Oslo, una ciudad silenciosa vista a través de los ojos de chilenos residentes
- La capital de Noruega ha cobrado notoriedad después de la participación del equipo vikingo en el Mundial de Fútbol 2026. Tres compatriotas nos relatan sobre su experiencia de vivir en este país que es uno de los que goza de mejor calidad de vida en el mundo.
María Pastora Sandoval
Desde Oslo, Noruega
Volar a Noruega desde América implica una necesaria escala en algún gran aeropuerto europeo como Heathrow (Londres), Barajas (Madrid) o Charles de Gaulle (París), entre muchos otros, que son concurridos y estridentes centros de conexión. Llegar a Gardermoen en Oslo significa, inmediatamente, bajar la intensidad.
La capital de este país escandinavo sólo registra 1 millón 500 mil habitantes en su área metropolitana y eso se refleja en un terminal en el que no se ven despegues o aterrizajes constantes. La fila para la revisión por parte de personal de migración es un tranquilo reflejo de la paciencia y la quietud que caracterizan a quienes viven en esas latitudes.
Si bien en las calles del centro de la ciudad circulan muchas personas, el ruido no es estresante, ni siquiera el del tranvía que pareciera que se desliza por el aire. Al entrar a él, directo desde el paradero (sin torniquete o control similar) al interior se encuentra el dispositivo para validar el pasaje, sin revisión alguna, y el silencio reina en todo el viaje, sin personas conversando ni revisando el celular a todo volumen. Los escandinavos valoran extraordinariamente la calma y el respeto por los demás.
Luego de haber estado dominada por siglos por Dinamarca y luego por Suecia, Noruega sufrió la etiqueta de ser una colonia despreciada por parte de ambas potencias. A principios del siglo XX, el país logró su independencia, sufrió la invasión nazi (de la que aún persisten recuerdos dolorosos y notables héroes locales), pero en 1969 su estatus cambió drásticamente luego del descubrimiento de yacimientos de petróleo en sus costas.
Una de las figuras más destacadas en la lucha contra el Tercer Reich es Gunnar Sønsteby, quien circulaba en su bicicleta sigiloso para no llamar la atención, pero lideró los principales sabotajes contra los nazis y es el único en el país condecorado con Cruz de Guerra con tres espadas, la más alta condecoración militar de ese país escandinavo.
En Noruega se calcula que viven 17 mil compatriotas, aunque contabilizando a los hijos de ellos nacidos en ese país, proyectan el número a 20 mil, puesto que ya no registran nuestra nacionalidad. De todos ellos, tres chilenos residentes nos cuentan cómo ven Oslo a través de sus ojos.
Oslo Yes! Influencer que
ya registra 26 años
fuera de Chile
Carlos Soto Galindo es de Concepción y lleva 26 años fuera de Chile: 10 en Islandia y 16 en Noruega. Su canal de YouTube Oslo Yes! y sus respectivas redes sociales, lo han convertido en un referente para los chilenos que quieren conocer o emigrar a la capital de este país escandinavo, y el efecto del Mundial de Fútbol Norteamérica 2026 -donde Noruega tuvo una destacada participación- ha multiplicado los mensajes de compatriotas que lo contactan. “Muchos chilenos han estado escribiendo, gente que viene en camino”, dice.
Su partida fue impulsiva. Conoció a un islandés en Chile, recibió una invitación, y desde que le dijeron que sí hasta que compró el pasaje pasaron un par de días. Se fue sin saber ni cómo se llamaba la capital de Islandia. El grupo que lo convocó -marinos que construían un barco en Talcahuano- desapareció tres meses sin dar noticias. Cuando lo llamaron al hotel para decirle que todo estaba listo, no había vuelta atrás. Viajó con su esposa y su hijo de cuatro años. Hoy ese hijo tiene 30 y tiene una hija de 17, nacida en Islandia. “Ahí comenzó la aventura”, confiesa.
El choque cultural mayor fue en Islandia, no en Oslo. “Islandia es como el campo y Oslo es la ciudad”, señala. Las costumbres son similares, el clima parecido. Lo que más le costó fue el idioma: el islandés es, en esencia, el noruego antiguo, el idioma vikingo que se hablaba hace mil años y que la condición de isla preservó intacto. Para aprenderlo desarrolló su propio método: memorizaba canciones con los textos, primero fonéticamente, luego con el significado. “Cuando entra la canción, ya tengo la fonética al cien por ciento”, explica. Lo aplicó también con el noruego, que le resultó más fácil por la base islandesa.
