Caleta Barranco Amarillo
Magallanes es una región acostumbrada a las inclemencias climáticas, pero ello no quita que en ocasiones los temporales provoquen daños de diversa consideración.
En ocasiones, estos dejan al descubierto problemas que llevan años esperando solución. Lo ocurrido esta semana en la caleta Barranco Amarillo, donde una embarcación quedó varada, otra fue destruida y una tercera terminó semihundida, no puede interpretarse únicamente como una consecuencia inevitable del mal tiempo. También es la expresión de una vulnerabilidad conocida, advertida y largamente diagnosticada.
Los pescadores han dicho durante años que Barranco Amarillo es una caleta de servicios, no una caleta de abrigo. La diferencia no es semántica. Significa que las embarcaciones pueden operar allí, abastecerse o realizar diversas actividades, pero carecen de la protección necesaria cuando el estrecho de Magallanes muestra toda su fuerza. Carencias de esta magnitud terminarán convirtiéndose en un riesgo.
Resulta significativo que, pese a las advertencias meteorológicas y a las medidas preventivas adoptadas por los propios pescadores, igualmente se hayan producido pérdidas importantes. Ello demuestra que la responsabilidad no puede recaer exclusivamente en quienes trabajan en el mar. Los hombres y mujeres de la pesca artesanal conocen mejor que nadie las condiciones del territorio y han debido convivir durante décadas con una infraestructura insuficiente para enfrentar eventos climáticos severos.
La discusión sobre una posada de abrigo no es nueva. Ha transitado lentamente por estudios, diagnósticos y evaluaciones técnicas. Es comprensible que una obra de esta naturaleza requiera análisis rigurosos y que la inversión pública deba sustentarse en antecedentes sólidos. Sin embargo, también es legítimo preguntarse cuánto tiempo más puede prolongarse la etapa de los estudios cuando los riesgos son evidentes y los perjuicios se repiten una y otra vez.
La eventual construcción de una infraestructura de abrigo no sólo beneficiaría a los pescadores artesanales. También fortalecería la seguridad de otras embarcaciones menores que navegan por el estrecho, potenciaría el desarrollo náutico y podría transformarse en un activo estratégico para Punta Arenas. En una región cuya identidad, historia y economía están íntimamente ligadas al mar, disponer de instalaciones seguras para la navegación debiera formar parte de una visión de largo plazo.
Los fenómenos meteorológicos extremos seguirán ocurriendo. De hecho, la evidencia científica indica que podrían volverse más frecuentes e intensos. Por ello, la verdadera discusión no es si habrá nuevos temporales, sino cuán preparados estaremos para enfrentarlos cuando lleguen.
Lo sucedido en Barranco Amarillo debe servir como una señal de alerta y también como una oportunidad y un impulso para hacer las inversiones y trabajos postergados.




