante la década del 60, mientras Punta Arenas vivía un periodo de bonanza económica y de avances sociales y culturales, los antiguos departamentos de Ultima Esperanza y de Tierra del Fuego, se hallaban con graves problemas de cesantía y estancamiento económico. Esto fue una constante por lo menos, hasta la entrada en funcionamiento de la referida Cormag. Las grandes industrias de la ganadería y del petróleo apenas daban abasto para incorporar a una masa laboral que crecía de manera exponencial; en cambio, las actividades relacionadas con el comercio local disminuían dramáticamente su capacidad productiva. Aquello era mucho más notorio en Puerto Natales. Varios parlamentarios nacionales de distintas posiciones ideológicas y políticas, escribieron o denunciaron en distintos momentos históricos la situación de la ciudad en medios escritos o en el mismo parlamento. Por de pronto, para superar los eternos problemas del centralismo, que se amplificaban en las regiones donde las capitales provinciales concentraban el aparataje del Estado con la mayoría de las oficinas y servicios públicos, monopolizando al sector productivo, lo que encarecía los precios de los alimentos por la recarga de impuestos a los fletes, los senadores Alfonso Bórquez, Eliodoro Domínguez y Carlos Alberto Martínez presentaron un proyecto de reforma constitucional en 1947 para facilitar la descentralización administrativa.
En el mismo tenor, Salvador Allende, entonces senador por la novena circunscripción electoral en representación de las provincias de Valdivia, Llanquihue, Chiloé, Aysén y Magallanes, intervino en el Congreso Nacional el 10 de junio de 1947, con una ponencia denominada “La dolorosa realidad de Magallanes”, donde denunciaba y detallaba los problemas que aquejaban a la región austral y especialmente, a Puerto Natales. Con respecto a la actividad ganadera señalaba:
“Los frigoríficos exportan casi toda su producción y el trabajo en ellos se ha visto amenazado por el elevado costo del ganado adquirido en Argentina. El frigorífico de Natales hubo de recibir una bonificación este año, para no paralizar sus faenas. La población obrera de los frigoríficos y los ocupados en las faenas de la esquila, trabajan tan sólo tres meses al año. Prácticamente, el noventa por ciento de la población está en esas condiciones”.
En cuanto al área social, la burocracia administrativa generaba demoras excesivas en las atenciones y en la destinación de personal del servicio público, lo que repercutía en el tratamiento oportuno de los departamentos de la antigua provincia de Magallanes que siempre parecían rezagados en relación a lo que acontecía en otras zonas del país. Se agregaba la escasez de vías pavimentadas o las dificultades de acceso en Tierra del Fuego o en Ultima Esperanza para que los distintos estamentos de la administración pública hicieran su trabajo, además de los gastos inútiles y la dispersión de recursos, lo que retardaba el desarrollo económico, como ocurría en Puerto Natales, males endémicos retratados por el senador Allende en su informe de la siguiente manera:
“Para qué hablar de Natales, donde no hay grupo escolar -estos existen, por lo menos, en Punta Arenas y en Porvenir- ; de Natales, donde no hay biblioteca ni gimnasio; de Natales, donde no hay baños públicos, ni alcantarillado, ni pozos sépticos, y -óigalo bien el Honorable Senado- donde los desperdicios humanos se extraen de las casas en barriles como hace ochenta o cien años”.
Dinero del Turbio a Natales
Durante los veinte años que mediaron desde la entrada en funcionamiento del yacimiento en pleno y la escritura del documento de Loyola, la población en la capital de Ultima Esperanza se elevó prácticamente al doble: de siete mil quinientos a quince mil habitantes.
Según el autor, el comercio de Puerto Natales vivía en gran medida, de los recursos que entregaban los mineros chilenos y de otras nacionalidades que se desempeñaban en Río Turbio. Había un factor adicional que incidía en la ecuación. La cercanía de la ciudad chilena con el mineral -sólo 50 kilómetros de distancia, mientras que Río Gallegos estaba a 256 kilómetros-, terminaba por ser casi un paso obligado para los trabajadores, quienes podían cumplir con sus turnos laborales y de no existir algún imprevisto de última hora o el fallo de la locomoción, los mineros podían viajar diariamente a sus hogares, en lugar de hacerlo sólo los fines de semana como aconteció durante los primeros años de producción.
