Pantaleón y las visitadoras: una historia cuyo protagonista original fue un magallánico
En 1973, el escritor peruano y Premio Nobel de Literatura, Mario Vargas Llosa, publicó su célebre novela “Pantaleón y las visitadoras”, según comentarios “inspirada en experiencias reales que el autor investigó en la Amazonía peruana.
La novela, fue adaptada al cine en dos ocasiones: en el año 1976 por el propio Vargas Llosa y en 1999, por el peruano Francisco Lombardi.
Quienes han investigado la verdadera historia, entre ellos, Diego Escobedo, periodista, historiador y escritor chileno, llegaron a la conclusión que los hechos no ocurrieron en la selva peruana, sino que fueron acontecimientos protagonizados en la ciudad de Tacna, en el mes de septiembre de 1920, cuando era ocupada por Chile y el personaje bautizado como “Pantaleón Pantoja”, fue nada mas y nada menos que un magallánico de tomo y lomo.
Allí se produjo un episodio que fue llamado “La Guerra de Don Ladislao”, el cual realmente no fue un conflicto bélico propiamente tal.
Ante el temor de un nuevo conflicto con Perú, Chile movilizó 10 mil soldados de sus fuerzas militares a Tacna.
Esta situación produjo un problema no previsto y que afectaba a una “debilidad” de los chilenos. Los militares habían dejado atrás el frío agosto santiaguino y fueron recibidos por el primaveral septiembre nortino.
Esa situación, sumada a la soledad y a la lejanía de sus hogares, hizo que los chilenos se pusieran “demasiado cariñosos” con las mujeres peruanas, derivando a un sinnúmero de infidelidades, enfermedades de transmisión sexual y embarazos no planificados.
Había que solucionar en forma urgente este problema y fue entonces que el Ejército de Chile le encargó al comandante en jefe de la Primera División, coronel Luis Cabrera Negrete, la misión de organizar una cadena de prostíbulos para la Primera División Movilizada, idea que fue sacada del ejército alemán, que había implementado un sistema similar en el norte de Francia, durante la recién terminada Primera Guerra Mundial.
Y aquí viene lo bueno, la fiscalización de estas actividades recayó en el joven teniente magallánico y futuro historiador Armando Braun Menéndez, representado más adelante por el famoso “Pantaleón Pantoja”.
En su libro “Mis memorias del año veinte”, Braun relata que todo comenzó cuando recibió una “orden especial reservada”.
“No pensé jamás que estaría alguna vez ni remota o cercana, directa o indirectamente vinculado al funcionamiento del oficio más antiguo del mundo”.
De acuerdo a lo expresado en el texto, se reclutó a “visitadoras” traídas desde el centro del país, quienes debían “atender” únicamente a individuos de las tropas del Ejército que presenten y entreguen una ficha de sanidad. Los militares también dispusieron de un cirujano para que realizara una inspección bisemanal en los prostíbulos y las asiladas. De esta manera se buscaba prevenir enfermedades de transmisión sexual. Si una asilada era sospechosa de portar alguna enfermedad, quedaba en observación y en la puerta de su pieza se ponía un letrero visible con la palabra “en observación”.
Los recintos abrían desde las 9 de la noche y funcionaban hasta la una de la mañana. Estaba prohibida la venta de bebidas alcohólicas y el valor por cada servicio tenía un mínimo de cuatro pesos, lo que debía pagarse al contado y antes de ingresar al local.
Entonces, al teniente Braun le correspondió la tarea de fiscalizar todo ese sistema. Originalmente dicho trabajo le correspondía a un suboficial, sin embargo el funcionario designado terminó colapsado por los contenidos entusiasmos de los interesados de otros regimientos, no satisfechos con aquellas mujeres que les correspondían reglamentariamente. En otras palabras, los militares se pusieron “jugosos” y así no era tan fácil la tarea que le correspondió ejercer al oficial magallánico.
Algunos de los reclamos
Entre los reclamos que debía escuchar Braun, estaban :
– “Mi teniente, la Rosaura no quiere conmigo”.
– “Mi teniente, el que está con la Rita se la acapara y estoy cansado de esperar”.
También, por el lado de las “visitadoras”, los reclamos que más se repetían eran:
– “Teniente, este soldado es un pesado o me está molestando o me hace perder el tiempo.
Pero, lo más difícil era la hora de cerrar el establecimiento. Todo debía estar vacío para la una de la madrugada y eso implicaba que la patrulla debía vaciar los cuartuchos de las profesionales y aquí se daban las sorpresas más cómicas. Había soldados que se escondían en los lugares más increíbles; debajo del ropero o bajo la cama y hasta y hasta en los techos.
El teniente Braun tuvo que hacerse cargo del problema de que surgió no uno sino varios romances dentro de este sistema lo cual, por supuesto, estaba prohibido por las fuerzas militares.
A pesar de que había que entender el profundo sentimiento ancestral: los soldados, separados de sus familias, nostálgicos de su afecto, hambrientos de cariño y esas pobres mujeres abandonadas de la mano de Dios, expatriadas, enfermas de soledad y de tedio, ansiosas de alguna pasión compartida, se formaban así, inevitablemente las parejas de amantes.
Al final, el oficial magallánico terminó por flexibilizarse y llegó a un acuerdo con varias parejas: el no diría nada, por el soldado se comprometía bajo palabra de honor, a llegar al cuartel antes del amanecer.
Con esto, Braun violaba la orden especial reservada pero les facilitaba a los amantes su “noche de amor”.
Una curiosa historia en que se involucró un magallánico y que permitió el nacimiento de la novela de Mario Vargas Llosa, famoso escritor y Premio Nobel de Literatura que, lamentablemente, nunca reconoció la experiencia chilena como su inspiración para el libro.




