Una pionera en la defensa de los derechos de las mujeres y en el primer Chapuzón del Estrecho
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Fue directora regional del Prodemu, del Sernam y funcionaria municipal durante 25 años. Hija de marino y demócrata cristiana desde los 14 años, dedicó su vida al servicio público y a los derechos de las mujeres. También fue una de las 16 personas -la primera mujer- que se lanzaron al estrecho de Magallanes en el primer Chapuzón, el 20 de julio de 2008.
Rosa Luisa Sanhueza Gallardo nos recibe en su casa y en la mesa del comedor hay cientos de fotos. Nos advierte que no son todas las que tiene. En ellas aparece con distintos líderes políticos regionales, hace algunas décadas, y otros nacionales, como Patricio Aylwin y Eduardo Frei Ruiz-Tagle. En tantas imágenes, queda de manifiesto que su vida ha estado dedicada al servicio público.
Nació en Punta Arenas, hija de Luis Sanhueza Soto, oriundo de Concepción, y de Silvia Gallardo Vera, magallánica. Fallecieron hace diez años y ocho años, respectivamente. Rosa es la mayor de cuatro hermanos, tres mujeres y un hombre. Estudió en el Instituto Sagrada Familia hasta segundo básico, luego en el Liceo de Niñas hasta cuarto medio.
Se casó joven, a los 20 años tuvo a su hija Silvana, y a los 22 se quedó sola, con su hija muy pequeña. Estuvo varios años sola, después una pareja que no resultó bien, y finalmente Orlando Sumarett, con quien vivió 17 años y de quien guarda los mejores recuerdos. “El me hizo abrir los ojos y pensar que en este mundo hay gente buena”, dice. Falleció durante la pandemia. Lleva seis años viuda. “Ahora estoy felizmente sola”, dice, con convicción, luego de haber vivido un largo duelo. Desde que se quedó sola la primera vez, a los 22, empezó a trabajar y a educarse. Su hija Silvana, ingeniera en Administración y Dirección de Empresas, trabajó 27 años en el Ministerio de Educación llegando a cargos de jefatura. Con yerno, Iván Andrade, son padres de su nieta Valentina, de siete años. Sus descendientes son “su vida entera”, confiesa Rosa.
A los 14 años, estudiando en el Liceo de Niñas, la invitaron a una reunión del Partido Demócrata Cristiano. “Me encantó”, dice, y se unió. Asumió directivas de curso, luego la dirección del Departamento de la Mujer del Partido en cuatro oportunidades. El PDC de entonces traía a sus líderes a Punta Arenas a dar charlas y enviaba a los jóvenes a capacitarse fuera de la región. “Nos entregó todo lo que no se está haciendo hoy”, declara. Estudió Administración de Empresas y Contabilidad, aunque en esta última carrera no alcanzó a titularse porque llegaron los cargos públicos. “Siempre fui bien inteligente y bien capaz”, afirma.
Prodemu y Sernam
Con el retorno de la democracia, Rosa fue parte de quienes construyeron desde cero las instituciones que el nuevo Chile necesitaba. En 1990 asumió la Dirección Regional del Prodemu, Promoción y Desarrollo de la Mujer, institución creada por el gobierno de Patricio Aylwin y dependiente de la Primera Dama. Le llegó el nombramiento desde Santiago, por fax. Era el cargo más difícil que había tenido: tenía que armar todo desde cero, sin infraestructura, sin equipo, sin nada. Fue donde el intendente Roque Tomás Scarpa, le mostró el documento y le dijo que sobre ella pesaba armarlo todo. Recibió apoyo desde distintos ámbitos. El entonces gobernador Carlos Zanzi le facilitó el primer piso de la Gobernación Provincial, que antiguamente era la Intendencia, para instalar las oficinas. Desde ahí capacitaron mujeres, contrataron monitores, organizaron a quienes estaban fuera de los centros de madres. “Llegamos a ser una institución tremendamente grande”, recuerda. “Trabajamos e hicimos tantas cosas con las mujeres”.
En 1994, con el inicio del gobierno de Eduardo Frei Ruiz-Tagle, asumió la Dirección Regional del Sernam, Servicio Nacional de la Mujer. Armó un equipo con abogado, asistente social y coordinadoras de microempresarias. Desde ahí impulsaron la legislación sobre violencia intrafamiliar, la ley de filiación y la ley de trabajadoras de casa particular. “Si no se pone el tema en esos años en el tapete, hoy día podríamos haber estado viviendo un mundo completamente diferente”, indica. Que hoy la violencia doméstica esté en la agenda de todos los gobiernos, que existan protocolos y leyes, lo considera un fruto de esa época. “Es un tremendo logro”, repite. Estuvo en el Sernam hasta el año 2000.