Debido a que la nieve y la escarcha era habitual durante los meses de invierno, la cantidad de mineros que extraía el carbón del yacimiento se reducía de manera significativa. De todas formas, siempre existieron alrededor de mil ochocientos trabajadores chilenos dentro de la mina en promedio, cifra que se incrementaba fácilmente, a las dos mil quinientas personas cuando se sumaba el número de empleados.
De acuerdo con los cálculos preliminares efectuados por Loyola, considerando un sueldo aproximado de veinte mil nacionales por cada minero, éstos aportaban a Natales treinta y seis millones de nacionales en total. En los años 50, se creó en el yacimiento una especie de ‘Caja chica’ con el propósito de adquirir en la ciudad chilena algún artefacto de consumo habitual en caso de emergencia, dineros que se quedaban en Chile fomentando de manera directa la actividad comercial de Puerto Natales. Sin embargo, en 1968 la revista del servicio de informaciones del Ejército Argentino aseguraba que más de cuatrocientas familias vivían en Río Turbio y en el pequeño poblado de 28 de Noviembre, lo que junto al personal que habitaban los pabellones de empleados y obreros, totalizaban sobre cuatro mil personas. Las estimaciones realizadas por Loyola indicaban que cada fin de semana entraban en dinero, unos cuarenta millones de nacionales. Las autoridades debieron adoptar algunas medidas para evitar que la plata argentina saliera por completo de su país. Se les cancelaba a los obreros un martes o un miércoles de la primera semana de cada mes, en lugar de hacerse el último sábado del mes, lo que obligaba al personal que sólo ‘bajaba’ los fines de semana a efectuar parte de sus compras en el yacimiento.
En proporción al número de habitantes, Puerto Natales sobresalía entre las ciudades chilenas por contar con el mayor número de propietarios y de autoconstrucción, como, asimismo, por el alto porcentaje de ahorrantes en libretas del Banco del Estado. En esa sucursal se encontraban depositados dos mil millones de escudos y otros mil millones en casas comerciales, a las cuales les resultaba beneficioso entrar en ese tipo de negocio por los bajos intereses que otorgaba la entidad bancaria.
La razón principal por la cual, los obreros depositaban sus dineros en locales comerciales de Puerto Natales se debía a la resistencia al decreto con fuerza de ley publicado por el presidente Jorge Alessandri Rodríguez en los últimos meses de su administración, que permitía efectuar compra venta con moneda argentina nada más que en el Banco del Estado, a través de las sucursales de Punta Arenas y Natales. Los más perjudicados con la medida eran los obreros del Turbio, por cuanto la mayoría de ellos bajaba al pueblo los días sábados y especialmente, los que se pagaban. El Banco terminaba de atender público a las 12 horas y los mineros solían llegar a Natales después de las cuatro de la tarde.
El comercio local vio la gran oportunidad ofreciendo a los mineros mercaderías a cualquier precio a cambio de moneda argentina, situación de por sí irregular, acompañada por la política cambiaria del Banco del Estado que pagaba en la sucursal de Natales diecinueve pesos por cada nacional y en Punta Arenas dieciocho pesos, cuando lo justo era veintidós pesos, lo que significaba que con el cambio de moneda los mineros percibían alrededor de ciento cincuenta escudos menos.
Por aquel entonces, -fines de los años 60-, Río Turbio había crecido considerablemente. En torno al mineral funcionaba un pueblo con iglesia, escuela, oficina de correos y radio; locales comerciales, pequeños clubes, y unos pocos restaurantes. Las viviendas de las familias en su mayoría, eran de construcción sólida, al igual que el hospital, equipado con instrumentos modernos, completo y eficiente, pese a la falta de profesionales y especialistas. Este centro médico atendía también, a pacientes de Puerto Natales, los que no podían ser tratados en principio, por las carencias del pequeño hospital de su ciudad y luego cuando se entregó el nuevo recinto en 1966 por el alto costo de las consultas médicas. Las obras de mayor envergadura pertenecían a YPF, el resto a pequeños comerciantes.
Se calculaba entre medio millón la cantidad de chilenos que vivían en la Patagonia argentina diseminados entre las ciudades de Comodoro Rivadavia y Río Gallegos, equivalente a un 70% de la población total. Pese a los buenos salarios que recibían los obreros en el Turbio, que superaba con creces, a la media nacional de los trabajadores de las minas carboníferas de Lota y Coronel, o de los temporeros de las faenas agrícolas, el sistema tenía, sus puntos débiles. Por lo menos, hasta cuando el texto preparado por Loyola se aprestaba a entrar a impresión, no existía ninguna forma de desahucio para los trabajadores del yacimiento. En caso de un despido, el obrero sin importar su nacionalidad, no tenía derecho a paga semanal, ni al mes de sueldo, sólo se le cancelaban los días producidos.
