Necrológicas

– Nelda Marina Segura Barría

– Rita Eugenia Cárcamo Lagunas

PARTE 3: Personalidad de Bernardo O’Higgins y su importancia en Magallanes

Lunes 31 de Agosto del 2026

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Varias cosas confluyeron en contra del director supremo en los años finales de su mandato. Su posición como miembro de la Logia Lautaro, la organización secreta de librepensadores creada en Londres por Francisco de Miranda, que, desde 1812 estableció el compromiso de expulsar a los ejércitos españoles de Hispanoamérica, levantaron sospechas acerca de una posible confabulación preparada por miembros de esta logia en el asesinato en Chile de Manuel Rodríguez -entre estos Bernardo Monteagudo, colaborador cercano de O’Higgins- y de los hermanos Carrera en Mendoza, Argentina. En la página 35 del tomo 1 de la colección bicentenario sobre los grandes héroes de Chile, preparada por la editorial Ercilla en 2009, se asegura que el director supremo habría felicitado al gobernador mendocino luego del ajusticiamiento de José Miguel Carrera: “Para usted estaba destinada la gloria de exterminar la turba de anarquistas y su atroz caudillo”.

Su vida familiar y su entorno personal tampoco ayudaron mucho. Su hermanastra, Rosa Riquelme, comenzó a llamarse Rosa O’Higgins cuando el director supremo estaba en el cénit de su popularidad, motivo de chismes y comentarios maliciosos de la gente. O’Higgins le encargó la administración del palacio de gobierno y la realización de un programa para fomentar el arte en Santiago. Reconocida porque odiaba la frivolidad y el lujo, su habilidad en los negocios la llevó a trabar relaciones comerciales incluso, con el ministro Rodríguez Aldea, lo que fomentó las sospechas de nepotismo en el gobierno.

O’Higgins mantenía al mismo tiempo, una relación sentimental con Rosario Puga y Vidaurre, (1796-1858) a quien conoció en Talcahuano separada de hecho de su marido, José María de Soto Aguilar. El divorcio fue inducido por el propio O’Higgins, lo que ocasionó tensiones con la iglesia católica. De aquella unión nació Pedro Demetrio, (1818-1868) a quien el director supremo mandó a bautizar como Demetrio Riquelme, encomendando su cuidado a la abuela Isabel. En este sentido, el director supremo actuó de la misma manera que su padre, cuando aquel fue gobernador de Chile. Algunas investigaciones recientes, sostienen que la separación definitiva entre Bernardo y Rosario se produjo alrededor de 1822 con la aparición de José Antonio Pérez Cotapos de Aldunate, primo de la viuda de Juan José Carrera, con quien terminó casándose en 1829.

Rosario Puga, quien vivió hasta su muerte en calle Santo Domingo 627 (construcción que todavía existe, declarada Monumento Nacional en 1981) en Santiago, nunca más volvió a ver a su hijo Demetrio, el que partió junto con su padre y el resto de la familia del prócer, al Perú. Recién, después del fallecimiento del libertador pudo usar los apellidos O’Higgins y Puga.

Los problemas familiares del director supremo no fueron la única causa de la desaprobación y de la crisis que enfrentó su administración a fines de 1822. Los gastos ocasionados al fisco para sostener las campañas militares, tanto terrestre como marítima, encontraba fuerte oposición en el Senado. La aguda crisis económica, unido al debilitamiento del gobierno en la llamada ‘guerra a muerte’ contra los últimos intentos de dominio español en el país apoyados en el sur por elementos insurgentes, llevó a que las provincias de Concepción y Coquimbo rompieran con Santiago, lo que hizo temer en un conflicto civil. El 28 de enero de 1823 O’Higgins abdicaba al poder en una jornada dramática en donde señalaba:

“Ahora soy un simple ciudadano. En el curso de mi gobierno, que he ejercido con gran autoridad, he podido cometer faltas, pero creedme que ellas habrán sido el resultado de difíciles circunstancias en que me tocó gobernar i no el desahogo de malas pasiones. Estoy dispuesto a contestar las acusaciones que se me hagan i si esas faltas han causado desgracias que no pueden purgarse más que con mi sangre, tomad de mí la venganza que queráis. ¡Aquí está mi pecho!”.

