Asistencia, trabajo y cuidado: los desafíos de la educación de adultos en Magallanes
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La exigencia de un 85% de asistencia no considera las particularidades de quienes estudian en esta modalidad, donde conviven con lo laboral, responsabilidades familiares, problemas de salud y, en algunos casos, turnos laborales o de servicio.
Silvia Leiva Elgueta
Los altos niveles de ausentismo que registra la educación de adultos, que alcanza un 67 por ciento, han puesto nuevamente el foco en las condiciones en que se desarrolla esta modalidad de enseñanza y en las dificultades que enfrentan los establecimientos para sostener la asistencia. Trabajo, labores de cuidado y situaciones de salud forman parte de una realidad que, según explica Javier Muñoz, coordinador de la jornada vespertina Gabriela Mistral del Liceo Sara Braun e integrante de la coordinación de la red Epja Calafate Aike, requiere respuestas que consideren las particularidades de quienes buscan completar sus estudios.
La educación de adultos reúne a un grupo amplio y diverso. Si bien idealmente quienes participan deberían ser mayores de edad, también llegan estudiantes de 16 y 17 años que han desertado o han sido trasladados desde colegios de enseñanza regular. En estos casos, explica Muñoz, pueden arribar con inasistencia crítica, rezago educativo y necesidades de apoyo.
El coordinador plantea que una de las dificultades está precisamente en la disponibilidad de equipos de apoyo. En la educación de adultos, los establecimientos públicos y subvencionados no cuentan permanentemente con una dupla psicosocial o con un encargado de convivencia. A esto se suma la necesidad de responder a estudiantes que llegan con trayectorias educativas diversas y que requieren acompañamiento para mantenerse vinculados con sus estudios.
Uno de los apoyos existentes es el Sistema de Alerta y Acompañamiento Temprano (Sat), destinado a establecimientos que imparten educación de adultos. Muñoz explica que estos recursos se solicitan anualmente y que, en el caso de su establecimiento, alcanzan aproximadamente los 3 millones de pesos. Sin embargo, estos fondos llegan durante el segundo semestre, lo que limita el tiempo disponible para implementar acciones de acompañamiento.
Durante este año, además, se produjo un entrampamiento administrativo relacionado con la utilización de estos recursos, particularmente para la contratación de personal. El proceso se encuentra en vías de solución y la expectativa es contar con apoyo durante la etapa final del año, considerada especialmente relevante para sostener la permanencia de los estudiantes. El objetivo es disponer de una persona dedicada principalmente al acompañamiento socioemocional y socioeducativo.
Exigencia de asistencia
La discusión sobre el ausentismo adquiere una particular complejidad cuando se considera la exigencia de asistencia para la aprobación. Para Muñoz, no resulta sencillo aplicar el mismo criterio a la educación de adultos y a la enseñanza media tradicional. “Es complejo que la vara de asistencia 85% para la aprobación sea la misma en educación de adultos y en educación media tradicional”, plantea.
“Los mayores de 18 años asisten por la voluntariedad”, explica. Esa voluntariedad, agrega, se encuentra condicionada por responsabilidades que forman parte de la vida cotidiana de quienes regresan a estudiar. Entre ellas están las labores de cuidado de familiares, tanto de hijos como de personas mayores o con distintos niveles de dependencia. A esto se suma una característica que atraviesa buena parte de esta modalidad: el trabajo.
“Nuestros adultos todos trabajan”, señala Muñoz. La jornada comienza temprano para muchos de ellos y continúa hasta entrada la tarde, antes de trasladarse directamente al establecimiento. “Entonces, luego de una larga jornada de trabajo, desde las 6 de la mañana levantarse o 5 y media de la mañana levantarse, enviar a sus hijos al colegio, trabajar hasta las 6 y media de la tarde, luego tomar una breve pausa para llegar a las 7 clases, se nota el cansancio”, relata.
La situación no es homogénea. Mientras algunos estudiantes mantienen una asistencia superior al 95%, otros deben compatibilizar las clases con turnos nocturnos porque son los principales proveedores económicos de sus hogares. Para el coordinador, esto obliga a los establecimientos a enfrentar una disyuntiva: dejar fuera a quienes no pueden cumplir regularmente con la asistencia o generar mecanismos de acompañamiento que permitan sostener sus trayectorias educativas. Sin embargo, esa flexibilidad no siempre cuenta con herramientas institucionales específicas que permitan aplicarla de manera estandarizada.
Frente a este escenario, la experiencia desarrollada en la jornada vespertina Gabriela Mistral del Liceo Sara Braun ha puesto el foco en aquello que sí puede modificarse dentro del establecimiento: la experiencia que los estudiantes tienen en la sala de clases. La propuesta parte de considerar que las condiciones laborales, familiares y de salud no siempre pueden ser intervenidas desde el liceo, por lo que el espacio educativo debe convertirse en un factor que favorezca la permanencia.
El trabajo también apunta a proyectar la continuidad de estudios desde el ingreso a la educación media. Desde el primer nivel, señala Muñoz, se transmite a los estudiantes la posibilidad de continuar posteriormente en la educación superior y se desarrollan habilidades que buscan entregar herramientas para enfrentar esa etapa.
Entre quienes necesitan mayores adecuaciones se encuentran estudiantes menores de edad que no cuentan con suficiente apoyo o control parental, personas que atraviesan situaciones que dificultan su asistencia constante y estudiantes que compatibilizan sus estudios con el servicio militar. En el caso de estos últimos, los turnos de guardia y otras actividades internas pueden impedir una asistencia permanente. En esas situaciones, el establecimiento mantiene comunicación con la institución correspondiente para conocer los periodos en que los estudiantes deben cumplir con sus obligaciones y ajustar sus procesos académicos.




