A los 86 años muere el propietario del tradicional local Lomito’s
Cuando se habla de los lugares para ir a comer en Punta Arenas, la ciudad le hace un especial reconocimiento a locales que convocan con su historia y trayectoria, los colores, sabores y olores más acogedores.
Entre ellos, destaca el tradicional Lomit’s que desde hace más de 20 años se instaló en la calle José Menéndez, a pasos de Bories.
Así partía el reportaje de autoría de la periodista Paulina Espinoza Azócar publicado en el suplemento dominical de El Magallanes, el 21 de febrero de 2010, que plasmó parte de la historia de vida del propietario de este local que en la actualidad lleva por nombre Lomito’s, Abelardo Pérez Vera, fallecido este miércoles en la capital -donde se encontraba aquejado de salud- a la edad de 86 años. Su muerte causó hondo impacto entre sus amistades y clientes.
La crónica elaborada hace 16 años proseguía así: Las luces de neón, los tonos marrones, los grandes ventanales de su fachada principal, la cocina en medio de las hogareñas mesas y los cuadros en sus paredes que muestran la realidad local de antaño forman parte del clásico escenario.
Aunque pocos lo conozcan, su dueño es Abelardo Pérez Vera, un hombre de 70 años que hace más de 50 comenzó a entregar su trabajo en el mundo de la gastronomía y que 21 años fundó este mítico café restaurante.
Es un hombre que, en medio de un marcado tono serio, se expresa con sinceridad, simpatía y una humildad que no busca sacar a relucir.
Su familia vive en Santiago, por lo que viaja muy seguido para estar con ella. Está arraigado a Magallanes: “Yo soy ya más puntarenense que los mismos puntarenenses”, dice con gracia.
Oriundo de Valdivia, se crió en la principal urbe del país y llegó a la capital magallánica en 1989. Meses después de su arribo a estas frías tierras, instaló un espacio que hasta el día de hoy abriga a más de mil personas diarias.
Se inició en una fábrica de empanadas, en Santiago. “Empecé a trabajar a los 18 años en este rubro y nunca más lo dejé, porque esto es lo que me gusta, es lo mío, es lo mío”, insiste.
Pero él no tiene mayor contacto con sus clientes, sólo los comensales que diariamente se sientan a tomar un café y a conversar lo reconocen. Las chicas son sus representantes.
Si el Lomit’s tiene 21 años, cuenta con “las chicas”, como él las llama, que lo acompañan fielmente desde hace 20.
-“Ven hace rato te estoy llamando”, dijo.
-“¡Ah!, pero es que no lo escuché”, le respondieron por entre el humo de la cocinería, y una de las meseras se acercó a él, vistiendo el típico uniforme.
-“Si”, balbuceó incrédulo. “Tú nunca me escuchas”, bromeó en un tono serio que parecía no querer soltar.
-“¿Hace cuánto que te estoy soportando?”
-“¿No se acuerda?”
-“No”.
Y bastaron esas palabras para que las risas explotaran entre jefe y empleada.
“Haga recuerdo, quiero escucharlo de su boca, jefe. Míreme las canas que tengo y saque un cálculo aproximado… Son tantos años, que ya no se acuerda”.
Frutos de la experiencia
Cuando empezó a invertir en lo que comenzó como un pequeño negocio, jamás se imaginó que superaría hasta sus propias expectativas.
“Hemos batido todos los récord que hemos tenido que batir”, reflexiona. “Ya tengo 70 años, no es edad para proyectarme”, concluyó con satisfacción.
Hoy se atreve a asegurar que ninguna cosa del ámbito gastronómico le “queda chico”. “Yo puedo inventar negocios en esta área y sé que lo voy hacer bien, porque me gusta”, dice con confianza.
Antiguamente, llegaba a soñar con hacer un bar en su local. “Todavía pienso yo que debería ponerle una barra de 30 metros de largo… que la gente la vea y diga que esto no lo ha visto en ninguna otra parte”, menciona concentrado en aquel imaginario.
Considera que se ha ido ganando el respeto, recuerdo y aprecio de las personas a medida que mantiene el buen nivel del negocio. “Me encanta que la gente se sienta bien con lo que uno hace”, menciona.
A modo de ejemplo, afirma que a los turistas “los arranchan aquí: los tipos no salen más, durante los días que estén y en el hotel que estén”.
En medio de aquellas paredes, ningún recuerdo lo ha marcado más que cierto 16 de septiembre, hace 15 años, cuando debieron atender a alrededor de dos mil 500 personas. “Y eso, para cualquier persona, es terrible”, dijo.
“A esta altura, uno ya no es esforzado y se olvida que lo fue, pareciera que todo fue fácil, cuando en realidad uno ha pasado por momentos complicados”, reflexiona.
“No es lo mismo empezar solo el negocio y con poco capital”, afirma.
Aún así, como hinchado de añoranza y orgullo, menciona a su hija como la heredera del café que creó hace tantos años en el extremo sur del planeta, esperando que siga sus pasos.
Esta tarde, a las 19 horas en la iglesia Catedral, se realizará una misa en su memoria. A don Abelardo Pérez le sobreviven sus hijos Ana Alicia y Eduardo.