Ideario de las
Fuerzas Armadas

Una vez lograda la victoria en la batalla de Chacabuco, O’Higgins resolvió crear un Ejército que asegurara la independencia en suelo patrio. Para ello dictó un decreto que en su parte medular decía: “Considerando que la libertad del país recuperada felizmente no puede fijarse sin un poderoso ejército que la escude contra la usurpación i que la organización de este ejército exige establecer grandes depósitos i laboratorios de guerra…”.

De inmediato, nombró ministro de guerra con el grado de teniente coronel a José Ignacio Zenteno. A Juan de Dios Vidal Santelices le encomendó la misión de formar un cuerpo de infantería, el que fue llamado “Batallón N°1 del Ejército de Chile”; a José Joaquín Prieto se le instruyó para que fundara un cuerpo de artillería y en Santiago se creó una compañía de caballería denominada después, “Regimiento Cazadores a Caballo”. A continuación, dispuso la creación de una Academia Militar para la preparación de oficiales, sargentos y cabos. En el acta fundacional, O’Higgins escribió: “De esta escuela depende el futuro del Ejército y de este Ejército, el futuro de la Patria”.

El naciente Ejército de Chile reincorporó a los combatientes que no pudieron retornar a Mendoza. El 11 de abril de 1817 contaba ya, con 1.700 soldados. A comienzos de 1818 la fuerza tenía 4.765 hombres, de los cuales 1.930 pertenecían a los batallones 1, 2 y 3; otros 300 estaban en el batallón Concepción; 523 en los Infantes de la Patria; 535 en el Cazadores de Coquimbo; de 100 efectivos disponía la Compañía de Plaza y 160 la Academia Militar; 705 eran del Regimiento de Artillería; 119 integraban la Caballería de Escolta; 51 el Lanceros de Caballería y 342, el Regimiento Cazadores a Caballo.

Con este total de hombres, más los que se agregaron en los meses siguientes, el Ejército libró las batallas de Cancha Rayada y Maipú. La ferocidad de los combates quedó estampada en el número de muertos. Sólo en Maipú, los realistas tuvieron 1.500 muertos y 2.000 prisioneros; los patriotas en tanto, debieron lamentar alrededor de 800 fallecidos y 1.000 heridos.

Después del triunfo en Maipú, O’Higgins se abocó a la creación del poder naval en el país, porque estimaba, que, para asegurar la libertad de Chile se requería tener supremacía en el mar. Esta consideración del director supremo, se revelará fundamental más adelante, cuando los gobiernos de Prieto y Bulnes decidan extender la soberanía nacional al estrecho de Magallanes, pero, para las Fiestas Patrias de 1818 el ideario del director supremo se resumía en una pequeña escuadra comandada por Manuel Blanco Encalada y compuesta por el navío San Martín de 60 cañones y 492 hombres al mando de Guillermo Wilkinson; la fragata Lautaro, de 46 cañones y 393 hombres, al mando de Carlos Wooster; la corbeta Chacabuco, con 20 cañones y 154 hombres al mando de Francisco Díaz; el bergantín Araucano de 16 cañones y 110 hombres, al mando de Raimundo Morris y el bergantín Pueyrredón, con 16 cañones y 100 hombres al mando de Fernando Vásquez.

Una de las hazañas más recordadas de la incipiente escuadra, fue la captura en el puerto de Talcahuano, de la fragata española María Isabel, la que por disposición del Senado pasó llamarse O’Higgins (9-XII-1818). El Congreso invistió al libertador con el título de ‘Gran Mariscal’ y determinó el ascenso del capitán de navío, el ciudadano argentino Manuel Blanco Encalada al grado de contraalmirante, convertido de este modo, en el primer almirante que tuvo la Armada Nacional. Por decreto supremo, el Senado otorgó el grado de vicealmirante al famoso marino escocés Thomas Alexander Cochrane, izando su insignia en la fragata O’Higgins.

