¿Así aprenderás?
Por combinaciones algorítmicas me llegó la semana pasada el reel de una escena, parte del primer capítulo de la serie coreana “Así aprenderás” recientemente estrenada en Netflix. La temática resulta muy interesante ya que trata, de manera ágil, directa e incluso con algo de humor negro, el abuso escolar ejercido por algunos matones ante compañeros que presentan mayor vulnerabilidad. El maltrato consistía en humillaciones y castigos físicos por parte de una casta miserable en su actuar, pero privilegiada al no enfrentar sanción alguna debido a que profesores y alumnos se encontraban atemorizados ante el poder político que ostentaban los padres de los victimarios, lo que no tarda en traer trágicas consecuencias. En ese momento aparece un personaje que “viene a colocar las cosas en su lugar”, enfrentando a los abusadores “en su propia ley”.
A diferencia de tantos guiones de películas o series en que un estudiante o un profesor solitario viene a defender a los oprimidos con métodos fuera de lo permitido legalmente, lo que le convierte en un “rebelde” heroico y valiente que va más allá de lo permitido para proteger a los desvalidos, el funcionado de esta OPD (Oficina de Protección de Derechos) contaba con el respaldo del Ministerio de Educación para ejercer, incluso, castigo físico y humillaciones hacia desafiantes adolescentes que se empeñaban en desobedecer o, peor aún, abusar de sus pares que no les podían responder. Como muchos matones, acostumbrados a no enfrentar resistencias en ambientes donde prima el miedo, al ver que sus influencias resultaban insuficientes para seguir dominando antojadizamente a los demás, recurrieron a la repetida fórmula de mutación desde victimario a víctima. Al recibir una dosis de lo que ellos repartían generosamente, reclamaron por sus derechos y exigían sanciones ejemplificadoras para quien osaba devolverles en parte el sufrimiento que tanto les divertía provocar en los demás. Llegaré hasta acá con el relato, pues el que pensé sería el argumento de toda la serie, fue desarrollado en el primer capítulo de manera dinámica, provocando especialmente variadas reacciones emocionales en el espectador. Resulta interesante analizar la manipulación del sistema, la indiferencia ante el dolor ajeno, la inoperancia de quienes deberían proteger a los más débiles o la miseria de unos pocos al divertirse provocándoles daño a sus semejantes. Ignoro como seguirá el resto de la serie, pero el primer capítulo resulta altamente recomendable.
En 1651 Thomas Hobbes escribía “Leviatán”, en que presentaba la idea de un Estado que asumía el poder de la fuerza a fin de propiciar la convivencia entre las personas. La naturaleza humana por sí misma no resultaba suficiente para armonizar la vida en sociedad, por lo que el monopolio de la coerción debía ser ejercido por una estructura superior que posibilite el desarrollo de la sociedad. A este soberano absoluto, Leviatán, se le entrega parte de la libertad de cada ciudadano para lograr el llamado “contrato social”, que posibilitará orden, protección y seguridad. Frases tan repetidas como “la libertad de uno llega hasta donde pasa a llevar la libertad de los demás”, debían colocarse en práctica gracias a un complejo sistema de leyes que reflejen, se supone, el tan manoseado y complejo concepto de “justicia”.
Pero, ¿qué pasa cuando el Estado no es capaz de proteger a los ciudadanos?, ¿qué sucede cuando la naturaleza humana no comulga con el derecho a la seguridad y dignidad de las personas? A diferencia de las películas y los héroes que veíamos cuando niños, con el tiempo los individuos van reemplazando el idealismo en su percepción del mundo, por el pragmatismo de conductas ejercidas por personas reales, especialmente de quienes presentan dinámicas relacionales individualistas, escasamente empáticas e incluso violentas y peligrosas hacia los demás. En las películas siempre ganaban los buenos porque hacían lo correcto; pero en la vida real muchas veces ganan los malos, a veces porque los sistemas son inoperantes, insuficientes o incluso corruptos; y en otras ocasiones porque manipulan las condiciones y sacan provecho de aquello que el sistema inicialmente propuso para proteger a los que finalmente termina perjudicando.
En estos días hemos sido testigos de la terrible muerte de Alejandro, un niño de 12 años que venía de celebrar el Día del Padre junto a su familia. Un grupo de delincuentes, todos muy jóvenes, incluso algunos menores de edad aún, lo arrastraron por varios kilómetros al quedar atrapado con el cinturón de seguridad en el auto que los antisociales robaron a su familia después de amenazarlos violentamente. No hubo compasión ni la más mínima empatía por parte de esta banda que esa fatídica noche hacía de las suyas en un tour delictual donde ya contaban con víctimas asaltadas e incluso fracturadas. Una vez más nos llenaremos de “expertos” esgrimiendo lo multifactorial del fenómeno, los factores psicosociales, la necesidad de la educación y un largo etc. que cada cierto tiempo se recicla para que todo siga igual. Si bien estos aspectos son ciertos, pareciera que a este Leviatán le resulta imposible conciliar la formación con una mayor disciplina, donde hasta revisar una mochila resultaría un atropello a los derechos de los individuos, mientras esperamos que el destino no toque nuestra puerta para que alguien cercano se convierta en el próximo Alejandro. Parece que estos justicieros que necesitamos, respaldados por el Sistema para defender a los más vulnerables y ejerciendo la fuerza de manera virtuosa para darles a los abusadores lo que merecen, solo se ven en las series.




