El germen de su propia destrucción
La expresión que da título a esta columna es atribuida, en principio, a Karl Marx quien precisaba, en términos bastantes más sencillos que su explicación, que el capitalismo, en su afán de ganancias y dinero, iba a generar una crisis que desembocaría en una unión férrea e indisoluble de los trabajadores, que propiciaría una modificación o cambio del sistema económico completo.
El lector tiene todo el derecho a pensar que estamos hablando de historia ficcionada o pretender las más altas penas para un columnista que se atreve a citar a Marx en estos tiempos del régimen capitalista más indiscutido de la historia de la humanidad, como si efectivamente, en los dichos de Francis Fukuyama, se ha concretado el fin de la historia por cuanto la democracia liberal y el capitalismo de mercado se ha fusionado en un solo sistema habiendo derrotado previamente al comunismo soviético; pero permitan una reflexión en torno a esta situación, pues el germen de una destrucción, no se instala sólo en un sistema, si no que puede instalarse en muchos otros sistemas, pues no existe sistema infalible y, además de sus problemas de origen, si somos los hombres los que tenemos que ejecutarlos, lo más probable es que nos expongamos a un yerro o error insalvable.
En efecto, si nos remontamos a la teoría del fin de la historia, esta fue desarrollada el año 1992 en su libro “El fin de la historia y el último hombre” y, si bien es cierto, existen muchos conceptos incuestionables y una reflexión lúcida y clara de la época en la cual se escribió, la teoría no se concreto. En efecto, la Unión de Repúblicas Socialistas Soviéticas se desmanteló, y con ello el sistema de los socialismos reales, pero al poco tiempo se generó el desarrollo y consolidación del régimen comunista chino, así que, evidentemente el sistema capitalista no se impuso definitivamente y en forma incuestionable.
Este breve relato que se relaciona con nuestra historia reciente me permite reflexionar respecto a los diversos gobiernos que hoy se instalan, de derechas y de izquierdas, en distintos lugares del mundo, en el continente americano y, recientemente en nuestro país, pupen tengo la fundada impresión que el sistema político en muchas latitudes y, especialmente, en Chile, lleva en si mismo el germen de su propia destrucción.
Lo señalado por cuanto, al dejar de lado, las prácticas de diálogo, la consideración, conmiseración y la posibilidad de debate con altura de miras, la necesidad de observar y reconocerse en quien construye las ideas opuestas a las mías, estamos llevando a la ciudadanía, al país al despeñadero. La situación es grave, ya no se trata de mayorías, de altura moral o ética de la que, por supuesto, ya ningún sector político puede hacer gala de ello (o les queda alguna duda), sino que de construir un país que no oscile dramáticamente entre la derecha y la izquierda sin respeto al futuro pues así como no se puede refundar las instituciones de orden y seguridad como algunos lo expresaron, tampoco se puede pretender la modificación del sistema capitalista en favor de uno solo de los actores, sin que a la vuelta de la esquina no nos encontremos con un desastre, que es lo más probable que ocurra y dejaremos el espacio de la política para los populistas y en ese punto, entregamos la institucionalidad al devenir cotidiano.
A fin de cuentas no se trata de reemplazar la dictadura del proletariado, por la dictadura del empresariado… y viceversa, pues ya sabemos, que ninguno de los dos caminos es el mejor para todos, el más adecuado para un país tan diverso y rico en personas, bienes y naturaleza.




