El retorno que dividió a un pueblo: cómo se restituyeron tres ancestros Kawésqar sin conocimiento de sus comunidades
Lucas Ulloa Intveen
El 10 de septiembre de 2026, en el Ayuntamiento de Basilea, el Gobierno del Cantón de Basilea-Ciudad y el Museo de Historia Natural de esa ciudad suiza entregaron oficialmente tres ancestros Kawésqar que habían permanecido más de un siglo en las colecciones de dicho establecimiento. Dos esqueletos y un cráneo emprendieron así el camino de regreso a la Región de Magallanes, de donde fueron sustraídos entre 1909 y 1914. La Fundación Pueblo Kawésqar, que condujo las gestiones ante Suiza, describió la jornada como un hecho histórico: el retorno de personas que llegaron a Europa “separadas de su territorio, de sus familias y de su historia”.
Casi nadie discute que el retorno sea justo. Lo que un sector de las comunidades Kawésqar de Magallanes cuestiona es cómo se llegó a él. Presidentas de grupos indígenas de la región sostienen que un proceso que concierne a todo el pueblo Kawésqar avanzó durante años sin que ellas fueran consultadas ni informadas; que una fundación de derecho privado asumió la interlocución y la recepción de cuerpos que, afirman, pertenecen al pueblo entero y no a un grupo; y que la devolución de los restos, siendo necesaria, no puede confundirse con la reparación de una historia de despojo que sigue abierta.
Este reportaje reconstruye, con los documentos del propio proceso y las voces de las partes, dos cosas que no se habían mostrado en detalle: cómo fueron arrancados estos tres ancestros de su territorio -con nombres, fechas y cartas de quienes los traficaron- y cómo, un siglo después, su regreso terminó dividiendo a sus descendientes.
El despojo de dos cuerpos
La historia del despojo está documentada por los propios hombres que lo cometieron. Las cartas que los “coleccionistas” suizos escribieron hace más de un siglo, conservadas en los archivos del entonces Museum für Völkerkunde de Basilea, son la fuente principal de la investigación de procedencia que el Museo de Historia Natural de Basilea y la Fundación Pueblo Kawésqar reunieron en el Protocolo de Restitución Basilea 2025. Ese documento fue firmado el 10 de junio del año pasado por el presidente de la fundación, Francisco González Álvarez, y el codirector del museo, Basil Thüring, y describe tres trayectorias distintas.
El documento más crudo es una carta de Ludwig Paravicini a Fritz Sarasin, fechada en Punta Arenas el 18 de marzo de 1914. En esa carta -que el propio archivo del museo advierte que contiene terminología colonial y descripciones perturbadoras- Paravicini relata que enviaba a Basilea, en el vapor Kosmos, una caja con dos esqueletos: uno de un hombre y otro de una mujer alacalufes, es decir, Kawésqar.
Según su propio relato, los dos cuerpos habían sido llevados a Punta Arenas seis años antes por un alemán que había presenciado cómo los familiares de ambos los enterraban. Más tarde, cuando supo que estaba solo, ese hombre extrajo los cadáveres de las sepulturas y, en palabras de la carta, los “coció parte por parte en sus propios utensilios de cocina”, con lo que -anota Paravicini- algunas piezas pudieron romperse. El lugar del despojo, precisa la carta, era una bahía de la costa oeste de la isla Santa Inés.
Paravicini compró ambos esqueletos a un bávaro que pedía por ellos la “suma redonda” de 1.000 pesos chilenos; tras varios días de regateo, cerraron el trato en la mitad: 500 pesos. Los restos ingresaron a la colección del Museo de Etnología de Basilea por donación en 1914, registrados con los números de inventario 0070 (el hombre, fallecido entre los 35 y 40 años) y 0071 (la mujer, fallecida alrededor de los 18 años).
