¡Fuerza Fernando!
Fernando Solabarrieta se ha convertido en una de las figuras más destacadas del periodismo deportivo nacional debido a su extensa trayectoria desde los 90s y su gran profesionalismo, lo que le ha valido quedar en el inconsciente colectivo de nuestra cultura al colocarle voz y alma a acontecimientos deportivos que se recuerdan a lo largo de los años. Ha logrado el difícil arte de provocar la fibra emocional a través del lenguaje, con dosis justas de estudio e inspiración que han fluido para quedar simbióticamente integradas al acontecimiento elegido por la historia. No hay un 2004 sin el oro de Atenas, sin Massu ni González y sin el llanto de Solabarrieta.
En nuestra tierra a Fernando se le valora además por ser un permanente embajador de la cultura magallánica. Desde su actitud permanente de mostrar al mundo nuestra identidad austral hasta citar de manera frecuente sus raíces natalinas, se extraña el tiempo en que asumió por años un rol de protagonismo en nuestras “Jornadas por la Rehabilitación en Magallanes”. Su historia profesional llena de logros se ha vestido con los colores y las estrellas de una bandera que todo el tiempo se deja llevar por el frío viento patagónico.
Pero desde hace años la aparente perfección en el estilo de vida que se ha ganado gracias a su trabajo se ha venido resquebrajando. Desde lo incipiente de las primeras dificultades hasta las crisis que le han expuesto ante una opinión pública en que, desgraciadamente, hay una audiencia dispuesta a “todo”. Fernando ha admitido, de manera abierta y sincera, su adicción en un ejercicio motivado por la necesaria catarsis para avanzar en un tortuoso y complejo camino donde parecía fácil ingresar, pero muy complejo abandonar de manera definitiva.
A lo largo de los años hemos visto reinvenciones, nuevos comienzos y expresiones a corazón abierto de un hombre que ha tenido el valor de enfrentar una y otra vez sus demonios internos, esos que todos llevamos dentro y que hacen de la vida un desafío que merece valorarse. En reiteradas ocasiones parecía haber logrado la ansiada libertad ante estos impulsos autodestructivos, pero cada recaída lo dejaba nuevamente en casillas más postreras.
A diferencia de la mayoría de las personas, las figuras públicas se encuentran sometidas al estrés permanente debido a la exposición mediática. En este caso, como periodista en un área tan masiva como lo deportivo, para posteriormente involucrarse con el morbo de la farándula y, por si fuera poco, asumir recientemente la conducción de un polémico programa político. Tres áreas de gran exposición ante audiencias masivas que cada vez parecieran presentar menor calidad de salud mental y mayor necesidad de fagocitar lo que se les presente por delante. Más allá que algunos evalúen la valentía de Fernando al asumir estos desafíos (el Reality y “Sin Filtros”), mientras otros lo juzguen negativamente por “meterse en las patas de los caballos”; creo que su desempeño en ambos desafíos fue bastante satisfactorio, especialmente por mantener su autenticidad y reiterar su profesionalismo.
El oriundo de Puerto Natales una vez más intentará una nueva terapia, un nuevo retiro de la contingencia para volver a encontrarse con ese ser humano que, como lo ha reiterado emocionadamente, vuelve a defraudar a los suyos. Exponer su caso mediáticamente puede representar un gran valor para muchas personas que atraviesan procesos similares, atrapados por la inercia e indefensión de intentar algo que pareciera estar más allá de sus capacidades. Reconocer el dolor en las expresiones de quien pareciera tenerlo todo en la vida para ser feliz, puede servir para que muchas personas valoren el autocuidado y la cautela ante consumos que en un principio ofrecen el espejismo inofensivo de un control total, para con el tiempo hipotecar hasta lo más preciado que se ha logrado conseguir.
Una de las declaraciones que llama la atención de Fernando es: “nunca me he sentido lo suficiente”. Este núcleo ansioso merece especial atención en su trabajo personal ya que cada vez es más frecuente en las personas, especialmente de su generación. Cada uno de nosotros se debe a sí mismo y a sus cercanos, pues se debe tener mucho cuidado de querer agradar a una opinión pública donde, cada vez más aumentan grupos vociferantes e irracionales que destilan odio en contra de cualquier blanco en su horizonte. Ojalá que este descendiente de vascos porfíe en recuperar su confianza y evalúe que mucha gente le aprecia y valora, pues antes que el profesional, hay un gran ser humano que merece ser feliz. Mucha suerte Fernando.




