La madre que cruzó la Patagonia para no dejar morir la búsqueda de su hijo desaparecido
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Mirta Saldivia tiene 72 años, es discapacitada y viajó desde Puerto Montt hasta Punta Arenas para exigir que no se archive el caso de Luis Alberto Maldonado Saldivia, desaparecido hace cuatro meses en Tierra del Fuego. La familia sostiene una hipótesis; la investigación maneja otra. Entre ambas, hay un cuerpo que no aparece.
Lucas Ulloa Intveen
Hay un gesto que Mirta Saldivia repite sin darse cuenta cuando habla de su hijo: se lleva la mano sana al pecho. Tiene 72 años, una discapacidad en un brazo que arrastra desde la infancia y un dolor más reciente, de apenas cuatro meses, que no la deja dormir. “Mi corazón de madre me dice que no”, responde cuando se le pregunta si cree que Luis está vivo. Casi sin transición, enumera las razones que sostienen su teoría: su hijo no ha movido un solo peso de su cuenta bancaria, dejó su ropa en la pensión y abandonó hasta sus útiles de aseo. “Si se hubiera ido a algún lado, hubiera llevado sus cosas”, dice.
Luis Alberto Maldonado Saldivia, de 54 años, salió de su domicilio en la población Pedro Aguirre Cerda de Porvenir la tarde del 22 de febrero de este año. Iba a compartir con conocidos en una vivienda de calle Francisco Sampaio. Se retiró ya entrada la noche y desde entonces nadie volvió a verlo. Era operario del frigorífico Minerva Foods, llevaba casi una década en la isla y antes había trabajado como maestro panadero y en pesqueras. En Minerva, cuenta su madre, le hablaron de un hombre puntual, respetuoso, que nunca faltó al trabajo. “Él fue el único sustento de mi hogar”, agrega. Cada mes le enviaba dinero para la leña, la luz, el agua y el calzado. “Era un hijo que honraba a uno siempre”.
Un viaje contra el olvido
La historia que Mirta relata no es sólo la de una desaparición, sino la de una familia que dice haber chocado una y otra vez contra un muro institucional. Cuando supo que su hijo no aparecía, viajó desde Puerto Montt hasta Porvenir. Llegó días después y, según su versión, ni siquiera fueron las autoridades quienes le avisaron que peritos del Laboratorio de Criminalística de Carabineros (Labocar) estaban trabajando en el lugar de la desaparición: lo supo por conocidos de su hija.
Su hija Mariela -vecina de Porvenir y quien ha llevado públicamente la voz de la familia – acudió decenas de veces a la Fiscalía- . “Cuántas veces salió llorando de ahí porque no le hacían caso”, recuerda Mirta. La respuesta, señala, era siempre la misma: que tuviera paciencia, que esperara. En una de esas gestiones, su hija se descompensó al punto de terminar en el hospital.
El relato de esta madre incluye episodios que reflejan, más que nada, el desamparo de una familia sin recursos enfrentada a un aparato que no comprende. Cuenta que fue a buscar la ropa de su hijo a la pensión y no se la entregaron sin orden judicial. Que un abogado de la Corporación de Asistencia Judicial la atendió con desdén y la derivó a un penalista particular que le cobraba 3 millones de pesos. Un día, tras una diligencia fallida, quedó perdida y sola en una calle de Punta Arenas, sin saber cómo volver, hasta que un taxista la guió por teléfono hasta una esquina con un letrero que ella pudo leerle. “Hay personas buenas”, confiesa. “Pero no todas son iguales”
Dos hipótesis para el silencio
La familia tiene una convicción formada. A partir de testimonios de terceros del propio pueblo -algunos de ellos personas con problemas de salud mental, lo que Mirta no oculta- sostienen que a Luis le habrían hecho daño esa misma noche y que su cuerpo estaría oculto en una propiedad cercana al centro de Porvenir. Mencionan obras recientes en un inmueble que llevaba años abandonado como una señal sospechosa. La Prensa Austral optó por no consignar nombres ni la dirección exacta, porque se trata de imputaciones graves que no han sido formalizadas por la justicia y cuya publicación podría afectar a personas que la investigación no ha establecido como responsables.
Lo que la familia pide es concreto: que se revise esa propiedad por debajo del piso. “Que descarten, por último, que no está ahí”, resume Mirta.
La investigación penal, en cambio, ha transitado por otro camino. Según los antecedentes del caso, el Ministerio Público desplegó un abanico amplio de diligencias durante estos meses: peritajes biológicos con aplicación de luminol en una vivienda -sin que se detectara rastro de sangre- , incautación y análisis de teléfonos celulares, revisión de cámaras de seguridad de bancos y cajeros para reconstruir las últimas horas de Maldonado, rastreo de antenas de telefonía que mantienen su señal referenciada a Porvenir, y toma de declaraciones a buena parte de quienes podrían aportar antecedentes en la localidad. A ello se sumaron operativos en terreno con el Gope, el OS-9 y la Sip de Carabineros, además de búsquedas con canes.
Entre las líneas que no se descartan figura una hipótesis distinta a la de la familia: que Maldonado pudiera haberse extraviado caminando hacia la pampa fueguina, un territorio donde es fácil perder el rumbo y donde, en el pasado, otras personas han aparecido mucho tiempo después. En ese escenario, una de las diligencias que podría seguir es la intervención de la unidad especializada de la Policía de Investigaciones dedicada a la búsqueda de personas desaparecidas, justamente lo que la familia ha reclamado: la entrada de la PDI al caso.
Cuatro meses sin resultados
Lo cierto es que, a cuatro meses de la desaparición, no hay resultados positivos. La fiscal que llevó inicialmente la causa, Johanna Irribarra, dejó la Fiscalía Local de Porvenir y asumió otra persecutora. La denuncia por presunta desgracia, además, se estampó recién el 1 de marzo, días después de la última señal de vida de Maldonado, un desfase que la propia investigación reconoció.
Para Mirta, ese tiempo perdido es lo más difícil de perdonar. Recuerda con amargura una frase de su hija dirigida a la autoridad: si se tratara de alguien con dinero, “ya habrían dado vuelta la isla”. Ella lo dice de otro modo, pero apunta a lo mismo. “Que se tome en serio todo testimonio. Que se muevan, que no archiven el caso. Que se note que lo buscan, porque es un ser humano, no importa que no tenga plata”.
Antes de despedirse, vuelve a llevarse la mano al pecho. Lo que quiere, dice, es que el dolor que siente se haga conocido en todo Chile. Que alguien, en algún lugar, sepa algo. Que su hijo -el que cerraba el cierre de su chaqueta hasta el cuello y nunca salía sin su gorro de lana y su mochila- aparezca y pueda cerrar este doloroso episodio. “Sólo quiero que lo encuentren”, dice caminando por las calles de Punta Arenas.