La misma carta ofrece un retrato del exterminio en curso. Paravicini escribe que “la completa desaparición de los alacalufes (Kawésqar) de raza pura parece cosa de pocos años”, y atribuye la matanza a balleneros norteamericanos “sin escrúpulos” que habrían actuado “por puro placer de matar”, además del alcohol y la sífilis. De los Selk’nam, habitantes del interior de Tierra del Fuego, dice que eran “perseguidos y masacrados sin miramientos” por estancieros reclutados de todas las nacionalidades, por representar un peligro para los rebaños de ovejas.
Un cráneo de
origen incierto
La tercera pieza tiene una historia más borrosa. Es un cráneo masculino registrado como 0038, documentado en una carta de Arnold Masarey al museo de 1928. Masarey, médico y coleccionista de Basilea, relata que lo obtuvo en 1909 de Nicetas Krziwan, maestro radicado en Punta Arenas, quien lo había recibido del comisario de policía de Tierra del Fuego, que lo había confiscado “con otros bienes robados a un criminal”. Masarey lo describe como una pieza “prehistórica”, presumiblemente de un antiguo conchal, y el Protocolo admite que proviene de “un lugar aún no determinado, presumiblemente en Tierra del Fuego”. De los tres, es el de identificación Kawésqar más incierta, y ese matiz reaparecerá al final de esta historia.
Las dos colecciones fueron transferidas al Museo de Historia Natural de Basilea en 1971 y permanecieron en depósito más de medio siglo. Nadie las reclamó hasta que, en 2024, una estudiante de la Universidad de Basilea, Mariana Märki, identificó su presencia y escribió a la Fundación Pueblo Kawésqar. Ese correo dio origen al proceso que culminaría en Basilea dos años después.
El camino de la fundación
La solicitud formal de restitución no la presentó la fundación, sino el Estado de Chile: el embajador en Suiza, Frank Tressler Zamorano, la remitió al museo el 2 de diciembre de 2024, designando a la Fundación Pueblo Kawésqar como receptora. En mayo de 2025 se firmó el Protocolo, que fijó ocho fases dentro de la Iniciativa Ko Aswál, plataforma de cooperación entre la fundación e instituciones suizas orientada a la memoria y la sanación del trauma colonial. Para preparar el regreso, la fundación -constituida en 2020 como entidad de derecho privado y presidida por su fundador, González- convocó desde octubre de 2025 a un “Equipo de Trabajo de Restitución Kawésqar”, integrado por representantes de “siete núcleos familiares”.
Consultado para este reportaje, González sitúa el origen de ese equipo antes de la restitución. Desde 2023 -explica- la fundación impulsa Ko Aswál, y en esas instancias han participado, según su relato, más de 30 personas Kawésqar de distintas familias y generaciones. Subraya que la restitución no estaba decidida de antemano: “Entre las alternativas consideradas estuvo también la posibilidad de no solicitar su retorno”.
Sobre ese punto, sin embargo, el propio presidente de la fundación entrega la afirmación que define el conflicto. “El Equipo de Trabajo de Restitución no nació de una convocatoria dirigida a presidentes de comunidades ni fue creado como una instancia de representación política del pueblo Kawésqar”, señala. El criterio para participar, dice, “no fue ejercer un cargo dirigencial, sino el interés, la participación sostenida”. Y admite un límite: “Esto tampoco significa que quienes hemos participado en Ko Aswál hablamos por todas las personas Kawésqar. Nunca lo hemos planteado de esa manera”.
Esa es, en palabras de la propia fundación, la grieta del proceso. El equipo que decidió pedir y recibir tres cuerpos humanos no fue -lo reconoce quien lo condujo- una instancia de representación del pueblo Kawésqar ni una convocatoria a sus comunidades. Y, sin embargo, lo restituido no pertenece a un grupo ni a una fundación, sino a un pueblo entero. Sobre esa distancia -entre quién decidió y a quién pertenecen los ancestros- se levanta el cuestionamiento.
