La odisea de Hernando de Magallanes para descubrir el Estrecho
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El navegante portugués fue el primer hombre en circunvalar el mundo aun cuando no pudo completar el recorrido. Salió de España con cinco naves y su expedición estuvo llena de contratiempos y muchas dificultades, perdiendo la vida en Filipinas, en 1521.
El día 21 de octubre de octubre de 1520 quedó grabado a fuego en los anales de la historia de nuestra región. Ese día, Hernando de Magallanes descubrió este paso que, uniendo el Atlántico con el Mar del Sur, les permitiría llegar a las islas Molucas, conocidas como “islas de las Especias”.
La historia
Un día del primer decenio del año 1500, se presenta ante el rey Manuel, de Portugal, Fernão de Magalhães, militar, marino y navegante portugués de linaje noble, con tres peticiones para el monarca lusitano: un aumento de sueldo, una ocupación digna al mando de algún barco o la autorización para servir a otro país, donde tenga más esperanzas de ser atendido. Esta última solicitud le es aceptada con el permiso del rey de “prestar sus servicios donde mejor le plazca”; las dos primeras fueron negativas.
Ante esta actitud de la corte portuguesa, Magallanes se guarda para sí un proyecto que iba a proponer a su país: “Llegar hasta las opulentas islas de las especias, no como los portugueses hacia Oriente, por encima de Africa, sino por Occidente bordeando América”. El gran navegante decía para sí: “Hay un paso del océano Atlántico al Pacífico. Lo sé; conozco el sitio. Dadme una escuadra y, en beneficio vuestro, llegaré a él; y, del Este a Oeste, daré la vuelta a toda la Tierra”.
Se dirige a España y ofrece al rey Carlos V el plan, sabiendo que con ello perdería en Portugal sus títulos de caballero y su nacionalidad. El monarca, de 18 años, lo recibe en el otoño de 1517 y en un pacto se compromete a darle el título de Adelantado o Gobernador de todas aquellas tierras e islas para él, sus hijos y herederos.
Al conocer esta noticia, el rey Manuel de Portugal quiso recobrar a Magallanes o tratar de impedir a toda costa la salida de la expedición. Encomendó entonces el sabotaje de la flota a Sebastián Alvarez, cónsul de Portugal en Sevilla, el que trata por todos los medios de producir motines y agitación popular, incitando a la turba a proceder contra la nave Trinidad que tiene izado en su palo mayor no la bandera de España sino la de Portugal. Magallanes aclara que es su bandera de almirante, no de su patria.
El 10 de agosto de 1519 los cinco barcos de la flota dejan Sevilla y se dirigen a Sanlúcar de Barrameda, desde donde zarpan el amanecer del martes 20 de septiembre de 1519, fecha memorable en la historia del mundo, en la aventura más atrevida en la historia de la Humanidad.
El 20 de septiembre de 1519, en pleno viaje, Magallanes recibe una mala noticia: desde una carabela española que se cruza en su ruta. Le informan que hay un plan secreto de los capitanes españoles que lleva a bordo que intentarían negar la obediencia al portugués durante la travesía. Pero, se logra contener el motín y continúa la navegación sin problema, arribando a la costa brasileña el 29 de noviembre, entrando los cinco barcos a la bahía de Río de Janeiro. Allí, a pesar de tener noticias que los indígenas ponían en un asador a sus enemigos y se los devoraban, establecen con ellos un activo trueque de artículos. Por un anzuelo consiguen seis pollos; por un peine, un par de gansos; por un espejuelo cuatro preciosos papagayos, etc.
Al cabo de trece días, la flota abandona la extensa bahía inolvidable. El 10 de enero ven levantarse de una extensa llanura la colina Montevideo, hoy Montevideo. El seno gigante en que se hallan, no es otro que la desembocadura del río de la Plata, creyendo en principio que habían encontrado el anhelado paso oceánico. Los barcos enviados a comprobar si era un canal, vuelven informando que sólo se trata de una poderosa corriente de agua dulce.
