¿Estamos simplificando la restauración ecológica? Una reflexión sobre la complejidad invisible detrás de la recuperación de los ecosistemas
Por Erwin Domínguez
La restauración ecológica ha cobrado protagonismo en la última década. Impulsada por la agenda de las Naciones Unidas 2021–2030 y el Marco Mundial de Biodiversidad de Kunming-Montreal, el cual propone detener y revertir la pérdida de la naturaleza y ha esto se suma el creciente impulso del enfoque Naturaleza Positiva, siendo hoy la restauración una prioridad para gobiernos, empresas y organizaciones dedicadas a la conservación de la biodiversidad y la mitigación del cambio climático (FAO & UNEP, 2021; Gann et al., 2026).
Este escenario ha favorecido el desarrollo de numerosas iniciativas destinadas a la recuperación de ecosistemas degradados. Sin embargo, también ha promovido una simplificación preocupante de lo que significa la restauración ecológica. Con frecuencia, esta se asocia principalmente con acciones visibles, como la plantación de especies nativas especialmente árboles, la hidrosiembra de semilla agronómicas, el cercado para evitar el pastoreo de herbívoros y el monitoreo inicial, relegando a un segundo plano los procesos ecológicos, como, por ejemplo, producción primaria (generación de biomasa y captura de carbono), sucesión ecológica (recuperación de los componentes de la cubierta vegetal) que determinan el éxito o el fracaso de las intervenciones.
Los Principios y Estándares Internacionales para la Práctica de la Restauración Ecológica establecen que restaurar consiste en asistir a la recuperación de un ecosistema degradado, dañado o destruido, con el propósito de restablecer progresivamente su integridad ecológica, biodiversidad y funcionalidad. Esto se conoce como Restauración Activa. En consecuencia, restaurar no equivale simplemente a revegetar un sitio intervenido, sino a favorecer la recuperación de los procesos que sostienen el funcionamiento del ecosistema, como son la estructura y la composición de los organismos presentes en el momento de la trayectoria del ecosistema.
Con el propósito de ilustrar estas diferencias, proponemos la metáfora del “Iceberg de la Restauración Ecológica” (ver Fig. 1). Sobre la superficie se representan las actividades más visibles de un proyecto de restauración como, por ejemplo: establecer plantas ya desarrolladas (plantar), establecer semillas en el suelo (sembrar), la mezcla de semillas + agua + fertilizante + adherente o aglutinante (hidrosiembra), cercar y monitorear. Todas estas acciones corresponden únicamente a la fracción observable del proceso “lo más visible”. Por otra parte, bajo la superficie permanece una dimensión mucho más amplia e invisible, integrada por una multiplicidad de conocimientos tales como: ecología vegetal, bancos de semillas, sucesión ecológica, facilitación, ensamblaje de comunidades, microbiología del suelo, hidrología, relaciones planta–suelo y reciclado de nutrientes, entre otros.
La literatura científica actual demuestra que la recuperación de un ecosistema depende principalmente del restablecimiento de procesos ecológicos y no únicamente de la restitución de su estructura vegetal (Hobbs & Harris, 2001; Suding, 2011; Brudvig, 2017). Asimismo, numerosos estudios demuestran que los ecosistemas pueden seguir múltiples trayectorias de sucesión vegetal y alcanzar estados alternativos estables, dependiendo de la intensidad del disturbio y de la disponibilidad de semillas. A menudo, las primeras plantas que aparecen en la sucesión vegetal son naturalizadas o asilvestradas; es decir, especies introducidas que han establecido poblaciones autónomas sin intervención humana. Algunos ejemplos en la región de Magallanes son: Poa pratensis, Taraxacum officinale y Rumex acetosella. Todas ellas fueron introducidas hace más de 140 años y actualmente se encuentran ampliamente distribuidas.