De esta época data la influencia británica en la conformación de la escuadra chilena. Por amistad con Cochrane, se embarcaron centenares de ciudadanos extranjeros, ingleses en su mayoría, comprometidos y convencidos al mismo tiempo, de la necesidad imperiosa de que las colonias sudamericanas se libraran del imperio español. Por otra parte, Cochrane hizo ver a O’Higgins y su gobierno de que requería contar con hombres conocedores de las muchas carencias que afectaban a los buques chilenos. Faltaban botes, lanchas auxiliares, maderos, jarcias, telas, maderas, uniformes para las tripulaciones, accesorios y repuestos náuticos esenciales.

Cochrane y Blanco Encalada ganaban un sueldo anual de $6.000 y $4.500 pesos anuales, una sexta parte de los sueldos civiles, si bien, como apunta Ricardo Cox Balmaceda en su libro “La gesta de Cochrane” (1976) en aquel entonces, casi todos los gastos fiscales eran militares y navales. Para sostener los gastos de la Escuadra y concretar el plan expedicionario para la liberación del Perú, O’Higgins propuso un impuesto al Senado consistente en la rebaja de un tercio del sueldo de los funcionarios públicos por seis meses, el que sería devuelto en un plan avisado oportunamente. El recorte comenzó a regir en el verano de 1819, expirando el 2 de julio de ese año, en instantes en que la Escuadra realizaba sus primeras operaciones, lo que forzó al director supremo a solicitar una prórroga de la medida, hasta que se llevara a cabo la empresa de libertar Lima.

Cuando el 6 de septiembre de 1819 La Gazeta Ministerial publicó la decisión de extender el impuesto, los empleados públicos se resignaron, ignorando que el Senado estuvo a punto de rechazar su promulgación. Lo cierto, es que la rebaja se mantuvo un año más hasta que el Congreso determinó el 7 de septiembre de 1820, la cesación del descuento, pero, advirtiendo al mismo tiempo, que no existía aún, un programa claro para devolver los dineros a los servidores del Estado.

El principal problema que debía solucionar Cochrane radicaba en la organización de las naves, porque no había gente con la capacitación adecuada para hacer funcionar todos los departamentos. Los ahora siete buques de la Escuadra, navío San Martín, fragatas O’Higgins y Lautaro, corbeta Chacabuco y bergantines Araucano, Galvarino y Pueyrredón, contabilizaban alrededor de 600 marineros; de los cuales, 392, -255 infantes de marina y 137 grumetes- , eran chilenos, y el resto, extranjeros, ingleses casi en su totalidad. Esa diferencia se acentuaba entre los 31 oficiales, porque sólo 7 eran chilenos.

La composición humana de los buques y la aceptación del grupo extranjero como el de mayor preparación, expresado en los grados que ocupaban, demostraba un hecho lacerante: los marineros chilenos eran aprendices de los británicos, quienes mandaban en verdad; en este sentido, no deja de llamar la atención y hasta es un hecho pintoresco, que la primera Escuadra Nacional diera sus instrucciones en inglés.

A este problema, se sumaba el descontento generalizado por el atraso en el pago de los sueldos, la escasez de vestuario y la incertidumbre con respecto, al derecho de presa, acordado por los marinos antes de embarcarse y que consistía en una práctica universal en todas las marinas de guerra del mundo, en que se permitía capturar naves del bando contrario en caso de un conflicto armado, llevarlas a puerto y luego de un litigio judicial, se establecía la conveniencia de incorporarla a la flota vencedora y se determinaba, al mismo tiempo, las ganancias correspondientes para cada miembro de la tripulación. Aquello se transformaba en un gran negocio cuando se capturaba a una embarcación irregular, la que actuaba en calidad de buque ‘corsario’ o ‘pirata’. En ese caso, los tripulantes de la nave que apresaba, luego de remolcar a puerto a la embarcación capturada, obtenían suculentas ganancias, que variaban, según la legislación de cada nación. Mientras en la armada española, las tripulaciones se beneficiaban con el total de lo recaudado, en la marina británica, no se podía exceder de la mitad del valor tasado por las autoridades marítimas.

