“Me retiro con la satisfacción del deber cumplido”
- Tiene 72 años y fue jefe del Departamento de Protección contra Incendios Forestales. Nació en Contulmo, llegó a Magallanes por trabajo y pasó más de dos décadas en Torres del Paine. Técnico forestal e ingeniero en prevención de riesgos, motoquero y músico, no se desvincula del todo: seguirá como consultor y asesor.
Por María Pastora Sandoval
René Alfonso Cifuentes Medina nació en Contulmo, un pequeño pueblo de la provincia de Arauco, entre el Biobío y la Araucanía, enclavado entre dos lagos -el Lanalhue y el Lleulleu- en la cordillera de Nahuelbuta. Recuerda el lugar como bello y uno de los más prístinos de Chile. Crecer ahí, rodeado de bosque nativo y esa naturaleza del sur profundo, marcó su camino desde el principio: la cercanía con el entorno natural no fue una elección sino una condición de origen que terminó convirtiéndose en vocación y luego en profesión de toda una vida. Llegó a Magallanes por la Corporación Nacional Forestal (Conaf) a mediados de los años 80 y ya no se fue. El 31 de agosto de 2026 fue su último día de trabajo tras décadas al frente de la protección de los ecosistemas más australes del país. “Me retiro con la satisfacción del deber cumplido”, confiesa.
Contulmo tiene además un dato histórico singular: es el punto más al norte donde se establecieron colonos alemanes en Chile, un salto boreal respecto al corredor colonizador que siguió el eje de Puerto Varas y Valdivia. Y fue precisamente en su pueblo de origen donde a comienzos de los años 70 se instaló una escuela de técnicos forestales financiada por la Misión Forestal Alemana, el Ministerio de Educación y la Conaf, creada para atender la creciente demanda de profesionales que exigía el boom de las plantaciones forestales en Chile. Cifuentes egresó de esa escuela en 1973 como técnico forestal. Lo estaban esperando: su primer trabajo fue en el Instituto Forestal, organismo de investigación con sede en Santiago, donde comenzó su vida laboral haciendo inventarios forestales en el sur de Chile. Recorrió el bosque nativo de Valdivia, el Complejo Panguipulli y las plantaciones de gran parte del sur del país. “Recorrí gran parte del sur de Chile donde había bosques”, dice. Esa formación en terreno fue la base de todo lo que vino después.
Sus primeros años en Magallanes los pasó en Torres del Paine, donde llegó con cámara fotográfica y equipo completo, dispuesto a documentar todo: paisajes, fauna, flora, aves en invierno y en verano. Acumuló cajas con diapositivas y fotos impresas que constituían un registro histórico del parque. Todo se perdió en un incendio que destruyó las oficinas durante uno de los inviernos, cuando casi no había personal. “La historia no se pudo recuperar. Fue muy doloroso”, recuerda. Sin embargo, conserva tesoros que el fuego no alcanzó: el libro que expone el plan de manejo del Parque Nacional Torres del Paine, de los años 70, y ejemplares de la Revista Ñandú, el informativo del parque del que era director subrogante. Son documentos históricos que hoy tienen un valor patrimonial irremplazable.
Fue del equipo pionero del cuerpo de guardaparques del Parque Nacional Torres del Paine en 1976, grupo que tuvo la misión de trabajar en la transición que convirtió el lugar en un área protegida, lo que implicó también evangelizar al respecto y educar sobre temáticas que hoy ya están incorporadas por sus visitantes, como el cuidado del medio ambiente en el recorrido.
Lo más significativo de esos años no fue sólo el trabajo: fue que su hija mayor creció ahí. Llegó al parque desde Puerto Natales cuando tenía tres meses y se crió en Torres del Paine hasta los cinco años, entre inviernos crudos en que se cortaban los caminos con la nieve, las cañerías congeladas que obligaban a ir a buscar agua al lago, y la comida a veces escaseaba. Más tarde, cuando René fue destinado a la Reserva Nacional Lago Peñuelas en la Región de Valparaíso, sus hijos menores también crecieron en contacto permanente con la naturaleza. “Por motivación, porque me vieron siempre en mi trabajo, siempre han sido muy cercanos a la naturaleza”, sostiene. Ninguno siguió alguna profesión relacionada directamente a la de su padre, pero los tres llevan algo de esa crianza: Carla, Trabajadora Social, que creció en Torres del Paine y trabajó muchos años en el Fosis hasta llegar a directora del Instituto Nacional de la Juventud; Gonzalo, que fue bombero, entró a la Escuela de Aeronáutica y hoy trabaja en el sistema de extinción de incendios de aeropuertos, juntando sus dos pasiones; y Pablo, profesor de castellano que derivó hacia la política, fue concejal, presidente del Frente Amplio y hoy trabaja en la oficina distrital de la diputada Morales. Los tres fueron scouts. Tiene dos nietos, Vicente y Matías, ambos ya mayores de edad. “Estoy muy orgulloso de mis hijos y también de mis nietos”, afirma.
