Necrológicas

– Eliecer Gastón Torres Miranda

– Yolanda Araneda Corona

18 de septiembre de 1810: entre mitos, sofismas y verdades

Lunes 14 de Septiembre del 2026

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Poner la bandera, llenar el refrigerador con carne, chorizos y empanadas, y aperarse de cuanto alcohol y dulces se pueda, no es algo nuevo. Incluso, antes de que se declararan oficialmente las Fiestas Patrias ya se celebraba lo que significaba ser chileno. Los estudiosos del tema siguen debatiendo en torno a quienes fueron los que impulsaron con mayor intensidad la gesta independentista; mientras el populacho se refocila con la juerga y acuña ciertas exageraciones que han terminado por convertirse en semi-verdades.

Acá intentamos aclarar algunas dudas.

La decisión de que el 18 de septiembre fuera la fiesta nacional, no surgió por generación espontánea, sino que fue una decisión del gobierno de Joaquín Prieto, en 1937.

Mito 1: la ciudadanía se volcó al Cabildo Abierto
del 18 de septiembre

Hace más de dos siglos -junio de 1810- , Javiera Carrera escribía a su esposo que era un hecho que el gobernador español García Carrasco no duraba quince días más en el cargo, “pues se iba a hacer un Cabildo Abierto y el resultado era fijo por la libertad con que hablaban sin reparto”. En Cambio, el 26 de agosto de ese mismo año, José Joaquín Rodríguez Zorrilla le comunicaba a su hermano Diego que “la sana y más juiciosa parte de los chilenos, son contra los del proyecto de Junta”. Los dos eran chilenos, vivían en Santiago y compartían amistades, pero tenían una percepción muy distinta de los acontecimientos. Ambos son testimonios -de los miles que se pueden citar- de la división que provocó en Chile la prisión del rey español Fernando VII.

Testigos de los sucesos -que dejaron por escrito sus recuerdos- concuerdan en el clima de división que reinaba en el país en ese momento. Los relatos de José Gregorio Argomedo, Manuel Antonio Talavera y Fray Melchor Martínez hablan de bandos, intrigas y acciones de fuerza en la sociedad criolla. Muchos veían con temor las ideas que propugnaban los más exaltados. En el resto de Chile hubo cabildos que manifestaron su oposición a formar una Junta. En Rancagua, el 3 de agosto de 1810, los vecinos estipularon que no consentirían en “las peligrosas innovaciones y novedades que se han intentado en otros puntos de esta América”.

La organización del Cabildo Abierto del 18 de septiembre da cuenta de la polarización que reinaba y deja entrever que los partidarios de la Junta no contaban con un apoyo mayoritario.

Conforme a la tradición española, se podía convocar a cabildos abiertos para tratar materias importantes que afectaban a los ciudadanos. Participaban los vecinos notables, los capitulares de diversas corporaciones y los representantes de las órdenes religiosas. Su número no era fijo y dependía muchas veces de la convocatoria realizada por el cabildo de la ciudad.

En el caso del famoso Cabildo del 18 de septiembre, sólo se invitó a poco más de cuatrocientas personas y se enviaron esquelas únicamente catorce españoles europeos (a pesar de que su número sobrepasaba los mil).

Del total de asistentes, más de dos tercios pertenecían al bando “juntista”. Y para impedir cualquier reacción del bando realista, se da orden a los oficiales de las tropas que rodeaban el Tribunal del Consulado de impedir el paso a quienes no porten la esquela con la que se ha convocado al Cabildo Abierto; lo que da cuenta de la planificación y la astucia con que procedieron los partidarios de organizar una Junta de Gobierno.

Mito 2: españoles y chilenos se enfrentaron en las batallas de la Independencia

Caracterizar las guerras de la Independencia como un conflicto entre España y Chile -o de españoles contra chilenos- es una idea muy extendida, aunque la realidad fue distinta.

Ser español o chileno no marcaba forzosamente la pertenencia la pertenencia al bando realista o al independentista, y fueron numerosas las familias que debieron sufrir desgarradoras divisiones en su interior, como ocurrió con la familia del propio Conde de la Conquista.

Con su tradicional exageración, Benjamín Vicuña Mackenna suele hablar de “huestes españolas” o “ejércitos españoles” para referirse a las tropas que se batieron contra los patriotas. Para ser precisos, se debería hablar de “tropas realistas”, cuyos jefes eran españoles.

Cuando llega Pareja a Chiloé (enero de 1813), lo hace con unos pocos oficiales y cincuenta soldados. A partir de ese momento, y sirviéndose de los batallones de milicias de Chiloé y Valdivia -sus tropas eran criollas-, comienza a organizar el ejército realista. Desde entonces, las batallas que se desarrollarán en el periodo de la Independencia enfrentarán a bandos compuestos en su mayoría por chilenos. Los españoles constituyeron un número muy limitado.