Un proceso sin
las comunidades
El pueblo Kawésqar está organizado en 17 comunidades indígenas, cada una con sus autoridades. Ninguna, salvo el entorno del que surgió la fundación, fue convocada. Quien lo explica con mayor claridad es Alfonso Cárcamo, escultor y educador tradicional Kawésqar, fundador de una de las comunidades.
Cárcamo sitúa el origen del problema: la fundación, dice, nació desde una comunidad determinada -Ancón Sin Salida-, y quienes la integran y participaron del proceso son, en lo esencial, hijos y descendientes de ese mismo grupo familiar. De ahí su reproche: una organización surgida de una comunidad se atribuyó, ante las instituciones europeas, la voz de un pueblo compuesto por muchas. A su juicio, el proceso se resolvió “entre cuatro paredes”.
Cárcamo aporta un dato de su propia experiencia: en un viaje anterior de la fundación a Suiza, recibió un llamado de ProChile “porque ellos nos iban a representar como pueblo, con la fundación que hicieron ellos. También estuvieron en Osaka, donde mandaron una carta que nos representaban como pueblo. Yo le pedí que no hicieran eso”. Su explicación del daño se apoya en la lengua: la palabra Kawésqar, dice, remite a “piel y hueso”, y qar -el hueso- no designa solo lo físico, sino “el nervio, el alma, el espíritu”. Manipular esos restos no es mover piezas de museo, sino intervenir algo que toca el equilibrio espiritual del pueblo.
Las presidentas de dos comunidades han llevado ese reproche al plano formal. “A los restos de estos fallecidos se les trató como piezas de museo y no como personas que fueron víctimas de un secuestro”, declaró Leticia Caro Kogler, presidenta de la Comunidad Kawésqar Grupos Familiares Nómades del Mar, que sostiene que el proceso no cumple los estándares del Convenio 169 de la OIT. Margarita Vargas López, presidenta de la Comunidad Indígena Jetarkte, lo describió como “un acto aberrante que se ha hecho a espaldas del pueblo Kawésqar”: “Para nosotros fue un impacto muy doloroso, ya que este tipo de osamentas son colectivas y muchas comunidades no conocían sobre la fundación”.
El 7 de septiembre de 2026 -tres días antes de la ceremonia- ambas presidentas, junto al investigador de la Universidad de Leiden Marcelo Marques Miranda, dirigieron una carta al Comité Permanente de Ética del Consejo Internacional de Museos (ICOM-ETHCOM) y al Museo de Basilea. El documento parte de una aclaración: no se oponen a la restitución. “El retorno de los Ancestros Kawésqar a su Pueblo cuenta con nuestro apoyo y es bienvenido”, escriben. Su objeción es “la transparencia y representatividad del proceso”.
La carta recuerda que la Ley 19.253 establece que las asociaciones indígenas no pueden atribuirse la representación de las comunidades, y que la Fundación Pueblo Kawésqar es una entidad de derecho civil. Su pregunta más filosa va dirigida al museo: si la organización con la que firmó el acuerdo no reivindicaba representación del conjunto del pueblo, ¿sobre qué base estableció que consultarla era suficiente para decidir sobre los ancestros? El reproche se apoya en un hecho: en junio de 2026, la Embajada de Suiza aclaró públicamente que la fundación no se había presentado ante ella como representante político ni vocera oficial del conjunto del pueblo.
La defensa de la fundación
Consultada para este reportaje, la fundación rechaza la premisa del cuestionamiento. González reafirma que nunca se presentó “como representante político exclusivo del pueblo Kawésqar” y sostiene que la exigencia misma parte de un supuesto equivocado: “No vemos razón para exigir al pueblo Kawésqar una estructura de representación única que no corresponde a esa diversidad”. Su defensa descansa en una distinción: la interlocución con el museo “no nació de una supuesta representación política del pueblo, sino de una relación institucional y de trabajo que ya se encontraba en desarrollo”. “Ser interlocutor institucional, formular una solicitud o asumir jurídicamente la recepción de una restitución no significa apropiarse de la representación de un pueblo”, plantea.