Durante nueve años sufrió una enfermedad crónica que el sistema noruego atendió con eficiencia total, garantizando su sueldo y buscando alternativas de reinserción laboral. El test vocacional que le hicieron arrojó dos áreas: el servicio con ancianos y la fotografía. Eligió ambas. Trabajó en un hogar de adultos mayores mientras desarrollaba sus redes sociales. Un día, sin explicación médica que lo justificara, la enfermedad remitió. “Para mí es un milagro”, admite. Hoy está pensionado, trabaja en el hogar cuando quiere, y dedica la mayor parte del tiempo a sus redes. El sistema le permite trabajar hasta un 40% sin perder los beneficios.
De Oslo dice que es una ciudad transitable y fácil de aprender: plana, con buen transporte público, donde en pocos días uno puede orientarse bien. Lo que más valora es haber mantenido su acento e identidad. Se lo propuso desde que salió de Chile, habló con su familia y les pidió que lo frenaran si alguna vez volvía hablando diferente. Nunca lo han tenido que frenar. En casa hablan sólo castellano. Y sus hijos, que tienen el noruego como idioma materno y el español como herencia, pueden reírse con los chistes chilenos cuando visitan el país. “No han perdido el idioma. Es algo que me hace sentir orgulloso”, manifiesta.
Una bióloga dividida
entre dos países
Antonieta Labra es bióloga especializada en comunicación animal, con foco en lagartijas. Llegó a Noruega porque conoció a un noruego. Lo que imaginó que sería más fácil -hacer ciencia en un país rico- resultó no serlo: su área, la zoología y la biología básica, no es prioritaria en las universidades noruegas, que se inclinan por la biología molecular y experimental. Durante años estuvo dividida entre ambos países, con proyectos en Chile que la hacían viajar constantemente. Hoy ya no tiene proyectos activos en Chile, va menos, pero mantiene colaboraciones para seguir en el mundo de la herpetología.
El contraste con Chile lo nota en la interacción social. “En Chile no es problemático interaccionar. Acá es muchísimo más complejo”, dice. En el transporte nadie habla. En Chile, cualquier mosca que vuele puede generar una conversación. Aquí no. La gente tiene poco contacto visual, y sin el idioma la barrera es doble. El frío y la oscuridad del invierno explican en parte esa distancia. “Tienes que mirar el suelo porque si hay hielo y no lo miras, te sacas la mugre”. No es una metáfora: es la realidad cotidiana de los meses oscuros.
Visitó Punta Arenas en pleno verano y encontró la ciudad más parecida a Oslo de lo que esperaba -con esa euforia colectiva que aparece cuando llega el sol en latitudes extremas- aunque le sorprendió que todo estuviera enrejado, algo que en Oslo no existe.
Una compatriota con
39 años cultivando lo chileno en Oslo
Juana Elizabeth Ibáñez Cuadra lleva 39 años en Noruega. Es presidenta fundadora de CofoChilex Norge -Confederación de Folcloristas Chilenos en el Exterior- y delegada de CofoChile Internacional, con representación oficial en la Embajada de Cultura. Llegó como muchos: por una razón personal. Se quedó por el futuro de sus hijas, por la educación, por la tranquilidad y la seguridad que el país le ofrecía. Intentó vivir en Chile, pero volvió al país europeo: “Me acostumbré. Extrañé hasta el clima”, dice.
Lo que no esperaba era que la distancia le haría descubrir algo que no había valorado cuando vivía en Chile: el folclore. Se integró a la Casa Cultural Chilena en Oslo y desde ahí creció un amor que la llevó a transmitírselo a sus hijas, a aprender todos los bailes del país de norte a sur incluyendo Isla de Pascua, a presidir el grupo Ayekantün, y finalmente a fundar su propia agrupación. El nombre CofoChilex Norge nació de una búsqueda más amplia: no sólo la danza, sino todo lo que expresa un pueblo. Literatura, deporte, música. “Todo lo que sea la expresión de un pueblo, de todas las maneras que se pueden expresar”, señala.
Después de diez años, intentó volver. “Retorné extrañando a mi Chile querido”, reconoce. Se fue con la ilusión intacta y duró tres años. Algo había cambiado en ella -su forma de pensar, su forma de ver las cosas- y Chile ya no era el mismo espacio que recordaba. Su amor por el país y por su gente siguió igual, pero la vida cotidiana se le había vuelto difícil. Volvió a Noruega. Hoy, 39 años después de haber llegado por primera vez, Oslo es su ciudad.
Tres historias distintas, tres maneras diferentes de haber llegado a la misma ciudad y un solo relato sobre la fiebre del Mundial de Fútbol: Se cerraban las calles centrales para ver los partidos, se instalaban pantallas gigantes y se gritaba cada gol con fuerza vikinga, como también se lamentó la eliminación con sobriedad escandinava. Los recibieron como héroes en el Ayuntamiento de Oslo, la municipalidad, donde se entrega el Premio Nobel de la Paz en una ciudad que recuerda que el lujo no es la opulencia, sino que vivir en uno de los países más desarrollados del mundo remando juntos, como señal de orgullo nacional.




