Cuando la inteligencia artificial hace la tarea: ¿quién está aprendiendo?
Carolina Vásquez, Académica departamento
Terapia Ocupacional Umag
Un estudiante recibe una tarea escolar. Debe investigar un tema, organizar la información y escribir una reflexión. Hace algunos años, probablemente habría buscado en libros o en internet, leído distintas fuentes, seleccionado información y construido una respuesta. Hoy puede tomar su teléfono, escribir una pregunta a una herramienta de inteligencia artificial y, en pocos segundos, obtener un texto ordenado, coherente y aparentemente perfecto. La tarea está terminada. Pero surge una pregunta que como sociedad deberíamos hacernos: ¿quién hizo realmente el proceso de aprendizaje?
La inteligencia artificial llegó para quedarse y sería poco realista pensar que la respuesta educativa consiste simplemente en prohibirla. Estas herramientas ofrecen enormes posibilidades: facilitan el acceso a información, permiten explicar contenidos de distintas maneras, apoyan la organización de ideas y pueden convertirse en un recurso valioso para estudiantes y docentes. El problema no está necesariamente en utilizarlas, sino en qué dejamos de hacer cuando delegamos en ellas procesos fundamentales para aprender.
Desde la Terapia Ocupacional existe una mirada que puede aportar a esta discusión: las personas nos desarrollamos también a través de nuestras ocupaciones, es decir, mediante aquellas actividades que realizamos cotidianamente y que tienen propósito y significado. En la niñez, jugar, aprender, participar en la escuela, relacionarse con otros y avanzar progresivamente hacia una mayor autonomía constituyen ocupaciones fundamentales para el desarrollo. Desde esta perspectiva, una tarea escolar no es únicamente un producto que debe ser entregado, sino también una experiencia que permite explorar, resolver problemas, tomar decisiones, equivocarse y desarrollar nuevas capacidades.
Buscar información, equivocarse, intentar nuevamente, escribir, resolver un problema o enfrentarse a una respuesta que no aparece inmediatamente son experiencias necesarias. En ellas se ejercitan la atención, memoria, lenguaje, planificación, creatividad, razonamiento y toma de decisiones. Incluso la frustración de no saber algo puede movilizarnos a buscar alternativas, pedir ayuda y perseverar. Cuando una tecnología elimina completamente ese proceso, podemos obtener un mejor resultado, pero perder parte de la experiencia que permitía aprender.
Algo similar ocurre en la universidad. Si un estudiante solicita a una inteligencia artificial que redacte un ensayo, analice un caso o resuelva una actividad y posteriormente entrega esa respuesta sin cuestionarla, puede obtener un excelente producto, pero eso no significa necesariamente que haya desarrollado las competencias que buscamos formar. En futuros profesionales esta diferencia es especialmente relevante: necesitamos personas capaces de analizar, argumentar, cuestionar información y tomar decisiones, no solamente de producir respuestas correctas.
Esto también nos obliga a revisar cómo enseñamos y evaluamos. Si una tarea puede ser resuelta completamente por una inteligencia artificial en segundos, quizás debamos preguntarnos qué queremos evaluar. Más que combatir una herramienta, necesitamos experiencias que exijan explicar decisiones, relacionar conocimientos con situaciones reales, defender una postura y demostrar cómo se llegó a una conclusión.
Durante la infancia y la adolescencia, además, ninguna tecnología puede reemplazar experiencias esenciales para el desarrollo: jugar, conversar, leer, escribir, moverse, explorar, crear, aburrirse y compartir con otros. Desde una mirada ocupacional, el desarrollo ocurre participando y haciendo, no solamente obteniendo resultados.
La pregunta, entonces, no debería ser si nuestros niños y jóvenes utilizan inteligencia artificial, sino cómo la utilizan y qué oportunidades de hacer, pensar, crear y aprender estamos preservando mientras lo hacen.
Probablemente aprenderán rápidamente a conversar con una inteligencia artificial. Nuestro desafío como familias, educadores y universidades será enseñarles a cuestionarla, verificar lo que entrega y utilizarla para ampliar sus capacidades, no para reemplazarlas.
Porque en educación, terminar una tarea nunca ha sido el verdadero objetivo. El aprendizaje está, precisamente, en todo lo que ocurre mientras aprendemos a hacerla.




