El negocio del odio
Santiago Bilinkis, creador de contenido al que nos hemos referido en anteriores ocasiones debido a sus interesantes análisis en IA, redes y fenómenos sociales; como buen argentino abordó el fenómeno de odio generalizado que se viralizó en el último Mundial hacia la selección albiceleste. Según Bilinkis, el rechazo en masa tuvo su inicio en la jugada donde Lionel Messi le pega con la suela de su botín a la pantorrilla de un jugador argelino, lo que al ser una falta por atrás debió haber sido sancionado con expulsión. Pero en la práctica no pasó nada y más encima el capitán trasandino fue la figura del partido al registrar un “hat trick” (3 goles). Desde ese momento Argentina fue el blanco de un variado espectro de acusaciones, que iban desde el arreglo del calendario y arbitrajes que le favorecían para adjudicarse el Mundial; hasta reproches racistas al no poseer entre sus filas jugadores afrodescendientes. Pareciera que gran parte del planeta estaba en abierta rebelión ante la idea que los albicelestes siguieran avanzando, pero lo que realmente llamaba la atención era el fondo de odio destilado que repletaba las redes sociales. Esto no sólo se limitaba al “hater” anónimo que desahoga su frustración en un teclado, ya que algunas figuras conocidas también se sumaron a esta tendencia: Mia Khalifa, Rosalía teniendo que disculparse para evitar conflictos comerciales, Samuel L. Jackson aludiendo a lo racial, o Javier Bardem adoptando tendencias políticas contrarias.
Pero, más allá de la intensidad del odio asociado al mensaje o la repercusión efectiva de éste, el que cada vez más personas adopten este rol de “indignados” haters al expresarse, ¿es un fenómeno cuya atribución radica principalmente en los estados de ánimo de las personas que ejercen este poco feliz estilo? Y aquí es donde Bilinkis nos ilumina al argumentarnos que los haters pueden ir más allá del desequilibrio emocional, precaria sanidad mental, incontinencia verbal, impulsividad, mala educación, necesidad de llamar la atención o un deficiente manejo de las frustraciones personales. Odiar se ha convertido en una de las estrategias más lucrativas para monetizar en las redes.
Desde el “idealista” defensor de cualquier dogma valóricamente superior (según él) que se ve en la obligación de maltratar al “hereje” que no comparte su visión del mundo, hasta el burdo resentido que sólo vomita incoherencias insultantes; lo cierto es que en general las interacciones en que se emplea el odio llaman 5 veces más la atención. Aunque oficialmente no se acepta de manera directa por parte de las plataformas, el odio resulta un foco atractivo para mucha gente y, por ende, vende más. Esto se aplica, por ejemplo, a la publicidad y a las apuestas. No es extrañar que en el Mundial más de un 20% de la publicidad consistiera en Casas de Apuestas, con el anexo que las personas tienden a mostrar mayor audacia cuando sobrevienen estos impulsos emocionales ya que la fórmula es simple: ante el miedo las personas tienden a actuar de manera cautelosa, mientras que ante la molestia o el enojo se tienden a tomar peores decisiones, pero curiosamente también a arriesgar más.
Pareciera que en redes sociales muchas personas no buscaran necesariamente algo que les relaje llevándolas a la armonía, si no más bien algo que las active, por ejemplo el enojo, que incluso las lleva a responder e interactuar con el hater de turno en una especie de “colocarlo en su lugar” debido a lo censurable de su actuar según el usuario. Es como si se le “diera una lección”, a ver si aprende a respetar a quien está maltratando, para de paso hacerle sentir mal, excluido, fuera de lugar. El problema es que ese hater ya ha logrado su cometido: llamar la atención de las personas, tanto para ganarse la reprobación y recibir la crítica de algunos, o hacerse merecedor del aplauso e identificación de individuos con la necesidad de pelear o enfrentarse en contra de cualquiera. En ambos casos se puede provocar la interacción y, por ende, sumar cientos, miles o incluso millones de reacciones que les llevan a ganar, en algunos casos, mucho dinero. El creer que los haters van a cambiar debido a lecciones de moral que entregan enojados usuarios resulta ilógico debido a que con ese rechazo se estaría reforzando la conducta odiosa: “me da lo mismo si me apruebas o rechazas, lo que he conseguido es tu atención”. En un interesante experimento, personas que se les privó de contenido odioso en redes durante seis semanas mostraron menor tiempo de permanencia en las mismas, disminuyendo ingresos por publicidad.
Junto con esto, se manipulan sesgos para reforzar los funcionamientos que fomentan la dependencia: si algo aparece de manera reiterada y mucha gente lo comparte, las personas terminan aceptándolo como cierto sin someterlo a razonamiento crítico ni profundizar en los antecedentes, lo que ya se había comprobado hace 100 años en regímenes totalitarios. De esta manera tenemos mucha gente opinando con total propiedad acerca de un tema sin haberlo analizado, influenciados por la seguridad del discurso indignado de alguien que recibieron reiteradamente.
Por eso, la próxima vez que esté en redes sociales, evalúe que tan atractivos resultan para usted los mensajes odiosos. No me refiero a criticarlos o rechazarlos por contenido o forma, si no al tiempo que le dedica a verlos o, incluso, responderles. Lejos de aleccionar o invitar a la reflexión a alguien al que no le interesa en absoluto lo que usted opine de él, le estará ayudando a configurar un algoritmo favorable para sus propósitos comerciales. Como dice el bolero: “odio quiero más que indiferencia, pues el rencor hiere menos que el olvido”.




