“El capital humano del Chile de hoy, se logró hace poco”
- Con su certero libro-denuncia, este médico y Premio Nacional de Ciencias pone el dedo en la llaga en la historia social y política del Chile de la segunda mitad del siglo XIX.
Aún es tiempo de homenajear en vida a este chileno cuyo prestigio traspasó las fronteras. Haber derrotado la desnutrición en Chile es algo que muchos países de América Latina -con más recursos- aún no han logrado.
Con legítimo orgullo puedo decir que fui su amigo, aunque ya no lo visito en su departamento en la comuna de Las Condes, pues el fallecimiento de su señora esposa lo sumió en un severo estado de tristeza.
¿Cuántas veces lo entrevisté? Ni yo lo recuerdo.
No fue hace tantos años.
En las década de los setenta en Chile nacían -cada año- más de trescientos setenta mil niños y por lo menos la mitad estaba siendo continuamente lacerada a perpetuidad por la desnutrición, la ignorancia y la pobreza del ambiente familiar. El perjuicio comenzaba antes de nacer. A los nueve meses de embarazo, el 12 por ciento de los niños pesaba menos de dos kilos y medio (lo normal eran tres kilos y medio), lo que equivalía a una desnutrición de tercer grado, simplemente irreversible.
Otro porcentaje mayor nacía con déficit de peso variable, entre dos kilos y medio y tres kilos, lo que significaba que también ellos habían sufrido algún grado de daño intrauterino por subalimentación de la madre.
¡Esta era la patética realidad de un Chile no tan pretérito! ¿Cómo logramos avances notables en pocas décadas hasta lograr erradicar la desnutrición?
El doctor Fernando Monckeberg pertenece a esa legión de chilenos con los cuales el país aún está en deuda. Alma, mentor y guía de una lucha noble y solitaria, hoy es reconocido hasta por una clase política que se mantuvo ajena a este desafío, de largo aliento y de tesón inquebrantable.
Se trata de una obra escrita en torno directo, ajeno a los afeites o piruetas literarias. En lenguaje directo y a ratos muy coloquial, con humor colindante con el sarcasmo, la piedra angular de esta suerte de Memorias en torno a la salud pública,
Su libro “Contra viento y marea”, constituye una importante fuente documental para la historia social y política del Chile de la segunda mitad del siglo XX.
A sus 100 años recién cumplidos, el doctor Monckeberg Barros ha vivido en tensión de interés por los problemas nutricionales que afectan a la humanidad y a nuestro país; y en una de sus variadas propuestas, llega a formular un llamado para crear una verdadera conducta solidaria para salvar al hombre de su inmersión en el pozo del yo y elevarlo al aire pleno del nosotros.
Y en esa misión tan digna como noble, la voz de Fernando Monckeberg se empina con peso específico propio. Este médico -que debiera inaugurar ganando el Premio Nacional de la Paz- es aún de las pocas personalidades del quehacer científico chileno que fue requerido constantemente por los centros académicos de Europa, Estados Unidos y hasta Israel.
Sabemos, aquilatamos y admiramos que el doctor Monckeberg haya liderado la lucha contra la desnutrición infantil, “ese mal oculto” que ya en 1950 mataba a más de un 40 por ciento de los niños chilenos menores de un año.
La ciencia chilena -en estado larvado y casi “desnutrida”- ha engendrado seres de una inteligencia excepcional puesta al servicio de los demás. La jerarquía moral del doctor Monckeberg rompe todos los moldes. Lideró una cruzada para erradicar la desnutrición ”contra viento y marea” en un país de tantas lacras que omitió una que hería el corazón de su capital humano.
Y pudo salir adelante.
Un libro imperdible, necesario para entender que hay seres de antología -como Fernando Monckeberg- destinados a marcar surco y camino; y dejar una huella digna de imitar, recordar y perpetuar.
