Inasistencia escolar
La educación pública chilena enfrenta un desafío histórico en su intento por recuperar la normalidad de sus aulas, pero los datos recientes de este año revelan una preocupante paradoja. Mientras el país da señales de mejoría, Magallanes se sumerge en una crisis de ausentismo escolar que no podemos ignorar.
El indicador de inasistencia grave y crítica en Magallanes se ha empinado hasta un alarmante 39,6%, distanciándose drásticamente del promedio nacional de los Servicios Locales de Educación Pública (Slep), que se sitúa en un 29,9%.
Esta brecha de casi diez puntos porcentuales (9,7 para ser exactos) no es una fluctuación menor. Representa una divergencia de trayectorias que exige una profunda reflexión regional y nacional.
Si miramos hacia atrás, en 2024, Magallanes y el promedio del Slep nacionales caminaban de la mano, registrando un 34,7% y un 34,8% de inasistencia grave y crítica., respectivamente. La diferencia era de apenas una décima de punto porcentual. Dos años después, la realidad es diametralmente opuesta: el promedio nacional logró disminuir en 4,9 puntos porcentuales, mientras que Magallanes empeoró exactamente en la misma magnitud, aumentando su inasistencia en 4,9 puntos.
Aunque el año pasado estuvo marcado por paros y movilizaciones que distorsionan el comportamiento habitual del sistema, el contraste directo entre 2024 y 2026 evidencia que la región no logró retornar a su línea de base anterior a dichos conflictos. Por el contrario, la inasistencia grave y crítica se consolidó al alza.
Para dimensionar la gravedad de esta situación, es indispensable comprender qué esconde el frío porcentaje de inasistencia grave y crítica. No estamos hablando de alumnos que faltan en forma ocasional por imprevistos cotidianos. Este indicador agrupa a aquellos estudiantes cuya asistencia es inferior al 85%. En la práctica, esto se traduce en una pérdida masiva de jornadas académicas que deja a los jóvenes fuera de las aulas durante una proporción significativa del año escolar. Esta acumulación de ausencias destruye la continuidad de los aprendizajes, quiebra el ritmo de las actividades curriculares y deteriora el vínculo cotidiano y afectivo con el establecimiento educativo, un lazo que es sumamente difícil de reconstruir una vez que se rompe.
La alarma suena aún más fuerte al desagregar las cifras por niveles. El problema no golpea de forma uniforme y encuentra su punto de máxima vulnerabilidad en la enseñanza media técnico-profesional y en la educación de adultos, donde el ausentismo grave y crítico alcanza un estremecedor 82,5%. Que más de ocho de cada diez estudiantes en estas modalidades estén perdiendo la continuidad de sus estudios es un síntoma de un sistema en riesgo de desconexión total con los sectores que más requieren de la educación como herramienta de movilidad y desarrollo profesional.
Revertir esta tendencia requiere reconocer que el retorno a las aulas tras períodos de movilizaciones no ocurre en forma automática y que se necesitan estrategias enfocadas en resguardar la continuidad educativa antes de que la inasistencia se vuelva una deserción definitiva.




