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Reconocido locutor en Magallanes

Las confesiones de Américo Giuliucci Andueza: “Lo más perverso que existe en radio y televisión es la envidia”

Lunes 28 de Septiembre del 2026

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  • Tiene 77 años y llegó a Punta Arenas en enero de 1977, con una chaqueta delgada y desorientado al salir del aeropuerto. Recorrió emisoras de todo Chile antes de quedarse en el extremo sur. Se define como un hombre de radio que pasó por la televisión por circunstancias de la vida.

 

María Pastora Sandoval

 

 

Américo Giuliucci Andueza nació en Hualañé, un pequeño pueblo costero de la provincia de Curicó. A los dos años, su padre -Carlos Giuliucci Zuluaga, funcionario de Impuestos Internos que llegó a ser fiscal de carrera por sus calificaciones- fue trasladado a Santiago. La familia siguió moviéndose: San Antonio fue la siguiente parada, y ahí Américo se quedó hasta su adolescencia. Se siente sanantonino. Su madre se llamaba Paquita Andueza Miranda y era dueña de casa. De sus seis hermanos, todos entraron al Servicio de Impuestos Internos siguiendo los pasos del padre. Todos menos él, “yo era la oveja negra de la familia”, confiesa. “A éste no, porque éste le va a poner ruedas al servicio, por ningún motivo”, decía don Carlos. Américo vendía cosas, hacía dinero ágilmente.

La radio lo encontró a él, no al revés. Su madre lo mandaba a comprar pan a la panadería de la esquina, y como la horneada a veces tardaba, él se quedaba mirando hacia el frente, donde estaba Radio Sargento Aldea. Un día entró a curiosear. Alguien le dijo que pasara, que no tocara nada. Vio la sala de locución, la sala de control, el auditorio con bancos, el piano, el micrófono
No había nadie. Agarró un papel -era el aviso de una boite- y empezó a leerlo al micrófono, solo, sin saber que alguien lo escuchaba desde la sala de control. Cuando terminó, lo llamaron. “¿Te gustaría practicar al micrófono?” Tenía 18 años. “En mi casa no dije nada. Silencio total”, confiesa.

“Gitaneando” por el país

De ahí en adelante, Américo dice que “gitaneó”. Esa es la palabra que usa. Recorrió el país de norte a sur, de radio en radio, siempre con el carnet del Sindicato Nacional de Locutores en el bolsillo -”era terriblemente difícil entrar y permanecer en él”- , siempre buscando el siguiente micrófono. Radio Cooperativa de Antofagasta, Juan Godoy de Copiapó, Caupolicán de Valparaíso, Sargento Aldea de San Antonio, Teniente Serrano de Melipilla, la Ñuble de Chillán, la Millaray de Cañete, Tucapel de Lebu, Agricultura de Temuco, radios de Villarrica, Los Ángeles, Angol
Y en cada ciudad, organizaba campeonatos de fútbol, inventaba programas y/o vendía avisajes. “Yo lo hago, yo lo hago”, era su respuesta ante cualquier propuesta. Cuando ya creía que era suficiente tiempo en alguna ciudad, se iba a otra. Cuando el norte lo aburría, se venía al sur. Pero este constante migrar era sin permiso, él se escapaba. Su padre lo encontró una vez en Copiapó, trabajando en la Radio Juan Godoy. “Afortunadamente tengo amigos en todas partes y donde tú vayas yo voy a saberlo”, le dijo, usando el privilegio de trabajar en una dependencia pública que le permitía conocer a muchas personas en muchos lugares. Era 1969, el año en que el hombre llegó a la Luna, y Américo recuerda que estaba de turno en una radio mirando la luna sin poder creer lo que estaba pasando.

