Repara mi casa que amenaza ruina
Vivimos tiempos en que la violencia y sus secuelas nos rodean por todos lados: la violencia de guerras absurdas y el dolor de las víctimas; la violencia contra la creación y el drama de la crisis ecológica y el cambio climático; la violencia de la delincuencia y el miedo con que vive la gente sencilla, honesta y trabajadora; la violencia de los corruptos que destruyen la fe pública; la violencia de palabras y tratos agresivos que generan la desconfianza con que muchos miran a los demás. La lista sería larga al mirar las familias, el sistema escolar, las injusticias laborales, etc.
Cuando es mucho lo que destruye la confianza y la alegría de vivir, necesitamos volver la mirada a los mejores testigos de la raza humana para que nos ayuden a ver las cosas con otros ojos, con los ojos de la fe, de la esperanza y del amor. Por eso, quiero hablarles de un hombre que perdura en el tiempo como uno de esos fuegos que brillan, animando la esperanza de todas las personas.
Resulta que hoy, 4 de octubre, se celebra la fiesta de san Francisco de Asís, ese hombre maravilloso que vivió en Italia hace ochocientos años. Su vida y su testimonio son muy actuales, pues Francisco supo vivir las contradicciones de su tiempo, afrontándolas con fortaleza, audacia y confianza; pero, al mismo tiempo, vivió con mirada de futuro, mostrando lo único que tiene valor en la vida: ser buenos. Tal cual, y no se trata de ningún “buenismo”, sino que su vida es un testimonio de que hacer el bien es un combate arduo y laborioso, pero es lo único que deja frutos.
La vida de Francisco está atravesada por paradojas. Nació en cuna de terciopelo, pero eligió vivir pobremente, junto a los pobres de su tiempo. Buscó vivir con bajo perfil para hacer el bien a los más sufridos de este mundo, pero ya en vida -y hasta hoy- era admirado por multitudes. Fue un hombre sencillo y pacífico, pero sufrió el rechazo y hasta la violencia de algunos de sus más cercanos. Fue un hombre lleno de amor por la naturaleza creada por Dios, siendo un ecologista antes de que se inventara esa palabra. Cuando estaba por morir, y todos querían venerarlo en vida, pidió que lo pusieran desnudo sobre la tierra de su amada ciudad, porque se consideraba un miserable pecador.
Todo comenzó cuando Francisco, con juveniles sueños de grandeza, partió a la guerra a conquistar honores, pero cayó prisionero. Al ser liberado, volvió a Asís y comenzó un lento proceso espiritual en el que fue abandonando su estilo de vida superficial y mundano, y encontrándose con el Señor Jesús. Un día lo abordó un leproso al que, junto con darle una limosna, le dio un beso de paz; para Francisco fue besar a Cristo sufriente. Luego, orando en la capilla de San Damián, Francisco escuchó que en su corazón el Señor Jesús le decía: “Repara mi casa que amenaza ruina”. Empezó a reparar esa capilla, pero se dio cuenta de que el mensaje era mayor: había que reparar la Iglesia y la sociedad atrapadas por la búsqueda de poder y riquezas; había que reparar la Casa Común -la naturaleza- que era destruida por muchos; había que reparar la paz en un mundo violento; había que reparar la dignidad de las personas -el verdadero templo donde Dios habita-, destruida por el egoísmo y la injusticia; por sobre todo, había que reparar el corazón humano con el amor de Dios para vivir como hijos de Dios y hermanos unos de otros. De esa manera, Francisco de Asís llegó a ser para muchos -en el mundo entero- una imagen viviente del Señor Jesús y su Evangelio.
Hay una oración escrita por san Francisco de Asís que, si usted es creyente, le invito a leerla y hacerla suya para -con la gracia de Dios- vivir así; si usted no es creyente, le invito a leerla desde lo mejor de su conciencia para vivir de ese modo.
“Señor, haz de mí un instrumento de tu paz.
Que donde hay odio, yo ponga el amor.
Que donde hay ofensa, yo ponga el perdón.
Que donde hay discordia, yo ponga la unión.
Que donde hay error, yo ponga la verdad.
Que donde hay duda, yo ponga la fe.
Que donde hay desesperación, yo ponga la esperanza.
Que donde hay tinieblas, yo ponga la luz.
Que donde hay tristeza, yo ponga la alegría.
Maestro, que yo no busque tanto ser consolado, sino consolar, ser comprendido, sino comprender,
ser amado, sino amar.
Porque dando se recibe, olvidando se encuentra, perdonando, se es perdonado, muriendo, se resucita a la vida eterna”.




