¿Orgullo de qué?
¿Orgullo de qué? es una pregunta que tendemos a escuchar durante este mes. Y es que al relacionar este sentimiento con méritos y/o logros, la conmemoración se torna un sinsentido para una parte de nuestra sociedad ya que, claro, ¿qué mérito hay en ser de una determinada manera?
La historia nos puede otorgar algunas respuestas. La madrugada del 28 de junio de 1969, un grupo de personas LGBTI se encontraba reunido en el bar Stonewall Inn de la ciudad de Nueva York, lugar en el cual las redadas eran una constante. Pero en aquella jornada algo cambió. Hartos del abuso, acoso y discriminación policial, decidieron alzar la voz (y cualquier objeto que tuviesen a mano) para exigir algo básico: el derecho a una vida digna y visible.
Los enfrentamientos se prolongaron durante casi una semana y cada vez reunían a más personas, denunciando enérgicamente la represión a la cual se encontraban sometidos. Un año después, en junio de 1970 (y desde entonces), miles personas se manifestaron para conmemorar este importante hito, el cual comenzó a hacer eco en el resto del mundo.
Pero el sol no salió para todos. Por aquel entonces, Latinoamérica estaba marcada por el intervencionismo estadounidense y las tensiones de la Guerra Fría. Y Chile no constituyó una excepción. Pese a todo, tuvimos nuestra propia rebelión. El 22 de abril de 1973, un grupo de personas LGBTI (principalmente gays y trans) se manifestó en la Plaza de Armas de Santiago contra el abuso policial y el desprecio social, siendo registrada por los medios de comunicación con despectivos titulares tales como “colipatos piden chicha y chancho” (diario El Clarín) o “los raros quieren casarse” (Revista VEA), lo cual, por cierto, jamás fue mencionado por quienes se manifestaron.
Sin embargo, a diferencia de lo que ocurría en el norte global, el movimiento no prosperó. La represión se agudizó y profundizó en septiembre de ese mismo año con el inicio de la dictadura militar, periodo que además coincidió, una década más tarde, con los primeros casos de VIH/SIDA en el país (1984), conocido en sus inicios como el “cáncer gay”, profundizando la estigmatización y la discriminación hacia la diversidad sexual.
Este contexto hostil no impidió que personas como Pedro Lemebel, Susana Peña o Tim Frasca alzaran la voz frente a las injusticias. Y sus legados han perdurado a través de décadas que han sido testigos de significativos avances (todos logrados a través de la protesta y/u organización social), los cuales no han permitido ser más libres y contar con el reconocimiento de nuestros derechos humanos.
No obstante, el acoso, la discriminación y los crímenes de odio no han desaparecido. Y es por esto que se torna necesario denunciar las problemáticas que nos atraviesan y exigir lo que, como seres humanos, nos corresponde: una vida no solamente libre de violencia, si no también disfrutable. Porque una persona no puede ser feliz si es constantemente maltratada, humillada y presionada a esconderse. No basta con dejar existir.
Enfrentar dichas problemáticas es un desafío cotidiano para las personas LGBTI. Y es por esto que surge la necesidad de contar con un sentimiento movilizador que nos ayude a mantener la valentía, convicción y esperanza por transformar nuestra sociedad en un lugar que no excluya ni maltrate a nadie por ser quien es. Ese sentimiento se manifiesta a través del orgullo. Y es lo que conmemoramos cada junio.




