A propósito de la amistad con Dios
A propósito de la inteligencia artificial, hace unas semanas alguien me contó de la relación que tenía con su “chatbot”, relación que él calificaba de “amistad” con un compañero permanente, y comenzaba cada mañana con un cálido saludo y seguía con diversas conversaciones durante el día. Me preguntó si yo tenía algún amigo que sea una compañía permanente. Le respondí que sí, y que ese amigo era Dios. Me dijo sorprendido, “pero me refiero a un amigo, no a Dios”.
Ciertamente me impresiona que alguien diga que su amigo es una máquina, me sobrecoge la soledad relacional que hay detrás de eso. Recordé lo que dice el filósofo Byung-Chul Han: el gran peligro no es que las máquinas piensen como los humanos, sino que los humanos pensemos y vivamos como máquinas; las máquinas no pueden amar, no saben lo que significa sufrir, pueden reproducir emociones, pero nunca experimentarlas.
Esa conversación también me hizo pensar que, a pesar que el Señor Jesús nos llama sus amigos (“a ustedes los llamo amigos, porque les he dado a conocer todo lo que me ha dicho mi Padre” Jn 15,15), no es muy habitual que las personas creyentes hablemos de Dios como de nuestro Amigo, tendemos a usar otras expresiones. Quizás pensamos que quiénes somos nosotros para que Dios desee nuestra amistad. Quizás aceptamos que el Señor Jesús nos llame sus amigos, pero la cuestión es si nosotros lo consideramos nuestro Amigo.
Entonces, voy a hablar de algunos aspectos de la relación con mi Amigo, el Señor Jesús, ese Amigo que nunca falla, ese Amigo que es el fiel retrato de lo que dice la Biblia: “un amigo fiel es un refugio seguro, el que lo encuentra ha encontrado un tesoro” (Eclo 6,14).
Todos tenemos experiencia que la amistad acontece y crece en la gratuidad y la admiración, en diálogos y tiempos compartidos que profundizan la relación. Todo eso acontece en la amistad con el Señor Jesús, pero todo comienza con la gratuidad, porque no hay amistad verdadera cuando hay relaciones interesadas.
Para algunas personas, la dificultad para vivir esta amistad es que reducen a Dios a una idea, a una “creencia” o a una difusa energía espiritual. Pero Dios no es un concepto, es Alguien vivo y presente. La Biblia dice “Dios es amor”, y por eso la fe no consiste en adherir a una teoría, sino entrar en relación con Alguien que ofrece su amistad en una relación personal y recíproca, como un Amigo que no falla ni abandona, un Amigo que entrega confianza y se hace confidente. Esta amistad con Dios no es algo ilusorio ni es privilegio de algunos, sino que es una relación concreta y posible para toda persona que se abre con sencillez a la fe y dialoga con el Señor Jesús. Cuando alguien da el primer paso de acercarse a Él, cumple su promesa: “el que busca encuentra, y al que llama se le abre”.
Algo que hemos vivido todas las personas que acogen a Dios como Amigo es que no hay nada más transformador que el encuentro con Él. Quien se encuentra con el Señor Jesús no sólo cree algo nuevo, sino que comienza a vivir de un modo nuevo, descubriendo su identidad más honda -es decir, quién soy yo para mi Amigo- y aprende del Amigo a mirar a los demás y la realidad con ojos nuevos. El Amigo es una fuerza transformadora que no se cansa de nadie. Es un Amor que no depende de los vaivenes de la sicología de cada persona y que, pase lo que pase, está allí, sosteniendo y animando a caminar con Él. Es una amistad que sostiene de modo silencioso pero eficaz todas las dimensiones de la vida, y es una experiencia especialmente fuerte en momentos difíciles, en la adversidad y el sufrimiento, y no porque desaparezcan los problemas, sino porque cambia el puntal que sostiene la vida, como dice el salmo: “aunque atraviese por oscuras quebradas, nada temo, porque Tú estás junto a mí”.
Es una amistad que, como todas, hay que cultivar. Necesita tiempo de calidad para orar, es decir, para dialogar como se hace con el mejor amigo en una conversación sincera. Tiempo de calidad para hacer silencio, para escuchar y acoger su Palabra buscando su consejo. Tiempo de calidad en que no se trata de llenarse de “prácticas religiosas”, sino de abrir el corazón, de escuchar y hablar con sinceridad.
El Señor Jesús no es un amigo más entre otros, no es Alguien añadido a la vida, sino que en la amistad con Él se manifiesta como el fundamento más hondo de la vida. Se trata, solamente, de estar disponibles para acoger al que se ofrece como Amigo y busca nuestra amistad.