Destino caprichoso
De niño fue mal alumno y de adolescente pensaba que su destino estaba en un banco. No soñó jamás que daría una ardua batalla que se inició en La Legua: erradicar la desnutrición en Chile. Con su acendrada vocación de servicio, voluntad e ingenio derribó barreras y fue dejando huellas decidoras en el sector político, social y científico de nuestro país. En su libro “Contra Viento y Marea. Hasta erradicar la desnutrición” (El Mercurio/Aguilar) desentraña el panorama desolador que Chile vivió respecto a la desnutrición hasta hace unas pocas décadas.
Es de los pocos chilenos de exportación y que -hace rato- podría haber sido postulado al Premio Nobel de la Paz.
Las preocupaciones de este coloso de la medicina están fijadas hoy en la llamada “sociedad del conocimiento”. De ahí que -superada la desnutrición y sus consecuencias- su foco de interés se centre en la educación.
“Si no avanzamos en la capacidad de generar conocimiento, yo diría que todo lo hecho lo más probable es que no sirva de gran cosa” -asegura.
El mundo de hoy es otro
– Mientras en 1960 las materias primas constituían el 30 por ciento del Producto Bruto Mundial, en la década del 2000 representaban apenas el 4 por ciento del mismo. Por otra parte, el grueso de la economía mundial está en el sector servicios, que representa el 68%, y en el sector industrial, que representa el 29%, según el banco Mundial.
– Chile, su gobierno, nuestra clase política, ¿ha tomado el toro por las astas en este sentido?
– Es un tema fundamentalmente importante. Chile logró algo tan trascendente como derrotar la desnutrición, que no lo han logrado otros países de la región.
Es cierto que en los últimos tres decenios ha habido avances en América Latina. Pero esos avances han sido muy restringidos respecto a lo que hizo Chile. Chile tuvo un cambio fundamental en un periodo de tiempo demasiado corto.
Ancestralmente nuestro país tuvo por muchos años un factor humano dañado. Ese factor humano era muy alto, que yo pondría en alrededor de un 70 por ciento. Y es que la mortalidad infantil tiene su costo.
El cambio de Chile fue muy brusco y rápido. Todo esto pasa en no más de cincuenta años. Es un hecho muy gravitante, que no había sucedido desde la llegada de los españoles.
– Da la impresión que la clase política está medio divorciada de la ciencia, de la tecnología y de hechos como los que usted estudia. ¿Cuál es su opinión al respecto?
– Los políticos han sido muy vapuleados, pero no son gente mala.
Para enfrentar los desafíos que vemos ahora como país, hay que hacer un esfuerzo grande, pero que bien vale la pena. Yo estimo que esto va acostar un esfuerzo durante diez años, a un costo de 25 mil millones de dólares.
Y aclaro que los resultados no lo vamos a ver de inmediato. Lo verá la generación siguiente. Ese es el problema que existe con la clase política, pues ellos quieren ver resultados inmediatos.
Es cierto que el avance tecnológico en el mundo ha sido extraordinario. Pero el ser humano no ha cambiado. Los seres humanos son como los mamíferos. Tienen sus instintos, y obedecen a esos instintos. A mi modo de ver, el más poderoso y el más evidente, es el instinto de poder.
Nietzsche dice que uno levanta una piedra y puede ver la lucha por el poder.
Esa lucha puede ser por el poder económico, por el poder político, por el poder científico o social. Entre ellos, claro está, se encuentra el poder político.
Si yo quiero interesar a este mundo político, debo ofrecerle cosas. Y otros ofrecerán otras cosas, dependiendo del ámbito en que trabajen, investiguen o se desenvuelvan.
Luego, necesariamente se producirá una distorsión, entre lo que el político pretende con todo su juego -que es alcanzar el poder- , con la realidad de lo que requiere una sociedad moderna, como lo es la sociedad del conocimiento.
– Su colega y amigo argentino Abel Albino, se queja de que en ese país el presupuesto destinado a ciencia no supere el 2,7%. ¿Cómo andamos en Chile?
– Este año se ha prometido invertir más. Pero el parámetro que a mí más me preocupa es cómo se invierte.
