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– Natalia Cárdenas Vargas

– Ahmed Zalej Arteaga

Director del Inach

Chile proyecta segunda base científica conjunta en la Antártica y primera planta de hidrógeno verde

Domingo 2 de Agosto del 2026

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  • Gino Casassa Rogasinski participó recientemente en el podcast“Conversaciones Antárticas”, espacio conducido por el periodista Harry Díaz.

Gino Casassa Rogasinski, ingeniero civil hidráulico y glaciólogo, ha transformado su pasión juvenil por el montañismo en una carrera dedicada íntegramente al estudio de los hielos. Hoy, como director del Instituto Antártico Chileno (Inach), encabeza los desafíos científicos y logísticos de un país que busca consolidar su liderazgo en la investigación polar frente a la crisis climática global.

Su vínculo con la Antártica comenzó en 1982, un viaje que no sólo marcó su primera expedición al continente, sino que le abrió las puertas a una formación académica de posgrado en Japón y, posteriormente, a participar en el Panel Intergubernamental del Cambio Climático (IPCC). Esta labor colectiva fue reconocida en 2007 con el Premio Nobel de la Paz, destacando la urgencia de entender el impacto real del cambio climático en el planeta.

Recientemente y en el marco de su cuenta pública, Casassa fue entrevistado en el podcast “Conversaciones Antárticas”, producido por el Inach, donde el director dialogó con el periodista Harry Díaz sobre sus orígenes en el barrio “La Chimba” de Santiago, sus anécdotas de supervivencia en grietas de hielo y su actual visión estratégica para la institución.

Bajo su mando, el Inach proyecta hitos clave como la renovación de la base Escudero en la Isla Rey Jorge y el diseño de una segunda base científica conjunta en la actual base Carvajal. Casassa destaca que, aunque Chile es un país con presupuestos modestos, posee un capital humano gigante que lo sitúa como líder latinoamericano en publicaciones científicas, con el reto actual de integrar mejor la logística estatal con la sustentabilidad y las nuevas energías, como el hidrógeno verde.

El experto enfatiza que hacer ciencia en el extremo sur es un acto de soberanía y una necesidad de supervivencia. El mensaje de Casassa es un llamado a las nuevas generaciones para que continúen investigando un continente cuyo derretimiento afecta directamente el nivel del mar y el clima global, protegiendo así el futuro del continente blanco.

Del barrio “La Chimba” a su primer viaje a la Antártica

Gino Casassa nació en el barrio “La Chimba”, al norte del río Mapocho, en pleno centro de Santiago. Específicamente en lo que es la actual Clínica Dávila, que en esa época era la Clínica Alemana. “Pero de ahí me fui a vivir hacia el barrio de las montañas. Me crié yendo prácticamente todos los fines de semana al cerro Manquehue, un clásico de Santiago”, apuntó.

– ¿Cómo nace esta transición del montañismo a convertirse en un científico antártico?

– “Partió netamente por la montaña. Mi padre, que en paz descanse, era soldado de las tropas alpinas italianas. Al llegar a Chile a principios de la década del 50, en la posguerra, hizo lo que ya había hecho en Italia: escalar montañas. Nos transmitió esa pasión a sus hijos. A partir de los 10 años, o incluso un poco antes, íbamos a buscar “callampas” a los cerros, y ya en mi adolescencia y época universitaria esa pasión se desató por completo.

Pateando hielos, subiendo montañas y estudiando ingeniería a la vez —porque soy ingeniero civil hidráulico—, dije: ¿Por qué no estudiar estos ríos de hielo?. Esa es la mejor definición de un glaciar. Así que hice mi tesis de ingeniería civil en la Antártica en el año 1982 junto al profesor Dr. Cedomir Marangunic”.

– Esa fue su primera vez en la Antártica. ¿Cómo se gestó ese viaje?

– “Así es, en 1982 viajé con el Dr. Marangunic. Tuvimos la ocurrencia, o más bien él la tuvo, de ir a escalar a la Antártica. Durante el regreso de ese viaje nos conectamos con un grupo de glaciólogos japoneses a quienes acompañé. Yo era el encargado de la logística y me tocó hacer el papel de “sherpa” y conductor de motos de nieve para ellos”.

– Y esa conexión con los japoneses lo llevó al otro lado del mundo. ¿Cómo fue la experiencia de irse a Japón?

– “A la vuelta de esa expedición me dijeron que podía postular a una beca y me fui a hacer un posgrado a la Universidad de Hokkaido, en Sapporo, una de las universidades imperiales de Japón. Terminé haciendo un magíster allá. Fue una época de muchos cambios: me casé, nació mi segunda hija en Japón, y la vida profesional y académica fue un gran desafío. La vida en este nuevo país fue muy entretenida porque tenía que hacer un curso de japonés, pero la práctica real se daba los viernes, donde un profesor me convidaba su botella de alcohol y me invitaba a practicar el vocabulario en la “bohemia” de Sapporo”.

