El gran desafío
Chile lleva demasiado tiempo atrapado en una crisis que ha dejado de ser coyuntural. Son más de quince años de bajo crecimiento, fragmentación política, debilitamiento institucional y una creciente incapacidad para alcanzar acuerdos que trasciendan el corto plazo. Mientras el debate público sigue concentrado en la contingencia, el país pierde competitividad, confianza y capacidad de proyectarse.
El problema de fondo no es únicamente económico. Es, sobre todo, institucional y cultural. Hemos ido reemplazando la lógica de los acuerdos por la confrontación permanente; la mirada estratégica por la urgencia electoral; y la construcción de políticas de Estado por decisiones condicionadas al próximo ciclo político. Así, el resultado inevitable es un Estado que pierde eficacia y una ciudadanía que pierde confianza.
Superar este escenario requiere una estrategia nacional que recupere dos activos que alguna vez distinguieron a Chile: instituciones sólidas y capacidad de innovación.
Para ello será indispensable abrir un espacio de reflexión amplio, transversal y libre de las urgencias partidarias. Una suerte de “junta médica” para el país, integrada por personas con experiencia, credibilidad y disposición al diálogo, capaz de diagnosticar con honestidad las causas del estancamiento y proponer un camino de salida. Generar una conversación permanente que convoque al mundo académico, empresarial, social, regional y político.
Las herramientas existen. Un podcast que instale estos debates, una comunidad apoyada en redes sociales o un centro de pensamiento dedicado a formular propuestas concretas podrían influir en la discusión pública y exigir compromisos a quienes aspiran a conducir el país. Lo importante no es el formato, sino la voluntad de construir un espacio donde las ideas prevalezcan sobre las consignas.
No sería la primera vez, el movimiento de Los Federales logró reunir dirigentes de distintas sensibilidades bajo una causa común: la descentralización. En un contexto político igualmente complejo, se entendió que existían objetivos superiores capaces de unir voluntades. Esa experiencia demuestra que las transformaciones relevantes suelen comenzar con pequeños grupos que construyen confianza antes que mayorías.
Pero la reconstrucción institucional debe traducirse en reformas específicas que fortalezcan la autonomía técnica del Estado. El mejor ejemplo sigue siendo el Banco Central. Su independencia, sustentada en una gobernanza profesional y en nombramientos que trascienden los gobiernos de turno, ha permitido entregar estabilidad en uno de los ámbitos más sensibles para el desarrollo del país.
¿Por qué no avanzar en esa misma dirección en otras instituciones estratégicas? El Servicio de Impuestos Internos necesita preservar su credibilidad mediante una conducción eminentemente técnica. El Instituto Nacional de Estadísticas debe garantizar que la información pública permanezca completamente ajena a cualquier presión política. Incluso áreas técnicas del sistema educativo requieren mayor estabilidad para evitar que cada administración reinicie reformas sin continuidad.
La fortaleza de una democracia descansa en la calidad de sus instituciones y en protegerlas del vaivén político. La autonomía no debilita la democracia; por el contrario, la fortalece, al asegurar que decisiones estratégicas respondan al interés general y no a incentivos electorales.
Chile necesita acuerdos que permitan recuperar crecimiento, confianza y cohesión. Las sociedades que progresan son aquellas capaces de discutir sus diferencias sin renunciar a un proyecto común. Ese, probablemente, es el mayor desafío que enfrentamos hoy, antes de que la fragmentación termine por convertirse en nuestra nueva normalidad.