Los incendios de
Torres del Paine
Torres del Paine ha sufrido varios incendios de gran magnitud a lo largo de su historia, y Cifuentes conoce esa historia desde adentro. Vivió en el parque durante los años en que la amenaza del fuego comenzó a ser reconocida como el principal riesgo para su ecosistema. El incendio de 1985 arrasó con aproximadamente 14.000 hectáreas, afectando bosques de lenga y ñirre, matorrales y pastizales. El de 2005 consumió unas 16.000 hectáreas. Y el de 2011-2012 fue el que quedó en la memoria colectiva: un turista israelí encendió un calentador de cartón en una zona prohibida del camping Las Torres, con viento fuerte. El fuego se propagó rápidamente y destruyó más de 17.000 hectáreas, incluidos sectores de bosque nativo de alto valor biológico que tardaron décadas en formarse. Las imágenes dieron la vuelta al mundo. Ese incendio cambió los protocolos y la conversación sobre el turismo en áreas protegidas. “Esos incendios te marcan”, dice Cifuentes. “Porque uno siente la responsabilidad de proteger algo que no tiene precio y que cuando se pierde, no vuelve”. La deuda con el territorio es permanente, y en el caso del Paine, también la deuda con la historia: la Revista Ñandú y el plan de manejo de los 70 son dos testimonios de que hubo quienes miraron el parque con visión de largo plazo desde mucho antes de que el mundo lo descubriera.
El trabajo en incendios forestales combina ciencia, tecnología y decisiones bajo presión extrema. La paradoja del fuego, como él la llama, es que a veces hay que usar el fuego para combatir el fuego: la técnica de cortafuegos implica eliminar la continuidad del combustible para frenar el avance de las llamas, una operación que requiere precisión y conocimiento del comportamiento del fuego en cada tipo de vegetación y condición climática. Tierra del Fuego, con sus bosques de lenga y sus condiciones de viento, es un territorio de alto riesgo que René conoce bien. En 2022, el incendio del sector de Rufino afectó bosques nativos de alto valor biológico. Para controlarlo trajeron aeronaves desde la zona central: un C-130, dos aviones más pequeños y helicópteros. “Pusimos todos los medios disponibles”, dice. La carrera en Conaf demandaba terreno constante, decisiones difíciles y disponibilidad total en los veranos, precisamente cuando los suyos querían estar con él. “La deuda que tengo con la familia son las vacaciones de verano”, señala. “En ese periodo yo no podía estar con mis hijos”.
Motoquero,
músico y forestal
René Cifuentes no es sólo el hombre de los incendios. Es motoquero, afición que le ha permitido recorrer el territorio y sentir el paisaje desde la ruta, con el viento y el paisaje patagónico como telón de fondo permanente. Y es músico: en su juventud integró Los Maac, una banda con la que tocó durante años y que quedó guardada en la memoria de quienes los conocieron. Décadas después, los integrantes se han vuelto a reunir ocasionalmente, convocados por esa historia compartida. La música, la moto y los árboles son tres dimensiones del mismo hombre que un día llegó a Magallanes con una cámara y decidió quedarse.
La jubilación no significa desconexión. Además de técnico forestal, Cifuentes es ingeniero en prevención de riesgos, calidad y medio ambiente, y planea seguir activo como consultor y asesor en gestión de incendios forestales. Tiene contactos en países europeos con quienes intercambia permanentemente información sobre los avances de la disciplina: la ciencia del fuego, la tecnología aplicada al combate, los recursos humanos y la gestión de crisis en incendios de interfaz urbano-forestal. “El tema del manejo del incendio también tiene una gran parte de ciencia y tecnología. Hay que estar al tanto”, indica. También planea escribir: experiencia y conocimiento que, dice, quiere dejar documentados para aportar a quienes vengan después. Cuando se le pregunta si este verano, al fin, se tomará vacaciones, la respuesta llega sin dudar: “Eso está decretado”.




