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Pavel Oyarzún nos regala un “Vasallo”

Por Guillermo Mimica Cárcamo Domingo 16 de Agosto del 2026

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No parece necesario catalogar como novela histórica esta nueva obra de Pavel Oyarzún, titulada Vasallo (LOM Ediciones, 2026). Su trama está expuesta con tal claridad que la novela se vuelve sui géneris, se explica a sí misma, brilla con luz propia y se libera de cualquier atadura convencional.

Si la hipótesis que el autor intentó demostrarnos al escribir esta obra ambiciosa, profunda y madura fue que la fe mueve montañas, habría que decir que lo logró plenamente. Porque, en verdad, ¿qué otra cosa, sino la fe del joven soldado Diego Jiménez de Medellín —tanto en el gobernador y capitán general Pedro Sarmiento de Gamboa como en Dios todopoderoso y en el rey de España, a la sazón Felipe II—, podría explicar la proeza de haber caminado desde la boca oriental del Estrecho de Magallanes hasta Villa de San Pablo de Piratininga, actual São Paulo?

Más que una proeza, una hazaña; y más que una hazaña, una verdadera odisea. De aquellas que se registran en la Historia y que, pese a adquirir con el tiempo la condición de leyenda, no hacen sino completarla y fortalecerla, dándole sentido y vida.

Y puede que también haya sido la fe —que en nada desmerece su talento— la que condujo a nuestro coterráneo y consagrado escritor a internarse en un laberinto narrativo que, a no dudar, requirió una acuciosa investigación. Una fe comparable a la de su personaje principal, una suerte de cíclope desdentado y tuerto, aunque pequeño, a diferencia del personaje legendario griego, que atravesó caminando todo un continente a fines del siglo XVI.

Aquel jovenzuelo, con piernas de guanaco o de ñandú, perdido en una inmensidad desolada, sin caminos ni poblados, deambuló con la obsesión de avanzar cada vez más hacia el norte, a pie, en medio de una pampa inclemente y, posteriormente, por una selva de tal hostilidad que llegó a enojarse hasta con Dios.

Llanuras de silencios mortales, donde los nómades nativos, tan hoscos como la propia naturaleza, sobrevivían miserablemente entre la caza, algunos trueques y disputas. Aquel soldado casi impúber, transformado en héroe de la novela, no transitó precisamente por “El Dorado”, ese paraíso imaginado, sino por la adversidad de un “paraje sin Dios… donde debieron purgar sus culpas nuestros padres, Adán y Eva”, como nos dice el propio narrador. Un lugar de “viento cuchillero”.

Pavel Oyarzún Díaz, poeta, narrador y académico, nos ofrece de regalo, una vez más, una joya transformada en novela. Como otras obras de su autoría, esta también transita entre hechos reales y ficción, con un telón de fondo histórico original que nos permite revivir un período aún poco conocido y documentado: la fundación, por parte de Pedro Sarmiento de Gamboa, de dos poblados en las orillas del Estrecho de Magallanes y la posterior travesía aventurera de uno de sus soldados, durante doce años y cuarenta días, por gran parte de América del Sur.

Aquella expedición fue una gesta de tal magnitud que movilizó la flota más importante que podía organizarse en la época: veintitrés naves de buen calado, con cerca de tres mil pasajeros, animales y alimentos.

El fracaso de aquella expedición es lo que estructura este nuevo trabajo literario del autor. Una narrativa pulcra, en la que la ficción se articula con aquello que Milan Kundera denomina el “arte de la novela”, respetando hechos y fechas, desempolvando personajes e introduciendo en el relato esa “veracitud” sin la cual perdería coherencia y sentido.

A medida que avanzamos en la lectura, vamos percibiendo el respeto del escritor por aquella heroica gesta española, que desmiente ciertos mitos ideológicos en boga y ensalza el coraje del personaje histórico que fue Sarmiento: un adelantado visionario, provisto de un gran humanismo y de un tesón extraordinario.

Creo que, si me hubieran ocultado la carátula y me hubieran entregado un texto anónimo, habría reconocido la escritura de Pavel Oyarzún después de leer unas pocas páginas. Tal es la cadencia de sus frases cortas, la precisión de sus adjetivos, esos puntos seguidos que cualquier otro narrador convertiría en comas y la insistencia con que completa una frase narrándola nuevamente con otras palabras, como si necesitara perseverar en el detalle que desea subrayar.

Y está también esa musicalidad de frases que se van hilvanando en párrafos tonales. Un estilo narrativo que hace comparable su trabajo al de un escultor que, en lugar de un cincel, utiliza una pluma para tallar, con golpes breves y precisos, aquello que en su caso son palabras y frases seguidas de puntos. Lo que tenemos en Vasallo es, en cierto modo, una escultura literaria transformada en novela; una de aquellas obras cuya imagen se refleja como un espejismo, pero que, al mismo tiempo, se deja atrapar y acariciar por sus lectores.

El Pavel Oyarzún que nos convoca con esta nueva obra es comparable a un artista completo. De talento sobrio y austero, valiente en sus elecciones temáticas, es un cultor de una narrativa moderna que no se somete a cánones literarios clásicos innecesarios y cuya prosa fluye ante los ojos de sus numerosos lectores. Un hombre de talento y espíritu agudo, que busca en la historia su inspiración y juega constantemente con la ironía, una de sus armas preferidas, perfectamente identificable entre líneas y que atraviesa también toda su narrativa, incluidas las crónicas que leemos en este mismo medio.

Por su valor literario y su aporte histórico, Vasallo está llamada a ocupar un lugar en los anales de la narrativa nacional. Una novela que convierte la historia en materia viva y la aventura en literatura. Se trata de una obra que merecería ser traducida a varios idiomas y presentada en España.

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