Adiós a Sylvia González Markmann, testigo privilegiada de la historia y protagonista de la primera expedición presidencial chilena a la Antártica
Con la lucidez que la acompañó prácticamente hasta el final de sus días, Sylvia González Markmann partió esta semana en Santiago, cerrando un siglo de vida marcado por la historia, el servicio público, la cultura y un estrecho vínculo con Magallanes y la Antártica.
Hija del ex Presidente de la República Gabriel González Videla y de Rosa “Miti” Markmann, nació en La Serena en 1926. Desde pequeña conoció el mundo de la diplomacia debido a las destinaciones de su padre, viviendo durante la Segunda Guerra Mundial en la Francia ocupada y posteriormente en Río de Janeiro. Aquellas experiencias la convirtieron en testigo directa de algunos de los acontecimientos más trascendentes del siglo XX y le permitieron conocer a importantes figuras de la política internacional.
Durante el gobierno de su padre residió en el Palacio de La Moneda, desde donde diariamente se trasladaba en bicicleta para realizar labores de voluntariado en la Cruz Roja, reflejando una vocación de servicio que la acompañaría toda su vida.
Sin embargo, uno de los episodios que marcó su existencia ocurrió en 1948, cuando integró la histórica expedición presidencial al Continente Blanco. En medio de la disputa internacional por la soberanía antártica entre Chile, Argentina y el Reino Unido, el Presidente Gabriel González Videla decidió viajar junto a su familia en una misión mantenida bajo estricto secreto. Aquel viaje convertiría al mandatario chileno en el primer jefe de Estado del mundo en pisar territorio antártico.
En una extensa entrevista concedida hace algunos años a La Prensa Austral, Sylvia recordó que ni siquiera los integrantes de la expedición conocían inicialmente el verdadero destino del viaje. La confidencialidad era absoluta para impedir que la información llegara a las autoridades británicas, en momentos de máxima tensión diplomática.
“Mi padre nos convenció contándonos que éste era un viaje secreto, pues en realidad nuestro destino final era la Antártica. Ser prácticamente las primeras mujeres allí nos hizo olvidar La Serena y embarcarnos con entusiasmo en esta aventura”, evocó entonces.
Fue precisamente durante esa travesía donde nació la historia de amor que la uniría para siempre con Magallanes. Entre los integrantes de la delegación se encontraba el diputado puntarenense Alfonso Campos Menéndez. Compartían largas conversaciones sobre el país y el futuro de Chile, mientras él impulsaba iniciativas sociales como el proyecto del litro de leche para combatir la desnutrición infantil.
Según recordaba Sylvia, Campos Menéndez comenzó a cortejarla enviándole cartas durante la navegación e incluso protagonizó una recordada demostración de valentía al lanzarse a las gélidas aguas antárticas. Meses después contrajeron matrimonio en el Palacio Presidencial de Cerro Castillo. Fieles a su compromiso social, pidieron que, en lugar de regalos de boda, los invitados donaran frazadas para las familias más vulnerables. La iniciativa permitió reunir cerca de dos mil frazadas que posteriormente fueron distribuidas entre personas necesitadas.
Su hijo, Alfonso Campos González, recordó que hasta sus últimos días Sylvia mantuvo una sorprendente claridad intelectual. “Estaba plenamente lúcida y siempre interesada en lo que ocurría a su alrededor. Incluso me preguntaba por los detalles de la discusión que manteníamos sobre el proyecto de hidrógeno verde”, comentó.
Quienes la conocieron destacan que fue una mujer de una curiosidad inagotable. Hablaba cuatro idiomas, recitaba a Shakespeare de memoria, estudiaba mecánica cuántica y parapsicología, tocaba piano, guitarra y acordeón, y disfrutaba conversando sobre historia, ciencia, medicina, música, filosofía y alimentación saludable con la misma pasión.
Su partida deja el recuerdo de una mujer excepcional que fue mucho más que la hija de un Presidente. Fue una protagonista silenciosa de episodios decisivos para la historia de Chile, una firme defensora del conocimiento y una figura estrechamente ligada a Magallanes, donde permanecerá también parte importante de su legado cuando, en las próximas semanas, sus restos descansen definitivamente en Punta Arenas, junto a la tierra que marcó su vida desde aquel histórico viaje a la Antártica de 1948.