El fantasma del gas grisú
Las medidas de seguridad en el Turbio fueron mejorando con el tiempo, lo que despertó el deseo de muchos chilenos por trabajar en la mina. Luis Loyola se refería en el texto a la condición especial de los capataces, como, por ejemplo, los que laboraban en la Gemela 3 en que se hallaban dieciséis de ellos: quince chilenos y un argentino.
En los primeros años de funcionamiento del yacimiento se verificaron varios accidentes de gravedad. El más trágico y famoso de todos ocurrió el 23 de mayo de 1949 debido a una explosión provocada por el gas grisú que de vez en cuando hacía su aparición en las entrañas de la tierra, sobre todo en las minas de carbón mineral haciendo explosión al contacto de la llama con un fósforo, la lámpara de carburo y la corriente eléctrica. Por lo general, estos incidentes se repiten en las minas agrietadas, carentes de ventilación, con la energía acumulada en el techo. Los mineros más experimentados suelen reconocerle por el característico olor a huevo podrido que suele tener.
En aquella oportunidad, fallecieron cinco obreros, cuatro chilenos y un argentino. Este último, fue sepultado en Río Gallegos, en cambio, nuestros connacionales, José Marini, Francisco Vargas A. Raúl Gallardo C. y N. Díaz N. fueron enterrados en el cementerio viejo de Puerto Natales.
En su relato, Loyola resume la historia de un minero boliviano llamado Marino Soruco S. con seis años en el Turbio y otros quince en las minas de estaño en su país y de manganeso en Mendoza, Argentina, quien aseguraba que el gas grisú afectaba primero a los ojos del minero, luego le apretaba el corazón y, por último, le provocaba una gran debilidad en las rodillas impidiéndole seguir trabajando. Soruco sufrió un accidente en su pie derecho que lo tuvo cuatro meses inactivo, sin opción de continuar con sus funciones de barretero en el mineral.
Otros fueron menos afortunados. Es el caso del poblador de Natales Francisco Soto Villarroel quien empezó a trabajar en el mineral como obrero de mantenimiento en febrero de 1963, pero a las pocas semanas sufrió un accidente donde perdió un ojo. Por insinuación de su esposa fue operado en Punta Arenas, y aunque las autoridades del yacimiento en primera instancia, no quisieron reintegrarlo a sus labores, el dictamen de uno de los médicos, permitió su reincorporación al Turbio.
Los empleados y obreros decidieron, a falta de previsión en caso de accidente, reunir una cuota de sus salarios para indemnizar a la viuda en caso de muerte del marido, como aconteció con Elsa Ulloa de Loncomilla domiciliada en Natales, a quien se le entregó la suma de cuarenta mil nacionales. El marido había fallecido triturado por los dientes de una cinta, el 2 de enero de 1966 dejando varios hijos en la orfandad y sin recursos. Otro deceso muy lamentado por sus compañeros fue el de Carlos Roberto Tarumán, quien murió aplastado por un derrumbe el 19 de febrero de 1966. Con los trabajadores argentinos no ocurría lo mismo. Un accidente menor se indemnizaba con seis mil nacionales, pero ante el fallecimiento de un obrero al interior de la mina, se entregaban veinte mil nacionales a sus familiares.
La fiesta del minero
Un día excepcional en el año lo constituía el 4 de diciembre cuando en el Turbio se celebraba el día de Santa Bárbara, la ‘virgen’ de los mineros. Las autoridades preparaban la jornada como un gran acontecimiento anual, donde el rasgo principal era la abundancia en comidas y bebestibles. Se hacía extensiva la invitación a representantes civiles y militares de Natales.
A cuenta del yacimiento, se consumía toda clase de alimentos y de licores, con excepción de una cuota aportada por los empleados y obreros del sindicato. Loyola explica en su texto, de que, si en el mineral se encontraran cinco mil personas, en el banquete podrían comer tranquilamente unas veinte mil. Los mineros solían llegar al Turbio desde Natales con sus familiares.
En el día de Santa Bárbara los trabajadores gozaban de ciertos privilegios, como el consumir todo el vino que quisieran, oportunidad que no dejaban pasar los chilenos. Autoridades, empleados y obreros se enorgullecían de la gran cantidad de corderos ubicados en filas para su degustación.