Como sabemos, la primera Escuadra Nacional fue esencial en la toma de los puertos de Corral, Valdivia, El Callao, en la liberación e independencia del Perú (28-VII-1821) y en la destrucción de la flota española en América del Sur. El historiador naval Rodrigo Fuenzalida Bade asegura en el tomo I “La Armada de Chile. Desde la alborada al sesquicentenario” que la expedición libertadora costó al erario nacional cuatro millones de pesos de la época, desglosados en $3.500.000 para adquisiciones y equipos para la Escuadra; otros $300.000 en víveres y movilización; y $200.000 en armamentos, pertrechos y equipos para el Ejército, lo que habría hecho exclamar al director supremo:

“Yo debí encanecer a cada instante. Quien no se ha visto en esas circunstancias, no sabe lo que es mandar. ¡Sí patria mía! ¡Fue ese el mayor sacrificio y el más digno que he podido ofrecerte!” 

Con la sola excepción de Chiloé, que rechazó dos intentos de anexión por parte de Cochrane, acciones que, como veremos, no pasaron desapercibidas para O’Higgins, el litoral del Pacífico sur quedó en manos de las fuerzas chilenas. Sin embargo, después de la campaña marítima, la suerte corrida por los primeros buques de nuestra escuadra fue diversa. Unos resultaron hundidos, algunos fueron vendidos, otros terminaron desguazados. Para amortiguar la crisis económica que sufría el país, el director supremo Ramón Freire, firmó el decreto del 1 de abril de 1826 que disolvía y vendía las unidades navales.

O’Higgins en el Perú

Luego de abdicar al poder, se dirigió a la casa que compartía con Rosario Puga en calle Santo Domingo donde vivió hasta el 5 de febrero de 1823. Al día siguiente, viajó a Valparaíso, siendo recibido por su amigo y gobernador de la ciudad, José Ignacio Zenteno. El 17 de julio se embarcó con su madre, hermana e hijo en la corbeta de guerra inglesa “Fly” con destino al Perú.

En Lima fue testigo de las victorias decisivas de los ejércitos patriotas comandados por Simón Bolívar y José Antonio de Sucre contra los realistas en Junín y Ayacucho, que ratificaba la independencia peruana y sellaba la suerte del viejo virreinato de Lima. En enero de 1825 estaba instalado en su hacienda de Montalván, donde residió los próximos dieciséis años.

La figura de O’Higgins siguió provocando sentimientos encontrados en Chile. En septiembre de 1825, cuando Freire solicitó fondos al Congreso para llevar a cabo la que sería la última campaña para anexar a Chiloé y reservó el nombre del general que debía comandar el ataque, mucha gente creyó que el elegido sería el ‘padre de la Patria’. Según lo afirmado por Juan Agustín Rodríguez, en su obra “La vida militar de O’Higgins”, los partidarios del prócer lo destacaban en todos lados y fue la causa de una insurrección acaecida en el archipiélago, lo que obligó a Freire a dar de baja al ex director supremo del escalafón del Ejército, lo que no mitigó la oposición del Congreso a su persona y su gobierno, debiendo renunciar a su cargo, el 3 de julio de 1826.

Los problemas políticos se agudizaron en los años siguientes. El 18 de septiembre de 1831 O’Higgins felicitó al general Joaquín Prieto, como nuevo presidente de la República. Un mes antes, hacía llegar por intermedio del comandante Fitzgerald una carta al capitán Coghland de la Real Armada Británica que decía:

“Chile Viejo i Nuevo se extiende en el Pacífico desde Mejillones hasta Nueva Shetland del sur en la latitud 65 sur i en el Atlántico desde la península San José en latitud 42 hasta Nueva Shetland del sur, o sea 23 que añadidos a los 42 del Pacífico hacen 65 o sea 3.900 millas geográficas con una superabundancia de excelentes puertos en ambos océanos i todos ellos salubres en todas las estaciones”.   

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