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Lectura y digitalización (ensayo)

Por Jorge Espicel Cárdenas Lunes 5 de Octubre del 2026

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Cuando decidí ese día ir a la nueva Biblioteca 114 recién inaugurada, iba distraído pensando solamente en cuáles serían lascondiciones en que encontraría los tomos de la colección de diarios de los años 1900, que mi misión era repasar en busca de ganadores literarios municipales en los albores de la Ilustre Municipalidad de Punta Arenas.

Ni pasó por mi cabeza la sorpresa de lo hermosa que sería en sí misma. Distinta a las habituales, alejada del silencio casi hosco de estas instituciones, había allí dedicado un lugar destinado a biblioteca infantil, con mobiliario y adornos ad hoc. Espaciosa, ampliamente iluminada gracias a sus grandes vitrales, y risas infantiles rebotaban en sus paredes.

Una madre, que no se empinaba sobre los dieciocho años, trataba de controlar a su hijo de unos tres, que hojeaba un libro de cuentos, mientras otros derechamente jugaban. No pude desechar la idea de dedicar unos minutos a ese lugar y tomar algunas fotografías.

Qué magnífica idea la de aquellos que crearon esto. A los tres años, un buen cuento o un buen dibujo tiene la virtud de dejar imágenes indelebles en aquel cerebro en desarrollo que, luego, de grande, le costará a su dueño explicarse los porqués de su extraordinario gusto por la lectura. Tomé una fotografía a aquella imagen y la comparé instintivamente con otra mía de décadas y décadas atrás, cuando mi madre me llevaba de la mano a las librerías para que eligiera algún libro de cuentos, y mientras lo hacía, miraba en uno de ellos a un niñito hábilmente delineado mientras su padre le explicaba que los anillos de un árbol derribado eran, en realidad, sus años de vida.

Tendría yo apenas un par de años más que el que ahora, embelesado, miraba los esbozos que le enseñaba su mamá.

Esa misma escena me hizo pensar en cuántos niños, hoy, no tendrán la oportunidad de vivir algo parecido con nuestro propio patrimonio, simplemente porque este sigue durmiendo, sin digitalizar, en los estantes. Es cierto que los recursos siempre son escasos, pero no es menos cierto que las políticas públicas tienen fijado su punto de vista en la caza del sufragio más que en fijarse en la tutela y necesidades de un niño que no vota. Si bien no es dable abarcar todo de forma genérica pues consta que existen directivos locales que tienen la inquietud de mejorar la comprensión lectora ya que, en los tiempos que corren, el gusto por la lectura ha disminuido y también la oral. Pero son sólo excepciones, no la regla. Como si fuera poco, no hay que escarbar mucho para encontrarse con que ellos también cuentan con trabas dado el asfixiante sistema centralista. Así las cosas, digitalizar tantos libros, revistas y diarios de nuestro exquisito patrimonio cultural, vegetan porque la Ley de Transparencia –creada en 2006 para garantizar el acceso equitativo a la información- nunca ha contado con los fondos necesarios para llevar a cabo esa digitalización.

Esta documentación flota en un limbo oscuro donde no tienen acceso ni los investigadores, ni los historiadores, ni los literatos, y sobre todo, no accede la propia niñez y juventud. Digitalizar es acercar todo esto a la gente y cultivar en ella el amor por tantas vivencias pasadas que pueden transformar su visión del mundo.

Digitalizar es conocer al escritor y a la sociedad en la cual está o estuvo inserto; es comprenderla para encontrar la manera de superar las desigualdades y la polarización.

Con el correr del tiempo, se va añadiendo otro factor: esta problemática trastorna lo que es digitalizar, en compleja arqueología digital, pues las revistas y diarios se deterioran, se rompen, y secciones completas están raídas y otras derechamente roídas por ratones; pero vale la pena. De hecho, ¿a quién no le gustaría disfrutar un poema estampado por alguien “de los numerosos sabios que en el mundo han sido”, mientras sólo a unos pocos metros más allá niños gritan y saborean sus libros infantiles? Están en la misma sintonía, y los rebotes locales de sus risas se trastocan, en la mente adulta, en la exquisitez de una lectura escrita en español antiguo.

En esos tomos centenarios de diarios aún no digitalizados -como Domo Nova, Magellan Times, El Comercio, La Unión, La Verdad… o revistas como Mireya, Germinal, Despertar, Viento Sur, Austral- están escondidas las penas y alegrías de nuestros ancestros.

Alfonso Alcalde decía no saber cuál era la razón de Chile para alabar tanto a sus escritores, para luego, rápidamente, olvidarlos. Mientras que Wellington Rojas Valdebenito presagiaba: “Lo curioso es que tanto alarde está dirigido a resaltar dos o tres nombres”.

No pretende esto ser un estudio antropológico de lo que debiera ser la transparencia, pero es indudable que aquí hay ciertos miedos que impiden que se cumpla con lo que la ley mandata, y todos debiéramos hacer algo al respecto. Porque si hay una certeza, es que Magallanes es -de todo Chile- la región que tiene más escritores en relación a su número de habitantes, y la digitalización los resucitaría para satisfacción de la infancia, con sus risas encantadas, incluyendo a autores y su obra -aunque sea de menor cuantía- incluyendo a un reciente ilustre desconocido, un pionero moderno, que publicó su segundo “autolibro” infantil y que aportaría a que esas sonrisas siguieran creciendo, para beneficio de esta misma región.

Nunca se sabe si, un mañana cualquiera, pase a ser motivo de culto, porque ninguna de las instituciones encargadas -que debieran hacer algo por él hoy- lo posponga con la excusa de siempre: falta de recursos; posponga su obra sin siquiera conocerla, y, por último, lo posponga porque no les importa.

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