El argumento es coherente, pero deja intacto el núcleo del reproche: elude la pregunta que las comunidades sí formulan, esto es, por qué, tratándose de los ancestros de todo un pueblo, no se informó ni se invitó a las demás comunidades antes de decidir. Ni la fundación ni las comunidades discrepan en un hecho: ninguna comunidad, fuera del entorno del que surgió la organización, fue invitada a sumarse antes de que la restitución estuviera resuelta. Difieren en si eso era exigible. Para las comunidades, restituir los ancestros de un pueblo sin convocar a ese pueblo reproduce, con otro rostro, la lógica colonial de decidir sobre los Kawésqar sin los Kawésqar.
Hay un segundo eje que las comunidades insisten en separar del primero: qué se está llamando reparación. La declaración de Nómades del Mar es la más severa: califica el proceso como llevado “con los peores estándares de derechos humanos”, recuerda que se trata de “personas secuestradas” y reclama “garantías de no repetición”. Vargas lo resume: “El regreso de tres ancestros es importante, pero no reemplaza un proceso de reconocimiento y reparación histórica”. La fundación coincide en que la restitución no cierra nada: González sostiene que lo hecho en Basilea “cerró la etapa europea y abrió una nueva etapa en territorio”.
Instituciones, futuro y un círculo que se cierra
El reproche alcanza también a las instituciones. Consultada, la Cancillería definió su rol como de facilitación -”facilitar la comunicación y coordinación entre las partes”-, sin abordar si el Estado verificó la representatividad de la fundación antes de designarla receptora. El Museo de Basilea respondió por escrito a la carta de las comunidades el 9 de septiembre -según relató Miranda en el sitio especializado Restitution Matters- y se comprometió a una investigación interna sobre su debida diligencia. Al cierre de este reportaje seguían pendientes las respuestas de la Conadi y el Ministerio de las Culturas.
Sobre el futuro, la fundación dice haber mantenido abiertas las decisiones de fondo. Los dos ancestros documentados descansarían en la isla Santa Inés; sobre el cráneo 0038, de origen incierto, González afirma haber invitado a las comunidades Yagán de Puerto Williams y Selk’nam de Santiago -”la incertidumbre no autoriza a apropiarse de una historia; obliga a ampliar el diálogo”-, mientras las comunidades Kawésqar que reclaman haber sido excluidas siguen fuera. La fundación anunció jornadas de diálogo en Magallanes durante octubre, “abiertas” y con participación “libre, previa e informada”, y prometió que el descanso definitivo “no se realizará mientras no exista un consenso amplio”. Consultada por este medio, sin embargo, Nómades del Mar adelantó que no participará, lo que anticipa que ese diálogo nacería sin una parte de quienes objetan.
Queda, al final, un dato que la lectura cruzada de los documentos deja a la vista. Si las jornadas lo confirman, los esqueletos 0070 y 0071 descansarán en la isla Santa Inés: el mismo lugar del que, según la carta de Paravicini de 1914, fueron arrancados, hervidos y vendidos por 500 pesos. Ciento doce años después, los cuerpos volverían al punto exacto del despojo. Que ese regreso ocurra es, para todos, un acto de justicia. La disputa es sobre si el camino hasta aquí respetó al pueblo al que pertenecen. Y en ese punto hay un hecho que ni la fundación niega: el equipo que decidió pedir y recibir a los ancestros no fue, en palabras de su propio presidente, una instancia de representación del pueblo Kawésqar ni una convocatoria a sus comunidades. Restituir los cuerpos de un pueblo sin ese pueblo es, para quienes objetan, repetir bajo otra forma la vieja costumbre de decidir sobre los Kawésqar sin los Kawésqar.
La medida de una restitución justa, dicen, no es solo que un ancestro cruce una frontera, sino que el pueblo al que pertenece pueda decidir cómo regresa, cómo se le cuida y cómo se le recuerda. Más de un siglo después, esa decisión sigue pendiente.




