Vegas, las esponjas que sostienen la estepa
Un estudio internacional liderado por un investigador de Inia Kampenaike reunió casi mil muestras de suelo de vegas de la Patagonia austral. Sus resultados muestran que estos humedales pueden almacenar en su suelo más carbono por hectárea que los suelos de la Amazonía occidental, y que la degradación, causada principalmente por el sobrepastoreo, puede reducir su producción de forraje a menos de un tercio.
Quien haya cruzado la estepa magallánica conoce la escena. En medio de un paisaje de coirones, azotado por el viento y con muy poca lluvia, aparecen de pronto manchones verdes donde se concentran el ganado y la fauna nativa. Son las vegas, o mallines del lado argentino: humedales alimentados por aguas subterráneas que se formaron tras el retiro de los glaciares y que cubren cerca del 4% de la Patagonia austral. Aunque forman parte del paisaje de todos los días, siguen siendo grandes desconocidas para la ciencia.
Así lo confirma un estudio publicado a fines de 2025 en Geoderma, una de las revistas más importantes del mundo en ciencias del suelo. El trabajo fue liderado por Jorge Ivelic-Sáez, investigador de INIA Kampenaike, como parte de su doctorado en Ciencias Agrarias en la Universidad Austral de Chile, bajo el alero del proyecto FONDECY Regular 1231934, de la Dra. Dorota Dec, perteneciente a la misma institución.
“Cuando se habla de humedales y carbono, siempre se piensa en las turberas de musgo Sphagnum. Pero en la estepa las vegas son incluso más relevantes: guardan carbono, regulan el agua y sostienen la ganadería, y desde las ciencias del suelo sabíamos muy poco de ellas. Por eso juntamos toda la información disponible para construir una primera línea base”, explica Ivelic-Sáez. El resultado fue una base de datos de casi mil muestras de suelo, buena parte de ellas de 103 calicatas, reunidas en vegas de Magallanes, Tierra del Fuego y el sur de Santa Cruz.
¿Qué hace el
suelo por nosotros?
Para medir el aporte de las vegas, el equipo se enfocó en los servicios ecosistémicos del suelo, es decir, los beneficios que las personas obtienen de él, muchas veces sin notarlo. Un suelo sano produce el pasto y los alimentos, guarda y regula el agua, almacena carbono y así ayuda a regular el clima, recicla los nutrientes que necesitan las plantas y es el hogar de una enorme diversidad de organismos, muchos de ellos microscópicos. El estudio evaluó cuatro de las funciones que sostienen esos servicios: la producción de biomasa, la regulación del agua, el almacenamiento de carbono y el contenido de nutrientes.
Una vega, tres sectores
Una vega no es pareja. Según cuánta agua tiene el suelo, se distinguen tres sectores. El centro es el sector húmedo: el agua subterránea está muy cerca de la superficie, el suelo pasa saturado gran parte del año y es orgánico, oscuro y esponjoso, parecido a la turba. Lo rodea el sector mésico, una franja de transición con humedad intermedia. Y en el borde está el sector xérico o seco, de suelo más mineral y arenoso, que se parece cada vez más a la estepa que rodea a la vega.
Las diferencias se notan en el pasto: en promedio, el sector húmedo produce unos 2.800 kilos de materia seca por hectárea al año, el mésico unos 950 y el seco, cerca de 620.
Esponjas en
medio de la estepa
En la estepa llueve menos de 600 milímetros al año y el viento seca todo. Ahí las vegas funcionan como esponjas. Según el estudio, sus suelos almacenan en promedio unos 8.500 metros cúbicos de agua por hectárea en los primeros dos metros de profundidad. Es como si cada hectárea guardara una lámina de agua de 85 centímetros, más de lo que llueve en todo un año en la estepa. Sumadas todas las vegas de la Patagonia austral, la cifra llega a unos 25 kilómetros cúbicos, el equivalente a diez millones de piscinas olímpicas.
“Una vega se carga de agua en invierno y a comienzos de la primavera, y la va entregando en verano, justo cuando el campo más la necesita. Si la compactamos o la degradamos, esa esponja se aprieta y pierde capacidad”, señala el investigador.
Más carbono que
suelos de la Amazonía
Los suelos de las vegas también son grandes almacenes de carbono. Según el estudio, una vega puede almacenar hasta 300 toneladas de carbono por hectárea en sus primeros dos metros, cifra que resulta de sumar lo que guarda su sector húmedo (unas 149 toneladas) y lo que guardan sus sectores mésico y seco (unas 150).