25 años en la municipalidad
Cuando Juan Morano asumió como alcalde, le pidió que trabajara con él en la Municipalidad de Punta Arenas. Ahí estuvo 25 años. Primero en el gabinete del alcalde. Luego, del 2005 al 2022, en Secplan, la Secretaría de Planificación Comunal, en el Area de Vivienda, donde junto a la asistente social Marisol Low entregaron las viviendas del Barrio Archipiélago de Chiloé, los edificios del Archipiélago, la población Nelda Panicucci y dos poblaciones en Río Seco. “A veces llegábamos a puro dormir un rato a la casa y de ahí partir otra vez”, recuerda.
En 2022 pidió cambiarse a Dideco (Dirección de Desarrollo Comunitario), donde fue ministra de fe en organizaciones comunitarias, constituyendo y organizando juntas vecinales y agrupaciones. En sus últimos meses, antes de jubilarse el 2 de febrero de este año, pasó por la Biblioteca Gabriela Mistral. En paralelo, durante 20 años, estuvo a cargo de recibir a los visitantes del Carnaval: coordinaba el alojamiento y la alimentación de cientos de personas venidas de Argentina, Puerto Natales, Porvenir y el norte de Chile, con un equipo de 23 funcionarios que trabajaban desde marzo para tener todo listo.
El primer Chapuzón
El Chapuzón del Estrecho nació en el gabinete del alcalde Morano. Un día llegó un grupo de jóvenes preguntando por ideas de deporte extremo vinculadas al Carnaval. Se fueron y no volvieron, pero la idea quedó flotando. Víctor Rojas propuso un acto iniciático en el Estrecho. Lo llamaron “Bautizo del Pingüino Magallánico” en su primera edición, nombre que después se cambió por Chapuzón. Su desarrollo se fijó para el 20 de julio de 2008, tras consultar con Meteorología cuál era el día más frío de esa época del año para ser aún más audaces. Se inscribieron 109 personas. Llegaron 16. Rosa fue una de las dos mujeres de ese grupo, convirtiéndose en una de las pioneras de lo que hoy es una de las tradiciones más icónicas del Carnaval de Invierno. “Para que el día de mañana cuando tenga nietos les cuente que yo fui y me tiré en el estrecho de Magallanes”, pensó. Se lo propuso al propio Víctor Rojas con una condición: si tú eres el de la idea, te lanzas conmigo. Él aceptó. “Yo me voy a zambullir, pero cuando salga me puedo marear, así que tienes que estar cerca”, le dijo. Y cumplió.
Angélica Ojeda era la segunda mujer y también concretó la proeza, que el grupo acordó que era sumergirse de cuerpo completo, “no como algunos ahora que entran y salen al tiro”, reclama Rosa. El equipo llegó en la van de Víctor Rojas con todo preparado para después: toallas, ropa seca… Salieron del agua y los militares ya estaban sirviendo chocolate. La noticia se difundió por todo Chile. La llamaron de La Serena, de Puerto Montt. Una prima monja que estaba en España la llamó asombrada. “Estaba feliz. Había sido famosa por un momento”, dice, riendo. Su hija Silvana no sabía nada. Rosa no le contó. Cuando alguien se lo dijo, no lo creyó. Hasta que empezaron a dar los nombres por radio. Mamá, ¿qué hiciste?, le dijo cuando la llamó. “Es lo más exquisito que hay, hija”, le respondió Rosa. “Una experiencia que yo la valoro en el alma”.
Hoy Rosa vive sola, con 36 años de servicio público a sus espaldas. Está jubilada desde febrero y se está tomando un año sabático antes de decidir qué hacer. Su hermana Patricia, a quien llama su baluarte, la visita seguido y no la deja sola. Tiene buenas amistades, gente buena de corazón, dice, que le hace bien. Se levanta temprano por costumbre y disfruta de no tener que salir si no quiere. Cuando hay frío, se queda. Eso, para alguien que trabajó 36 años, es también una forma de libertad. Tiene ideas para emprender algo, pero por ahora descansa y disfruta.
Antes de terminar la conversación, deja un mensaje: las mujeres tienen que seguir luchando por sus derechos, hay que cuidar a los niños y a los ancianos, y hay que recuperar algo que aprendió de su abuela en Barranco Amarillo, que tenía la puerta siempre abierta y le servía café con pan caliente a cualquier desconocido que llegara buscando trabajo. “Estamos viviendo un Chile de mucho egoísmo”, dice. “Y nosotros tenemos que dejar de mirarnos la punta de los pies, porque desde ahí comienza la vida”. Y que algún día, cuando pueda, se va a volver a tirar al Estrecho, con su nieta Valentina, a la que pensó contarle su proeza hace tantos años y que disfrutó con el relato de su abuela que se lanzó al mar gélido, que ahora recibe a miles que siguen los pasos de esos intrépidos pioneros.