Al momento del cruce de los Andes del Ejército Libertador, las fuerzas realistas de que disponía Marcó del Pont estaban compuestas por poco más de cuatro mil hombres. De entre ellos, el gobernador sólo confiaba plenamente en el batallón de Talaveras, cuyos soldados eran chilotes (considerados criollos realistas), y en un destacamento de Carabineros, compuesto por soldados españoles y peruanos. Entre ambos no alcanzaban a los 750 hombres. Del resto de sus tropas dudaba, precisamente por su origen local. En el caso de araucanos y pehuenches, estos pueblos también tomaron parte en las guerras de la Independencia, y, al igual que el resto de la sociedad chilena, también se dividieron respecto a los bandos. Algunos caciques apoyaron el bando realista, otros el independentista, y la mayoría alternó sus adhesiones según las circunstancias.

El término “guerra civil” sólo se ha usado para referirse a los sucesos que dividieron y enfrentaron a los patriotas después del Tratado de Lircay (3 de mayo de 1814). Sin embargo, nunca se ha requerido ver que el enfrentamiento entre los ejércitos patriota y realista también lo fue, pues significó una lucha entre hombres que -en su inmensa mayoría- eran hijos de la misma tierra, unidos por la misma sangre.

Mito 3: luego de la Independencia se empieza
a hablar de “chilenos”

El 13 de junio de 1818, Bernardo O’Higgins firmaba un decreto en que se señalaba que, en adelante, los habitantes de esta tierra debían llamarse chilenos, y no españoles. Es probable que este hecho haya colaborado a difundir la errónea idea de que antes de la Independencia, los criollos eran considerados españoles.                                                        

Desde el punto de vista jurídico, Chile era un bien de la corona, y no de España, por lo que difícilmente sus habitantes pudieran ser considerados como españoles. En los inicios de la conquista, los documentos oficiales civiles y eclesiásticos, como también los relatos de los cronistas, hablaban de los españoles para referirse a los no indígenas que habitaban Chile, y estos últimos eran llamados naturales. Cuando el mestizaje racial y cultural se fue consolidando, tal distinción fue variando. Así, se comenzó a hablar de “chilenos” para referirse a los indígenas, de “chilenos españoles” para señalar a los criollos, y simplemente de “españoles” para hablar de los peninsulares que residían en el territorio.

Ya en el siglo 18 empieza a ser normal hablar de “chilenos” para referirse a los criollos.

Incluso, para los primeros criollos nacidos en nuestro territorio, en su inmensa mayoría mestizos, su patria era Chile. Alonso González de Nájera, soldado de Arauco entre 1601 y 1607, nos hace ver que tanto para los criollos como para los indígenas, Chile es su patria. La abundante documentación del periodo colonial confirma un sentimiento de pertenencia de los nacidos en esta lejana provincia.

En un primer momento, el tradicional regionalismo español se traspasa a América Latina. Hay disputas entre aragoneses, castellanos, cordobeses, vascos. Pero con el paso del tiempo, el mestizaje y el desarraigo de la patria primitiva, esos regionalismos pierden razón de ser o, mejor dicho, se vinculan ahora a una nueva realidad geográfica y social.

De este modo, encontramos, por ejemplo, un curioso y trágico testimonio guardado en el Archivo General de Indias. En 1751, a bordo del navío San José, viajan de Valparaíso a Cádiz José Ayala, Juan José Figueroa, Mateo Ormeño. Antonio Carvajal, Ignacio Iglesias, José Saavedra, Manuel Zúñiga y José Aguilera. No se sabe por qué causas murieron durante el viaje. En el libro en que se anotan los difuntos del navío, juntos a sus nombres, se consignó que todos eran “chilenos”.

 

Así ven los inmigrantes el 18 de septiembre…

Mezcla de alegría, curiosidad y sorpresa ante hechos que en su país no se dan. Quedan de manifiesto las diferencias culturales…

Acá les contamos de sus reacciones.

Todo país tiene sus maneras de celebrar ciertas efemérides. Es muy probable que en Chile nos dejemos llevar por lo que la fiesta implica: jolgorio y diversiones; desplazando a un segundo plano lo que se conmemora: un clamor libertario que habría de plasmarse dos años después de aquella Primea Junta de Gobierno.

Los extranjeros radicados en Chile, adhieren a esta celebración -algunos con entusiasmo, otros por inercia-, pero a muchos les sorprende ese patriotismo exacerbado en esta fecha, y que se omite el resto del año.