Por otra parte, las condiciones del suelo relacionadas con la textura, la cantidad de materia orgánica, la disponibilidad de nutrientes y la densidad aparente, es decir, el grado de compactación, serán relevantes para el establecimiento de la cubierta vegetal. Así como la conectividad del paisaje (matriz biológica) y las interacciones con polinizadores y herbívoros son considerado filtros ecológicos (Hobbs & Harris, 2001; Perring et al., 2015). Comprender estos filtros ecológicos resulta indispensable para establecer objetivos realistas y diseñar estrategias de restauración, las que deben adaptarse al ecosistema; aquí no sirve la receta genérica.
La necesidad de comprender estos procesos (ver Tabla 1) resulta particularmente evidente en los ecosistemas de la Patagonia austral, donde la recuperación ecológica está condicionada por un clima riguroso, bajas tasas de crecimiento vegetal y una marcada heterogeneidad ambiental, como lo manifestó Pisano (1977). Un caso importante de considerar son los pastizales dominados por Festuca gracillima, por ejemplo, estudios realizados en la Estepa magallánica muestran que la cobertura vegetal puede recuperarse progresivamente luego de disturbios lineales, mientras que la recuperación de la composición florística y de otros atributos ecológicos sigue trayectorias más lentas y complejas (Domínguez et al., 2025). Por otra parte, en las turberas, un ecosistema hiperhúmedo, la restauración depende de las propiedades físicas, químicas y biológicas del agua como un factor limitante y la disponibilidad de semillas como un factor tensionante de acuerdo con Temperton et al. (2004). Estos ejemplos demuestran que el éxito de una intervención no puede evaluarse únicamente a partir de la revegetación inicial, sino mediante la recuperación progresiva de la estructura, la composición y el funcionamiento del ecosistema.
Esta complejidad también explica por qué el monitoreo de largo plazo constituye un componente esencial de cualquier programa de restauración. Los procesos de ensamblaje de comunidades, la recuperación de los microorganismos del suelo, el restablecimiento de las interacciones ecológicas y la convergencia hacia un ecosistema de referencia pueden requerir décadas antes de manifestarse plenamente (Moreno-Mateos et al., 2017). Evaluaciones basadas únicamente en resultados de corto plazo pueden conducir a interpretaciones excesivamente optimistas sobre el éxito de una intervención.
La metáfora del iceberg busca recordar que la restauración ecológica es, ante todo, es una disciplina científica sustentada en la integración de múltiples áreas del conocimiento. Las acciones visibles representan solo una pequeña parte del esfuerzo diario requerido; el verdadero éxito depende del entendimiento de los procesos ecológicos, los que permanecen ocultos para el observador común, pero que son fundamentales para la recuperación de los ecosistemas.
La década de la restauración establecida por las Naciones Unidas representa una oportunidad histórica para recuperar ambientes degradados a escala global. Sin embargo, el éxito de este esfuerzo dependerá de evitar que la restauración se reduzca a un conjunto de acciones operacionales, desvinculadas de los principios de la ecología. En este contexto, hoy se requiere enfatizar que las intervenciones deben orientarse a recuperar la biodiversidad y las funciones ecosistémicas mediante un enfoque basado en comprender que los ecosistemas son más complejos de lo que parecen. Por otra parte, se requiere reconocer que la restauración ecológica es un proceso de largo plazo, sustentado en el conocimiento de los mecanismos que regulan la dinámica de los ecosistemas y no únicamente en la ejecución de acciones visibles.
Finalmente, en un contexto donde la restauración ocupa un lugar central en las políticas públicas y en los compromisos internacionales con la Organización para la Cooperación y el Desarrollo Económicos (Ocde), resulta oportuno promover una visión que valore el conocimiento ecológico como fundamento de las decisiones de manejo. Restaurar no consiste únicamente en devolver vegetación a un paisaje degradado, sino en favorecer la recuperación de procesos ecológicos capaces de sostener ecosistemas resilientes y funcionales a largo plazo.