– Pero todo indica que invertir un 3 por ciento es una cifra digna…
– Y un poco más que eso, creo yo. También hay que tener en cuenta que en los países desarrollados la mayor parte de esa inversión es privada. Acá estamos aún en una etapa bastante primitiva.
– Con su ayuda, Chile dio un gran primer paso. El segundo, debiera costar menos…
– Yo creo lo mismo. Pienso que el proceso de avance ahora difícilmente se pueda detener. Creo que no tiene vueltas atrás, afortunadamente. ¿Te has preguntado tú, ¿cómo es posible que después de una dictadura -que dejó planteada una estrategia económica social definida- la democracia no haya sido capaz de cambiar un ápice? Acá se acabó la sobreprotección, se acabaron los trámites para con las licencias para importar. Acá nos abrimos y somos un país que tratará de tener comercio libre con todos.
Todo esto empieza el año 1980, y ninguna de esas cosas ha cambiado., felizmente. Creo que Chile, al fin, ha encontrado su rumbo.
Yo te diría que aquí los políticos, o se suben al carro silenciosamente, con algunas muecas de disgusto, pero el sistema no lo cambia nadie.
– En la última entrevista que le hice, usted me señaló que la ingeniería genética involucra la revolución más grande que haya podido vislumbrar la humanidad: mucho más importante que la revolución industrial.
– ¿Sigue vigente esta aseveración?
– Te diría que más que nunca. Es vertiginosa la velocidad respecto a la génesis de conocimiento nuevo. Y esto no se detiene. Sin embargo, en el área de la genética esos cambios seguirán siendo profundos y drásticos. La ingeniería genética en la agricultura, ya es una realidad trascendente. Ahora, tu puedes inocular genes, activar genes, suprimir genes, en fin.
Te diría que la medicina que se nos viene para los próximos cincuenta años, es una medicina absolutamente diferente. Uno de los grandes avances ha sido el de la descripción del código genético. Cada vez se conoce más acerca de la interacción de genes para que puedan vivir y organizar su metabolismo en las células.
El poder descifrar el genoma humano, costó 11 mil millones de dólares y demoró siete años. Es decir, siete años demoró la ciencia en descifrar los 3 mil billones de bases del DNA, para poder decir que tenemos 20 mil genes, y poder establecer lo que hace cada uno de esos genes.
Ahora estamos en otra etapa. En la muestra de sangre de un dedo, te pueden dar en una semana -por un costo de mil dólares- todos tus 3 mil billones de datos del DNA. Ese conocimiento está a la mano. Ya no es ficción.
Esto significa que ahora se puede conocer la expresión de cada gen.
Esto trae como consecuencia la medicina personalizada, con análisis de tus enfermedades y peligros mucho más prolijos y -por tanto- contando con los remedios ideales y precisos para atacar tus debilidades.
Una batalla de largo aliento
– Fue allá por la década de 1970. En pleno periodo de la Unidad Popular viajan a la Unión Soviética una comisión de médicos y profesionales. La idea era recabar antecedentes para combatir la desnutrición en Chile. La respuesta de la exURSS fue un balde de agua fría: ¿Para qué viajan hasta acá, si allá en Chile tiene al doctor Monckeberg?
– ¿Cuánto de cierto hay en esta anécdota?
– La verdad es que como yo no estuve presente, lo he sabido de oídas.
El hecho es que pudo haber sido cierto porque ya por esa época -y por las investigaciones que habíamos hecho en nutrición- mi nombre sonaba bastante.
Para llegar a tener un concepto claro de lo que había que hacer en esta materia, tuvimos que transitar por una etapa larga y dura. Fueron algo así como diez años de investigación. Esas investigaciones fueron bastantes trascendentes como para ser publicadas en revistas especializadas y de prestigio internacional. Por eso digo que no es raro que me conocieran en distintas partes del mundo, ya que me correspondía ir a congresos y seminarios internacionales.




