La película “El secreto de sus ojos” y una historia personal (1ª parte)
En la primera escena de “El secreto de sus ojos” (Argentina, 2009, Dir. Juan José Campanella, Óscar a la Mejor Película Extranjera) se ve a un jubilado del Poder Judicial argentino escribir una novela en relación al caso que marcó su carrera funcionaria y que es la trama principal de la película; la escena se sitúa en 1999 (ello se deduce indirectamente de otros pasajes del film) y transcurre en Buenos Aires, Argentina.
Buenos Aires es “Mi Buenos Aires Querido”, “La Ciudad de la Furia” con música de Piazzolla, aunque éste haya nacido en Mar del Plata, porque su música no es tango ni jazz, es “Música de Buenos Aires”, de donde es mi equipo argentino favorito: Racing de Avellaneda, “La Academia” ¿y por qué le dicen “La Academia”? Y…porque le enseñamos al resto como se juega al fútbol. Siempre me gustó Racing, recuerdo que ya a los seis años, en 1966 me gustaba, los tiempos de “El Equipo de José” por José Pizzutti el entrenador, que ganó la Copa Libertadores, la Intercontinental, fue el Primer Campeón Mundial: “Coco” Basile, “Mariscal” Perfumo, “Panadero” Díaz, “Chango” Cárdenas, entre otros.
Siempre quise ir a Buenos Aires, sería por los tangos que escuchaba mi papá, por los escritores argentinos presentes en su biblioteca, por las imágenes de la revista Billiken, o por unos folletos de la Secretaría de Turismo que había en casa. A temprana edad supe del Obelisco, del Edificio Kavanagh, de la Nueve de Julio, la Casa Rosada y en la radio escuchaba que “Un día de paseo en Santa Fe, no le hace mal a nadie ya lo sé…” y el “Polaco” Goyeneche susurraba que “Las tardecitas de Buenos Aires tienen ese qué sé yo, ¿viste? / Salís de tu casa por Arenales / Lo de siempre en la calle y en vos…”.
Y el cine me mostró a Buenos Aires “del nido de un gorrión…” y en movimiento: con Sandro cantando “Ave de Paso” en el embarcadero de Tigre, cerca de Buenos Aires, en esa icónica escena de la película “Muchacho”. También “El extraño del pelo largo” con Litto Nebbia, en las del “Gordo” Porcel con Alberto Olmedo, pero la que más me quedó en la memoria fue una que vimos con mi Papá en la matinée del Cine Gran Palace acá en Punta Arenas: “En una playa junto al mar” con Evangelina Salazar y Donald (el del “Verano naranja”) rodada en Buenos Aires y Mar del Plata.
Finalmente, en enero de 1987 fuimos con mis padres a Buenos Aires, salimos desde Río Gallegos en un vuelo nocturno de Aerolíneas Argentinas con arribo estimado a las siete de la mañana. Nos alojamos en un hotelito de Avenida de Mayo casi al frente al Palacio Barolo, ese edificio inspirado en “La Divina Comedia” y que tiene un gemelo: El “Palacio Salvo” en Montevideo, ambas obras del arquitecto italiano Mario Palanti.
Fueron diez días inolvidables con “los viejos” en plena “Primavera Alfonsinista”, el aire fresco después de la dictadura. En pleno apogeo del “rock latino” nos encontramos con una ciudad amable, de gente amable y -al menos en mi caso- el cine había hecho lo suyo: llegaba a una ciudad que ya conocía, pero en la que nunca había estado. Hicimos muchas cosas, a propósito de cine fuimos a ver “Alsino y el Cóndor” de Miguel Littin que estaba prohibido en Chile. Ahora que me acuerdo de eso, pienso en Victoria Ocampo después de haber leído su artículo “Manhattan a vela”, donde cuenta que tuvo que salir de un cine para el apagón del 9 de noviembre de 1965, que dejó sin luz a varias ciudades de Estados Unidos. Eran las 17,27 horas y afuera caía la noche del invierno neoyorquino, quizá no hubo diferencia entre la oscuridad de la sala y el exterior. Victoria pasó de espectadora a protagonista de un angustiante film que duró casi veinticuatro horas en una ciudad que no era la suya, ejemplo de modernidad y vulnerabilidad a la vez. Y al pensar en Victoria, me pregunto qué hubiéramos hecho si se hubiera cortado la energía eléctrica en la mitad de “Alsino y el cóndor”, de cómo nos habría tratado Buenos Aires y ni siquiera me preocupo al pensar en esa posibilidad.
Continuará…




