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Educación urgencia nacional

Por Diego Benavente Viernes 23 de Octubre del 2026

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Hay problemas que en Chile tienen una curiosa capacidad de sobrevivir a gobiernos, reformas, comisiones y discursos. La educación es, probablemente, uno de ellos. Cada cierto tiempo aparece una nueva prueba, un nuevo informe o un nuevo ranking que nos recuerda lo que ya sabemos: nuestros niños y jóvenes no están aprendiendo lo que necesitan para desenvolverse en el mundo que les tocará vivir.

Los resultados de PISA 2025 volvieron a encender las alarmas. En Chile, el rendimiento cayó respecto de 2022 en Matemática y Lectura, mientras Ciencias se mantuvo prácticamente estable. En Lectura, apenas un 62% de los estudiantes alcanzó el nivel mínimo de desempeño, frente al 69% promedio de la OCDE. Además, tanto en Lectura como en Matemática los resultados de 2025 son significativamente inferiores a los de 2015.

¿Y qué hacemos? Lo de siempre. Nos escandalizamos. Se suceden las declaraciones. Expertos explican las cifras. Los políticos descubren, una vez más, que la educación es “la prioridad”. Los medios le dedican algunos días de atención. Y después, como tantas veces, el tema desaparece de la conversación pública hasta que llegue el próximo resultado que vuelva a mostrarnos el mismo problema. Cuándo no. Es como si frente a un incendio que todos pueden ver, nadie se decide a apagar.

Como lo expresa Valentina Wagenreld, la comprensión lectora es un buen punto de partida. Cuando un niño no comprende lo que lee, el problema no queda encerrado en Lenguaje. Se traslada a Matemática, Ciencias, Historia y, finalmente, a toda su trayectoria educativa. Y el costo de llegar tarde es enorme. Una dificultad que no se detecta y aborda oportunamente se transforma en rezago; el rezago se acumula y las brechas se profundizan. Lo que comenzó como una dificultad para comprender un texto puede terminar limitando las oportunidades de toda una vida.

La educación es uno de los principales activos de Chile. No hay crecimiento, movilidad social, innovación ni desarrollo sostenible posible sin una educación capaz de entregar conocimientos y herramientas para enfrentar un mundo cada vez más exigente. La educación requiere continuidad, persistencia y una política de Estado.

Entonces cabe preguntarse si algún liderazgo político, en algún momento de nuestra vida republicana, tendrá la capacidad de convertir este problema en una verdadera prioridad nacional. No para anunciar otra gran reforma, sino para sostener durante años una política que ponga los aprendizajes en el centro, que enfrente las brechas desde los primeros años, que fortalezca a profesores y directores y que tenga la voluntad de evaluar qué funciona y qué no.

Porque quizás el verdadero problema de la educación chilena no sea que no sepamos lo que hay que hacer. Tal vez el problema sea que nunca hemos tenido la suficiente decisión para dejar los ideologismos de lado y a lo menos, en lo básico, en lo que si se está de acuerdo, hacerlo juntos durante el tiempo que sea necesario.

O seguiremos entonces celebrando cada pequeño avance y lamentando cada nuevo retroceso. Hasta que llegue el próximo PISA, el próximo Simce y la próxima alarma. Y volveremos a descubrir, sorprendidos, que el incendio sigue ahí.

La pregunta no es si Chile tiene un problema educativo. Eso ya lo sabemos. La pregunta es cuánto tiempo más estamos dispuestos a demorarnos en actuar.

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