Al proseguir la misión, cambió el clima y la naturaleza: pingüinos temerosos, lobos marinos en las rocas, ninguna señal de vida; una sola vez ven correr en confusa huida a unos hombres salvajes recubiertos de pieles. La soledad se hace cada vez más atroz, más cortos los días y más interminables las noches. La tormenta helada maltrata el velamen, nieve, escarcha mar encabritado. Dos meses demoran entre el río de la Plata a Puerto San Julián, penetrando en la bahía el 31 de marzo de 1520, víspera de Pascua de Flores. El día 1 de abril, domingo de Ramos, Magallanes invitó a capitanes, oficiales y pilotos a una misa en tierra firme, la primera realizada en la Patagonia.
San Julián era una verdadera prisión de invierno y a esa característica se agrega el racionamiento de víveres, especialmente pan y vino. Muchos quieren regresar y ni siquiera un bello discurso de Magallanes calma su estómago hambriento y se cierne la amenaza de un motín.
Ni una misa, ni una cena, logran apaciguar los ánimos. Se rebela el capitán Gaspar de Quezada y asesina de seis puñaladas al maestre Juan de Elorriaga, que sospecha la traición y los tripulantes portugueses son engrillados al mismo tiempo que se abren las despensas para sacar pan y vino en abundancia. La nave San Antonio ha caído en manos rebeldes. Se suman otros buques al San Antonio: el Concepción y el Victoria, sólo queda el Trinidad, porque el Santiago no cuenta. Pero, la audacia del navegante portugués hace que recupere el mando, condenando a muerte a Gaspar de Quezada, ex capitán de la Armada, por homicidio y sedición.
Cinco meses queda sitiada por el invierno, en ese lamentable puerto de las desdichas, la flota de Magallanes. Mientras tanto, se reparan las naves desde la quilla hasta la punta del palo mayor, hasta que por fin aparece una señal de Primavera y con ella un ser humano, un natural que es descrito así por Antonio Pigafetta, (un erudito veneciano nacido en Vincenza, Italia, alrededor de 1490 y que acompañó a Magallanes en el viaje): “Tal era la talla de aquel hombre, que sólo llegábamos a la altura de su cinturón. Tenía esbeltez, colorado el ancho rostro y pintados alrededor de los ojos unos anillos verdes y una mancha en forma de corazón sobre cada mejilla. Su pelo era corto y blanco. Le cubrían unas pieles de animales cosidas entre sí”.
Espanta a los españoles el tamaño descomunal de los pies de aquel fenómeno, y por este motivo bautizan a los indígenas de pies grandes “patagones” y llaman a su tierra Patagonia. Llegan otros y planean capturar algunos ofreciéndoles regalos y a modo de juego les muestran grilletes preguntándoles si no les gustaría ceñírselos a los pies. Ellos aceptan y tintinean las metálicas esposas y en un descuido, ya apresados, son arrastrados al interior de una nave donde inevitablemente morirán de hambre.
Hacia el descubrimiento
El 24 de agosto de 1520 ordena la partida y abandona la fatídica bahía de San Julián y, al cabo de dos días de navegación, vuelve a detenerse en la desembocadura del río Santa Cruz y aconseja otro sueño invernal de un par de meses para las naves.
El 18 de octubre, al cabo de dos meses superfluos de tregua, Magallanes ordena una vez más el avance a toda vela proa al polo sur.
Al tercer día -21 de octubre de 1520- se levanta por fin un cabo con blancos escollos, una playa quebrada.
Y he aquí que, tras este resalto, al cual en conmemoración de aquel día, Magallanes llamó “Cabo de las Vírgenes”, se abre una honda bahía de aguas oscuras que el navegante insiste en dar su vuelta completa. Dos de las naves se quedan para explorar su exterior y las otras dos, la San Antonio y Concepción avanzarán cuando puedan. Al cabo de unos días, regresan con buenas noticias: lo más probable que aquel fiordo, aquel canal, saliera al tan buscado Mar del Sur.
Con sus cuatro barcos emprende el navegante portugués animosamente la navegación de aquel canal, que en conmemoración de la festividad del día bautiza con el nombre de Canal de Todos los Santos y que la posteridad, agradecida, denominará de Magallanes.
El objetivo capital del viaje fue alcanzado, El paso, la travesía al Mar del Sur, podía llamarse una realidad.