Premio Nobel de la Paz

– Desde aquellos años 80 hasta hoy, ¿cómo ha visto cambiar el hacer ciencia en la Antártica?

– “Creo que desde el Año Geofísico Internacional se provocó realmente un salto en el conocimiento antártico. La época de oro de los grandes exploradores había quedado atrás, y luego vino la Guerra Fría, donde todos los países se volcaron a la Antártica, generando un gran salto geopolítico que coincidió con la firma del Tratado Antártico, donde Chile tiene una posición de liderazgo como uno de los 12 países signatarios originales. Hoy son 29 países consultivos, y otros 29 no consultivos. Grandes países con los cuales es difícil competir, pero el Dr. Marcelo González me recordaba hace poco que a nivel latinoamericano somos líderes en publicaciones”.

– ¿Es verdad que recibió el Premio Nobel de la Paz?

– “Acá la analogía Harry es que la Cruz Roja recibe el Premio Nobel de la Paz, y este humilde servidor participó en el informe del Panel Intergubernamental del Cambio Climático (IPCC) del año 2007. Éramos unos 2 mil científicos ese año, y unos cuatro o cinco chilenos, entre ellos el Dr. Jorge Carrasco y yo,  que colaboramos en ese informe que, al transmitir de manera rotunda que el cambio climático es real, nos hizo merecedores del Premio Nobel de la Paz junto al ex vicepresidente de EE.UU., Al Gore”.

– Con tanto tiempo en el hielo, me imagino que debe tener muchas anécdotas. ¿Nos podría compartir alguna de sus expediciones?

– “Cuando me fui de la Dirección General de Aguas, por la puerta principal. Debo decir que siempre pierdo los lápices, y me encantan los lápices Bic punta gruesa Entonces, me regalaron una caja de 50 lápices de estos y colocaron mensajes de papel en su interior. Justo ayer leía uno de esos mensajes que decía “calma y paciencia”.

“En el año 1982, yo era un joven impetuoso y subestimaba un poco los riesgos. El desafío era subir un cerro por una ruta lógica y rápida: subiendo por la pared sur. En un momento, llegamos a una grieta de nieve muy dura y poco consolidada. Yo iba subiendo rápidamente y, de repente, caí. Quedé colgado boca abajo en una pendiente de 70º de hielo, con la cuerda mordiendo el filo de la grieta.

“El colega que me aseguraba logró detener mi caída. Llegué tembloroso de vuelta a la pared, y le digo: ‘Salvaste mi vida’, y me dijo tras abrazarme: ‘Me tiré hacia el otro lado para salvar la mía’. Ahí cobra todo el sentido esa frase “calma y paciencia””.

El liderazgo del Inach
y la visión de futuro

– Hoy está sentado en la silla de director del Inach. ¿Pensó alguna vez en liderar esta institución?

– “La verdad es que nunca estuvo en mis planes hasta que recibí una llamada de algunos amigos antárticos en concursos anteriores. Postulé estando cómodamente instalado en el Centro de Estudios Científicos en Valdivia, pero no quedé en esa primera instancia. Luego me fui a Santiago, al Ministerio de Obras Públicas, me jubilé, y cuando se abrió nuevamente el concurso por Alta Dirección Pública, volví a postular. Esta vez sí se dieron las cosas. Siempre estuve ligado al Inach de una u otra forma, ya sea representando a Chile en comités internacionales o colaborando, así que fue como un sueño cumplido”.

– Al asumir este rol, ¿cómo visualiza los desafíos que tiene la institución en términos de ciencia, logística e infraestructura?

– “Son desafíos enormes. Somos un país pequeño con presupuestos modestos, pero con un capital humano gigante. Hemos crecido hasta ser una institución de 80 personas, y en verano sumamos unas 20 más. Nuestro principal reto es trabajar de forma conjunta. Tenemos cuatro operadores antárticos estatales (las tres ramas de las Fuerzas Armadas y el Inach), y el desafío es unirnos en pos de un objetivo común.

“Un gran logro reciente es el mandato del Consejo de Política Antártica para organizar y diseñar, junto a las Fuerzas Armadas, una segunda base científica conjunta en la actual base Carvajal de la Fach. Además, tenemos el desafío de integrarnos mejor con el mundo privado (logística, navieras, aerolíneas) y renovar nuestra base principal, Escudero, en la Isla Rey Jorge. Necesitamos una infraestructura moderna, amplia y sustentable; de hecho, estamos desarrollando una planta piloto de hidrógeno verde apoyada por la Unión Europea.

– ¿Qué mensaje le daría a las personas sobre la importancia de la Antártica para nuestro país?

– “Que hacer ciencia en la Antártica es hacer presencia y soberanía, pero también es descubrir un continente que afecta a todo el planeta. Los fenómenos de derretimiento de hielos y el aumento del nivel del mar nos impactan directamente, especialmente aquí en Magallanes. Necesitamos que las nuevas generaciones tomen la posta para continuar investigando y protegiendo el Continente Blanco por el bien del clima global y de nuestra propia supervivencia”.

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