Es más carbono por hectárea que el que guardan los suelos de la Amazonía occidental de Brasil o los de bosques de Rusia, y una cantidad similar a la de turberas del hemisferio norte y de Chile.
Cada sector guarda el carbono de una manera distinta. En el sector húmedo, el agua llena los poros del suelo y deja poco oxígeno, por lo que los microorganismos descomponen la materia orgánica muy lentamente, como si estuviera en conserva. En los sectores mésico y seco, en cambio, el carbono queda protegido al unirse al hierro y al aluminio del suelo.
Por eso el calentamiento global preocupa: con temperaturas más altas, la descomposición puede acelerarse y parte de ese carbono puede volver a la atmósfera como dióxido de carbono. A ello se suma que la degradación puede reducir hasta en 20% la capacidad de estos suelos para almacenar carbono y agua.
La huella de la ganadería
Las vegas son un recurso forrajero clave para los campos de la estepa, y esa misma importancia las ha puesto en riesgo. Según el estudio, la principal causa de su degradación ha sido la ganadería: el sobrepastoreo y el pisoteo constante del ganado compactan el suelo, reducen la cubierta vegetal y lo dejan expuesto a la erosión. También influye, en algunas zonas, la industria del petróleo y el gas.
Una vega degradada se reconoce por el suelo desnudo, las costras de sal en la superficie y la pérdida de materia orgánica. También aparecen plantas indicadoras como Azorella o Caltha.
Los números hablan por sí solos. Una vega en buen estado produce en promedio unos 2.400 kilos de materia seca de forraje por hectárea al año. Una degradada produce menos de 700, es decir, menos de un tercio. Un estudio citado en el trabajo estima, además, que la degradación puede reducir en 19% el número de ovejas que un campo puede sostener por hectárea. Así, la degradación termina perjudicando a la propia ganadería.
“Cuando una vega se degrada no solo baja la producción de pasto. También pierde parte de su capacidad de guardar agua y carbono, y eso afecta al productor, pero también a toda la región”, advierte Ivelic-Sáez.
Un “examen de suelo”
para las vegas
Para avanzar hacia un manejo sostenible, primero hay que saber en qué estado está cada vega. Hoy eso se evalúa sobre todo mirando la vegetación. El equipo propuso sumar el suelo y desarrolló un modelo de aprendizaje automático, una herramienta de inteligencia artificial que aprende a partir de ejemplos. El modelo clasifica una vega como en buen estado, moderada o degradada a partir de cuatro indicadores: carbono orgánico, pH, salinidad (medida como conductividad eléctrica) y capacidad del suelo para retener agua.
Son indicadores sensibles al manejo. Cuando el suelo queda descubierto, pierde carbono y, con la mayor evaporación, se vuelve más alcalino y salino. Cuando se compacta por el pisoteo, pierde capacidad de retener y conducir el agua.
El modelo acertó en dos de cada tres casos de prueba y fue especialmente bueno reconociendo vegas en buen estado: identificó correctamente 17 de 19. Le costó más separar las moderadas de las degradadas, por lo que los autores lo presentan como una primera aproximación.
“Con pocos indicadores de suelo ya podemos tener una primera señal del estado de una vega. Pero para usarlo en decisiones de manejo o en políticas públicas necesitamos más datos, medidos de forma estandarizada y distinguiendo si se trata del sector húmedo, mésico o seco”, explica el investigador.
Sin protección
bajo presión
Según advierten los autores, las vegas no cuentan con una protección ambiental específica en Chile. A la presión ganadera se suman la industria del petróleo y el gas y, más recientemente, los proyectos de hidrógeno verde. A esto se agrega el cambio climático, con temperaturas en alza y eventos extremos más frecuentes que pueden debilitar la estructura del suelo y alterar el ciclo de los nutrientes.
Por eso el estudio propone también una definición clara. Las vegas son humedales de la estepa patagónica alimentados por aguas subterráneas, que van desde un centro húmedo hasta una periferia seca, sin importar el tipo de suelo o su estado. Contar con una definición común es la base para incluirlas en estrategias de conservación y de uso del territorio.
En una región donde el agua escasea, el viento seca y el clima cambia, las vegas son mucho más que un buen potrero: son la reserva de agua, carbono y vida de la estepa. Medir su salud es el primer paso para cuidarlas.




