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Guerra por una pelota

Por Jorge Abasolo Jueves 16 de Julio del 2026

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Definitivamente el frenesí del peloteo mundial no deja incólume a nadie. Eso sí, este Mundial pasará a la historia como uno de los más envilecidos, misteriosos, truchos, corruptos, viciados y prostituidos. Al momento de cerrar esta columna ya nada menos que la Unión Europea pretendía intervenir porque la Fifa está tan emporcada como la “cossa nostra” y el certamen ya se vislumbra más arreglado que una casa piloto.

Argentina y España son los regalones y el famoso VAR ha servido sólo para perjudicar a los clubes de menor cuantía.

No hay que ser entendido en esto del peloteo para concluir que el genial Leo Messi debió haberse ido expulsado en el segundo partido, cuando dio un planchazo a un rival, de esos que habrían causado la envidia de Bruce Lee.

Pero es Messi y un Mundial sin él sería como un vampiro con anemia.

El fútbol gusta hasta el paroxismo, porque es una especie de guerra reglamentada donde la táctica y la estrategia juegan un rol de vital importancia.

Es innegable que en nuestra época, el fanatismo del fútbol ha invadido el lugar que antes estaba reservado al fervor religioso o al ardor político.

Hasta guerras ha provocado este masivo deporte.

En serio. Es cosa de recordar la fecha en que el hombre llegó a la Luna: 1969. Ese mismo año estalló la guerra entre Honduras y El Salvador, dos países centroamericanos más livianos que el hidrógeno. Eran pequeños y pobres que no destacaban en nada y tenían al fútbol como válvula de escape. Pero, desde hacía caso un siglo venían acumulando rencillas y rencores. Cada uno había servido siempre de cabeza de turco para justificar los problemas.

¿Qué los hondureños no tenían trabajo? Porque los salvadoreños venían a quitárselo. Los salvadoreños pasaban hambre? Porque los hondureños los maltrataban. Cada país se consideraba propietario de la razón, y las frecuentes dictaduras militares de uno y otro país hacían todo lo posible por perpetuar el error.

Esta fue la denominada Guerra del Fútbol, ya que en los estadios de Tegucigalpa y San Salvador se produjeron chispas que derivaron en un incendio. Durante las eliminatorias para el Mundial del 70 empezó la zafacoca. A la semana los dos países rompieron relaciones. Honduras expulsó a CIEN MIL CAMPESINOS salvadoreños, que desde siempre trabajaban en las siembras y las cosechas de ese país, y los tanques salvadoreños atravesaron la frontera.

La guerra duró una semana y terminó con la vida de CUATRO MIL PERSONAS.

Los dos gobiernos, dictaduras puras y duras, arremetían con todo…por un partido de fútbol…más una pelota.

En Tegucigalpa (capital de Honduras), la consigna era: “Hondureño, toma un leño y mata a un salvadoreño”.

En San Salvador todos congeniaban en que: “Hay que propinar una lección a estos bárbaros”.

Felizmente los señores de la tierra y de la guerra no derramaron una gota de sangre, mientras ambos pueblos -“a pata pelada”- se vengaban matándose entre sí con fervor digno de mejor causa.

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