El centralismo: la sopa no se puede comer con el tenedor
¡Es evidente que la sopa no se puede comer con el tenedor! El tenedor está hecho para recoger porciones grandes y sólidas, no recoge la sopa. Algo parecido es lo que pasa con el centralismo en nuestro país: el tenedor del centro recoge porciones consistentes y, como si fuera poco, a las regiones les pasa un tenedor para que se tomen el caldito que ha quedado en el plato.
Estos días llenos de chilenidad son una buena ocasión para mirar lo que ocurre entre el centro y las regiones de nuestro largo y angosto país. No me voy a detener en las estadísticas y cifras que muestran cómo el centro santiaguino se sirve con su tenedor las porciones sólidas y consistentes, y entrega a las regiones las mismas herramientas legales -el tenedor- para que se sirvan el caldito. Este problema ocurre en todas las áreas: la reducción presupuestaria para los gobiernos regionales, el transporte y la conectividad, las inversiones en infraestructura pública, el alto costo de la vida en regiones (¡los fletes, los fletes!), los recursos del sistema de salud y la carencia de especialistas en regiones, el acceso a educación de calidad (trate de imaginar cuánto cuesta enviar a un hijo a estudiar a Santiago), la ausencia de efectivas leyes que promuevan el desarrollo regional e incentivos para los habitantes de zonas extremas y los eventuales inversionistas, y un largo etcétera. Bueno, ahora que se habla tanto de soberanía, el desarrollo de las regiones, especialmente las regiones extremas, es hacer efectiva la soberanía.
El centro, es decir, “los nortinos” (desde acá, de Puerto Montt para arriba, todos son nortinos, y particularmente, los santiaguinos) viven en la ignorancia de la historia, geografía y cultura de las regiones, indicando un gran vacío en lo que se enseña sobre nuestro país en el sistema escolar. Los ejemplos grotescos abundan, como la vocera del Gobierno que no es capaz de responder sobre la soberanía chilena en la boca oriental del estrecho de Magallanes, y luego dice “no sabía de qué me estaban preguntando”. O cuando entró en erupción el volcán Hudson, en Aysén, en 1991, llamaron desde un importante diario santiaguino a un reportero gráfico de Punta Arenas, pidiéndole una fotografía de la erupción para la portada, ¡sin saber que ese volcán está a más de 800 kilómetros de Punta Arenas! En fin…
Mañana, 21 de septiembre, celebramos en Punta Arenas los 183 años de la llegada de la goleta Ancud que, en una acción que honra a la Armada de Chile y a los chilotes que en ella venían, tomó posesión del estrecho de Magallanes, de estas tierras y mares australes. Por cierto, en el resto del país, son muy pocos los que saben algo de esto. Seguramente, muchas autoridades y ciudadanos que ahora celebran los 216 años de la independencia de Chile, no tienen idea que en la Patagonia somos chilenos “posteriores”, desde hace 183 años.
Hace 200 años, el 18 de enero de 1826, se firmó el “Tratado de Paz de Tantauco”, poniendo fin a la guerra en que Chile anexó Chiloé, que era la última provincia española en América del Sur. El Tratado de Paz de Tantauco comienza diciendo: “la provincia y archipiélago de Chiloé con el territorio que abraza, y se halla en poder del ejército real, será incorporado a la república de Chile como parte integrante de ella, y sus habitantes gozarán de la igualdad de derechos como ciudadanos chilenos”. Luego de esta anexión, Chiloé estuvo largamente abandonado por el Estado de Chile, sólo en las últimas décadas Chiloé ha estado presente a través de una valoración de su cultura, del turismo y… las salmoneras.
Así, el centro ha ido incorporando territorios australes por la pacífica toma de posesión del estrecho o por la conquista militar de Chiloé, y no hablemos del norte del país; es decir, el centro ha ido alargando sus orillas hacia el norte y hacia el sur. Haya sido como haya sido, éste es ahora el Chile real en el que el Estado debe ejercer su soberanía, comenzando desde las orillas hacia el centro.
¿Será posible? No lo sabemos, pero lo deseamos. No es una empresa menor, porque los políticos buscan votos, y los numerosos votantes no están en las regiones extremas de escasa población, sino en el centro. Se requiere una conversión cultural y política del centro santiaguino hacia las regiones extremas. Conversión que significa mirar a Chile en sus diferentes necesidades regionales, en su diversidad cultural, y la clara conciencia de que la unidad nacional se construye desde las regiones hacia el centro. Lo que sí está muy claro para las regiones, para la Patagonia, es que la sopa no se puede comer con el tenedor.




