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Elogio de la vulnerabilidad

Por Marcos Buvinic Domingo 5 de Julio del 2026

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En la columna del domingo pasado me referí al alarmante aumento del número de suicidios en nuestra región (el año pasado fueron 19 y, hasta junio de este año, ya van 18 personas que se han suicidado). Resulta preocupante el “silencio social” sobre el tema y, sin duda, es una situación muy compleja e incómoda que nos deja devastados, sin palabras. Ese silencio social sobre el suicidio existe porque -entre otras cosas- nos complica reconocernos vulnerables.

Al disponerme a escribir esta columna haciendo un elogio a la vulnerabilidad, me decía a mí mismo: “Pero… ¡cómo vas a elogiar la vulnerabilidad, si es un problema!”, e inmediatamente me respondía: “Es que ahí está el problema: en que se la mire y se la viva, simplemente, como un problema”. A ver, vamos por partes.

Resulta que la vulnerabilidad es, efectivamente, un problema, porque puede significar que estamos expuestos a sufrir daños físicos, emocionales o sociales; también porque puede tener consecuencias dramáticas para las personas socialmente desprotegidas. Se nos dice -desde niños y de todas las formas posibles- que hay que ser fuertes y triunfadores, que tenemos que estar llenos de energía y firmeza para saber defendernos de cualquier amenaza.

Pero sucede que, como no siempre nos resulta posible ser fuertes y triunfadores, entonces le hacemos el quite a la vulnerabilidad, la evitamos, la escondemos o la disimulamos. Pero… está allí… en todo lo que nos hace sentir frágiles y débiles: en esa enfermedad, en esos vaivenes de nuestra psicología que nos desestabilizan, en esa aflicción para la que no encontramos consuelo, en la impotencia ante lo que otros nos imponen -con diversas formas de violencia- y menoscaba nuestra dignidad, en esa pérdida —de lo que sea— que nos parece irreparable; en fin…, complete usted la lista con sus propias experiencias… No podemos escapar de la vulnerabilidad, ¡porque los seres humanos somos vulnerables! Así nacemos y así morimos, siempre vulnerables, desde los pañales hasta la mortaja.

Hacer el elogio de la vulnerabilidad no significa una defensa o una alabanza del sufrimiento que ella puede traer, sino que, puesto que está instalada en nuestra condición humana, consiste en hacer de ella una oportunidad de aprendizaje y una ocasión de crecimiento, aprovechando lo que nos ofrece.

El elogio de la vulnerabilidad es el elogio de las personas auténticas, esas que se muestran tal como son, con sus preguntas, sus dudas y sus temores; porque, por muchas y firmes certezas que tengamos, todos también tenemos preguntas abiertas, dudas y temores. Es mirar una dimensión de la vida en la que, cuando parece que se pierde, se gana, porque asumirla como un aspecto propio de nuestra existencia nos sitúa en la realidad, nos permite comprender mejor la propia vida y la de los demás, creciendo en sensibilidad y empatía ante cualquier forma de sufrimiento. Asumir la vulnerabilidad nos permite pedir ayuda cuando la necesitamos, sin pensar que ello menoscaba nuestra dignidad; en una palabra, asumir nuestra vulnerabilidad nos hace crecer, nos hace más humildes, más humanos.

Probablemente, algunos han oído o han leído acerca de la doctora Elisabeth Kübler-Ross († 2004), una psiquiatra suizo-estadounidense, experta en todo lo relacionado con las personas moribundas, los cuidados paliativos y la muerte. En uno de sus libros dice: “Las personas más bellas con quienes me encontré son aquellas que conocían la derrota, el sufrimiento, la pérdida y encontraban la forma de salir de los abismos. Esas personas tienen una apreciación, una sensibilidad y una comprensión de la vida que las llena de compasión, de humildad y de una profunda inquietud amorosa. Las personas bellas no surgen de la nada”.

Para quienes somos creyentes, la misma experiencia de fe es una situación de vulnerabilidad, porque vivimos desde unas certezas inconmovibles, pero indemostrables, y también nos acompañan muchas preguntas. Pero, como dice el apóstol Pablo: “No sabemos orar como conviene, pero el Espíritu viene en ayuda de nuestra debilidad” (Rom 8,26). Es desde la vulnerabilidad que se abre el espacio de lo sagrado, pues la Buena Noticia del Señor Jesús es que Dios mismo se ha hecho un ser humano vulnerable, comparte nuestra vida frágil y nos abre un horizonte de esperanza al levantarse glorioso desde la vulnerabilidad del Crucificado.

El Señor Jesús siempre vivió su vulnerabilidad, desde el pesebre hasta la cruz. Desde allí vivió confiado en el amor del Padre y pasó haciendo el bien. Desde su vulnerabilidad, el Señor Jesús nos llama a caminar en la confianza en el amor del Padre, que no nos abandona, y a dar pasos que nos permitan vivir con los cuidados mutuos de la acogida, la cercanía y la disponibilidad en el servicio, y la generosidad en el perdón. Acogiendo nuestra vulnerabilidad podemos vivir una cultura del cuidado mutuo, con confianza y esperanza.

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