Los cuidados en disputa: hacia una praxis comunitaria
Pocas cuestiones revelan tan bien el estado de una sociedad como el modo en que organiza sus cuidados. Quién cuida, a quién, en qué condiciones y a costa de qué son preguntas que solemos resolver en silencio, puertas adentro, depositando sobre las mujeres y las familias una carga que rara vez nombramos como lo que es: trabajo. En un país que envejece de forma acelerada, esa organización del cuidado empieza a revelar su crisis.
Durante el último año, la Universidad de Magallanes, a través de su Vicerrectoría de Vinculación con el Medio y en alianza con el Gobierno Regional y el Banco Interamericano de Desarrollo, acompañó un proceso piloto orientado a instalar una lógica comunitaria de los cuidados en dos territorios: el barrio 18 de Septiembre, en Punta Arenas, y la población Nueva Patagonia, en Puerto Natales. Si entendemos que la organización social del cuidado puede repartirse en cuatro ámbitos —Estado, mercado, familias y comunidad (el diamante del cuidado)—, en Chile éste recae de manera desproporcionada sobre las familias, y especialmente sobre mujeres, mientras el vértice comunitario queda subutilizado. Activarlo supone reconocer que el barrio y la reciprocidad vecinal son ya una infraestructura de cuidado, aunque escasamente se la mire así.
El primer aprendizaje fue que el cuidado, antes de redistribuirse, necesita reconocerse. En ambos territories pero de forma independiente, las comunidades pidieron lo mismo, no como premisa impuesta sino como demanda propia: visibilizar y valorar las labores de cuidado que ya realizan. Nombrarlo, decirle a alguien que eso que hace toda la vida se llama cuidado, lo saca del ámbito privado (donde permanece invisibilizado y feminizado) y lo vuelve asunto común. Pero el cuidado es hoy un concepto en disputa: lo que entendemos por cuidar, y sobre todo quién debe hacerlo y bajo qué condiciones, no está dado de antemano. Por lo mismo, reconocer no es solo aplaudir sino sobre todo discutir el reparto.
Precisamente porque su sentido está en disputa, conviene proteger el concepto de tres deslizamientos.
El primero es economicista y reduce el cuidado a un servicio transable en el mercado. Por eso el proyecto abandonó su diseño inicial (un fondo concursable) y lo reemplazó por un Circuito Participativo de Acompañamiento, basado en la cooperación. El propio vocabulario del concurso (“postular”, “adjudicar”) resultaba ajeno a comunidades cuyas prácticas de reciprocidad se buscaba relevar, no poner a competir.
El segundo es el del asistencialismo: convertir a las comunidades en receptoras pasivas de prestaciones, sustituyendo el tejido vecinal en vez de fortalecerlo. La comunidad no es escenario pasivo de la intervención, sino su sujeto. De ahí la diferencia, decisiva, entre intervenir y acompañar: un circuito conecta sin sustituir, articula y hace fluir sin centralizar.
El tercero es más sutil pero también más urgente de advertir: el cuidado puede volverse, sin que nadie lo proponga abiertamente, un dispositivo de control social. Bajo el lenguaje amable del bienestar caben también la vigilancia y la intromisión sobre las vidas de quienes reciben ayuda. Una participante lo dijo mejor que cualquier teoría: necesitamos aprender a ayudar sin invadir. Esa frase contiene la ética entera de un cuidado comunitario que no quiere ser tutela.
Sostener esta apuesta exige una institucionalidad capaz de acompañar procesos lentos sin atropellarlos. Entendida no como mera transferencia sino como reciprocidad y saberes compartidos, la vinculación con el medio universitaria tiene un papel que cumplir: poner las capacidades de la universidad pública al servicio de las comunidades sin reemplazar su voz. Magallanes puede mostrar que es posible cuidar de otra manera, a partir de prácticas situadas que se reconocen, se acompañan y se sostienen en el tiempo. Esa es la praxis comunitaria del cuidado que estamos llamados a construir.
El próximo 30 de junio y 1 de julio, la Universidad de Magallanes convoca al Seminario Internacional “Redes comunitarias de cuidados: diálogo de saberes en Magallanes”, espacio en que investigadores, comunidades y actores institucionales de la región y de otros países pondrán en común experiencias y aprendizajes sobre cómo organizar el cuidado de otra manera. La invitación a construir esa gramática comunitaria está abierta.