Ya convencido de que lo de Américo era la radio, su progenitor decidió darle una mano, prefirió eso antes que un hijo huidizo. A través de los inspectores y personas que pertenecían al servicio donde trabajaba, comenzó a pedir datos de gente relacionada con el medio y en esa búsqueda lo llegó a conversar con el gerente general de Radio Agricultura: “Te vamos a foguear un poco, te vas a ir a provincia”, cuenta que le dijo el ejecutivo “y ahí me envían a Talca, pero era tan empaquetada la radio, yo quería más bulla”, recuerda,

Luego de mucho itinerar, en enero de 1977 aterrizó por primera vez en Punta Arenas y al salir del aeropuerto no sabía hacia dónde quedaba la ciudad. Un abogado que venía en el mismo vuelo lo llevó en auto hasta el centro y lo dejó directamente en los estudios de Radio Minería, en calle José Nogueira. Venía de Santiago, donde se registraban 30 grados de temperatura, y había traído sólo una chaqueta delgada. El frío fue implacable. Ramón Utz lo recibió: esa misma mañana lo puso al aire luego de haber revisado su carnet de locutor y escuchado la prueba que grabó.

El frío terminó venciéndolo. Aguantó hasta junio. Le dijo al director de la radio que la pensión era insoportablemente helada, que los calentadores funcionaban sólo un par de horas y que tenía que dormir con gorro. Utz hizo lo posible por retenerlo. Pero Américo tenía el pasaje comprado para el día siguiente. “Si quieres volver, te voy a esperar”. Se despidieron y se fue. Recorrió Lebu, Cañete, Temuco, Villarrica, Angol. Hasta que recibió una carta de su exjefe en Punta Arenas. Volvió en 1980 y el director de Radio Minería lo fue a esperar al aeropuerto.

Radio y televisión

En Magallanes trabajó en Radio Minería, luego estuvo en Radio Polar y en Radio Magallanes. Luego de una reconocida carrera en distintas emisoras fue invitado por Lorenzo Marusic a integrarse a ITV Patagonia, pese a que Américo se define como hombre de radio, pero como le ofrecieron ser voz en off, aceptó. Finalmente, las circunstancias lo llevaron a la pantalla. En 2010 dejó el matinal de Polar TV, para aterrizar en el Canal Más TV.

Ciertamente su paso por Radio Polar marcó a fuego su trayectoria, dejando una huella imborrable en la radiotelefonía con su programa matinal que acompañaba a la dueña de casa, “Arriba los cucharones”, a fines de los ochenta e inicios de los 90. Y, como no recordar el espacio que complementaba lo anterior, la hora del Supermercado Listo, donde transmitía en vivo desde la sala del centro comercial de calle 21 de Mayo, entre las 11 y 12 horas.

Cuenta una anécdota de Radio Magallanes en la que recuerda que Hugo Guala, el dueño, nombraba la emisora como CD70 (nomenclatura que designa a la señal distintiva de la concesión radial a la que se le da, por lo general con un nombre de fantasía) en años en los que sólo existía la amplitud modulada (AM). Era un nombre poco amigable para una emisora. Américo estaba tomándose un trago en el bar del Hotel Cabo de Hornos cuando vio el posavasos: tenía dibujado un velero. La imagen le habló directo. Hernando de Magallanes llegó en un velero. Le propuso el nombre y el logo a Guala. Quedó. “Radio Magallanes” con el clásico logo de muchos años.

Con 77 años y décadas de oficio, Américo tiene una opinión clara sobre el medio: “Lo más perverso que existe en radio y televisión es la envidia”. Lamenta que cuando uno cae, el otro celebra y también que cada vez son más los amigos que ya no están, como Jaime Gali, Humberto Leiva…

Tiene dos hijos: Valeria, abogada de la Corte de Apelaciones, y Stefano, preparador físico experto en artes marciales, por lo que dice que “salió bueno para los combos”, bromea. Hoy Américo sale poco de su casa. Pero cuando lo hace, la calle lo reconoce: lo saludan conocidos, lo saludan desconocidos, gente que lo escuchó en la radio o lo vio en la pantalla sin saber su nombre pero que siente que lo conoce. El mismo que llegó en enero de 1977 sin saber dónde quedaba Punta Arenas, después de haber recorrido Chile, contrariamente a su ímpetu “gitano”, lleva 43 años habitando la ciudad que hizo suya y siendo una voz reconocida en la radiotelefonía local.

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