Las carreteras de agua que unieron Magallanes antes de la cartografía europea
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Una nueva publicación en esta revista científica de la Umag refuerza la idea de que mares interiores y el estrecho de Magallanes no eran fronteras, sino rutas en las cuales nómadas marinos del pueblo kawésqar se movilizaban por puentes de agua y tierra, sosteniendo una cultura vibrante y conectada.
El laberinto de canales y fiordos de la Patagonia occidental ha sido, durante milenios, el escenario de una de las formas de vida más singulares del planeta: el nomadismo marino.
Para la ciencia, reconstruir la movilidad de los antiguos canoeros ha sido un desafío constante debido a la “invisibilidad” de sus rastros en un entorno tan vasto y complejo. Sin embargo, un estudio publicado recientemente en la revista Magallania, por un equipo liderado por la destacada arqueóloga francesa Dominique Legoupil, ha arrojado luz sobre este enigma, revelando la existencia de un sistema articulado de ocupación que conectaba fluidamente el seno Otway con el estrecho de Magallanes durante el siglo XVII.
El corazón de esta investigación -en la cual participó la arqueóloga de la Universidad de Magallanes (Umag) y del Centro Internacional Cabo de Hornos (Chic) Dra. Jimena Torres Elgueta- radica en la comparación de dos yacimientos arqueológicos contemporáneos: Punta Baja, situado en la entrada del fiordo Silva Palma (seno Otway), y Batchelor, ubicado en la desembocadura del río homónimo en la cuenca occidental del estrecho de Magallanes. A pesar de estar separados por la imponente geografía de la península de Brunswick, los hallazgos demuestran que estos sitios no eran asentamientos aislados, sino nodos vitales de una red de movilidad perfectamente integrada.
El Canal Jerónimo y los “pasos de indios”
¿Cómo se conectaban estas dos zonas? La investigación, titulada “Territorios y rutas de movilidad de los nómadas marinos entre el mar de Otway y el estrecho de Magallanes”, destaca dos vías fundamentales. La primera es el canal Jerónimo, una arteria de casi 40 kilómetros de extensión, que ha servido históricamente como el vínculo natural entre las aguas interiores de Otway y el flujo del estrecho. No por nada en los mapas coloniales del siglo XVIII, este paso era frecuentemente denominado el “canal de los indios”.
Pero los nómadas del mar no dependían sólo de las grandes rutas. El estudio resalta la importancia de las rutas o pasos de porteo, donde las familias transportaban sus ligeras canoas de corteza a través de puentes terrestres para acortar distancias. Un hallazgo clave es la ruta que conecta el fondo del fiordo Silva Palma con la bahía Isabel, cerca de Batchelor. Esta vía, que implica atravesar cinco lagunas y senderos boscosos, permitía un ahorro estratégico de tiempo y energía, conectando ambos ecosistemas de manera casi directa.
La “huella digital”
del contacto:
obsidiana y cobre
La prueba más contundente de esta unidad cultural es material. Las arqueólogas encontraron que en ambos sitios predominaba el uso de la obsidiana verde. Este vidrio volcánico, cuya fuente principal se ubica probablemente en el seno Otway, era transportado y tallado con técnicas idénticas en ambos extremos de la ruta, lo que evidencia un intercambio constante y un conocimiento compartido de las materias primas.
Los contactos con filibusteros dejaron huellas visibles en el campamento indígena del río Batchelor, en particular dos monedas españolas de plata, macuquinas, que muy probablemente proceden de saqueos a lo largo de las costas del Perú. Están fechadas en 1689 y 1692, por lo que son inmediatamente anteriores al naufragio (1694).
Además, en Punta Baja y Batchelor se recuperaron fragmentos de cobre que, tras ser analizados mediante espectroscopía (ICP-AES), revelaron una composición química idéntica. “Es razonable suponer que proceden de una misma lámina de metal y, posiblemente, del mismo barco europeo”, indica el artículo. Este “pedazo de puzzle” compartido sugiere que un mismo grupo indígena interactuó con navegantes en el Estrecho, y luego trasladó esos valiosos recursos hacia el interior de Otway.
Tradiciones que
resisten el tiempo
Más allá de los objetos, el parentesco se manifiesta en las prácticas cotidianas. Las investigadoras identificaron una costumbre técnica muy específica: el reciclaje de puntas de arpón de hueso rotas para convertirlas en “compresores” (herramientas para tallar piedra por presión). Asimismo, se detectaron rastros de destrucción intencional de armas y su posterior quema, lo que evoca antiguos rituales curativos donde se arrojaban arpones al fuego para sanar a los enfermos.
A pesar de que el equipamiento técnico y simbólico era el mismo, el entorno en Punta Baja y en Batchelor imponía dietas distintas. En Punta Baja, el registro arqueológico revela una especialización marcada: el 62% de los restos óseos corresponden a otáridos (lobos marinos), principalmente crías de 5 a 6 meses capturadas entre mayo y junio en loberías locales. Además, la cercanía de valles montañosos en la península de Brunswick facilitó la caza terrestre del huemul, que ocupa el tercer lugar en su dieta.
Por el contrario, en Batchelor, el entorno estuarino de la desembocadura del río favoreció una dieta más diversa y oportunista. Allí, las aves marinas (43%), especialmente los cormoranes, fueron el recurso principal. Un rasgo distintivo de este sitio es la caza del huillín (nutria de río), que representa el 20% de los restos hallados, aprovechando el hábitat protegido del río. Mientras en Punta Baja la pesca se apoyaba en el uso de corrales de piedra para capturar róbalos, en Batchelor esta actividad parece haber sido más ocasional, basada en líneas de mano o puntas óseas.
Tanto la autora del artículo como la coautora Marianne Christensen, trabajan en L’unité TEMPS (Technologie et Ethnologie des Mondes Préhistoriques – UMR 8068) con sede en Francia, vinculada al Centro Nacional para la Investigación Científica y a la Universidad de París 1 Panthéon-Sorbonne, desde donde se financió la mayor parte de los trabajos arqueológicos. El equipo se completa con la Dra. Torres, la académica del Departamento de Antropología de la Universidad Alberto Hurtado, Consuelo Huidobro, y la investigadora independiente Valentina Marín.
Fuente: Comunicaciones Umag