Hace algún tiempo, Yan Jun Tsung (ciudadano chino residente hace once años en Chile) quedó lelo y pasmado un sorprendido al ver cómo una bandera chilena de plástico hacía las veces de mantel en una fonda.

-“¡Eso jamás se permitiría en un país como China! ¿Te imaginas comiendo sobre la bandera? Eso allá es imposible…es un emblema sagrado”, dice este académico y acupunturista.

Se trata de una de las tantas diferencias que tiene nuestra celebración nacional con la que se acostumbra en su país.

“¡Ni hablar de ponerse a zapatear!” Aunque ha intentado, sin éxito, experimentar con algunos pies de cueca, Yan Jun señala en que en su país tampoco existe esa tradición de que los niños, jóvenes y hasta autoridades practiquen el baile nacional.

“Los chinos somos más bien tímidos. Como que no nos sentimos cómodos expresando nuestro amor por la patria como hacen los chilenos. Además, el país allá es muy grande y ni sabemos como celebran las fiestas en lugares apartados al de mi familia”, comenta. Pero, ya cuando entramos en confianza con él, nos asegura que le encanta la chicha, la ensalada chilena y la empanada.

“Lo que más me gusta de estas Fiestas es que la gente anda de buen ánimo y se puede compartir con la familia y los amigos”, añade.

Fiesta sin límite

Para la brasileña y profesora de fotografía Amira Da Silveira, el mejor descubrimiento que hizo en Chile fue eso de acompañar la comida con una copa de vino.

Esa tradición es una de las que más le gustan desde que llegó, hace cuatro años, al país. Acá vive en un departamento en pleno centro, junto a su esposo y su hija Gabriela.

Admite que la alegría de estas Fiestas Patrias es contagiosa y que la comunidad brasileña se siente totalmente integrada. Eso sí, reconoce que en su país no hay una fiesta parecida a la del 18 de septiembre. Al menos no una que se repita a lo largo del territorio nacional.

“El 7 de septiembre es el día de nuestra independencia, pero sólo se ven desfiles militares. Lo único en común con Chile es que el día es feriado y muchos aprovechan de escapar de la ciudad a las playas”, comenta.

Junto a su familia, suele disfrutar de las fiestas costumbristas del colegio de su hija y de vestirla de algún personaje tradicional. Esta vez, a la niña le tocó representar el baile de la Tirana.

“En Brasil el patriotismo es diferente. Yo gozo del 18 de septiembre y me parece excelente celebrar las costumbres populares del país. Eso sí, es un entusiasmo por la patria, que solo se ve en estos días y no durante el resto del año”.

Con 25 años viviendo en Chile, la uruguaya Alejandra Campeas todavía no puede entender tanta festividad relacionada con esta fecha.

“¿Otra vez asado?  ¿Para llenarse de humo y polvo en las fondas? ¡Auxilio!, nos dice riendo.

Con dos hijos jóvenes, y chilenos, suele reclamarles su entusiasmo delirante por el 18 de septiembre. “Cuando mi hijo mayor, de 17 años, estuvo en Nueva Zelandia para esta fecha, buscó desesperadamente más compatriotas para celebrar las Fiestas Patrias. Claro, no heredó nada de su madre uruguaya”, admite Alejandra.

Y no es que no le guste, es que en Uruguay no hay ningún día relacionado con alguna celebración patriótica. “Todo lo que mueve el 18 es muy lindo y se ve un interesante sentido de la identidad. Me encantaría sentir algo así por mi país”, relata.

Como psicóloga ya ha sacado conclusiones de cómo los chilenos nos comportamos en esta fecha. “La disfrutan a concho porque hay una “autorización pública” de comer y beber con desenfreno, sin importar lo que se invierta en ello. No así en la Navidad, que los angustia un poco”, opina.

“En Chile todo el mundo pone los adornos en sus casas y celebra todo el mes de septiembre, pero en nuestro 4 de julio sólo lo hacemos ese día con los fuegos artificiales”, dice Marta Lydon, quien llegó a Chile hace más de cuatro años desde Dallas, Estados Unidos. “Lo más terrible del 18 pasado fue el día después de los terremotos (tragos)”, sonríe.

Eso sí, confiesa que hay algo que no le gustó al visitar el Parque O’Higgins y el Parque Bicentenario de Vitacura. “Hay una gran brecha entre las diferentes comunidades. Se podía ver cómo la gente sólo quería socializar con su propia clase social. Hubiera preferido una fonda que mostrara una mayor diversidad de personas. El Parque O’Higgins se sintió mucho más accesible y amable a cualquiera”, cuenta.

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