Viviendo en el corazón del enemigo
Quiero relatar un hecho que me parece muy luminoso ante tantos otros que vivimos en la actualidad, porque pone de manifiesto la solidaridad, la capacidad de ponerse en el lugar de otros, como uno de los medios más potentes que tenemos las personas para enfrentar el sufrimiento, las injusticias de todo tipo, la vulneración de derechos, etc., y transformar esas realidades de un modo decisivo y contundente.
Se trata de un hecho que aparece en el último artículo que he leído del teólogo brasilero Leonardo Boff, titulado “La fuerza de los pequeños. En plena guerra, en el cuerpo de un israelí late el corazón de un palestino”. Procedo a relatar el hecho, el cual habla por sí mismo y no requiere más comentarios.
Mazen Julani era un farmacéutico palestino de 32 años, casado, padre de tres hijos. Vivía en la parte árabe de Jerusalén. Mientras tomaba un café con unos amigos en un bar, fue víctima de un disparo mortal procedente de un colono judío. Ese disparo era una venganza contra el grupo palestino Hamás, que, poco antes, había matado a numerosas personas en una discoteca mediante la acción de un terrorista suicida. El proyectil le entró por el cuello de Mazen y le destrozó el cerebro. Lo trasladaron inmediatamente a un hospital israelita, pero ya había fallecido al llegar.
Entonces ocurrió algo sorprendente. El clan de los Julani decidió allí mismo, en los pasillos del hospital, donar todos los órganos de su hijo fallecido para trasplantes; los cuales, en ese hospital serían para pacientes israelitas. El jefe del clan aclaró, en nombre de todos, que este gesto no tenía ninguna connotación política, sino que se trataba de un gesto estrictamente humanitario.
Según la religión musulmana, dijo el jefe del clan Julani, todos formamos una única familia humana y todos somos iguales, israelíes y palestinos. No importa a quién se trasplanten los órganos. Lo esencial es que ayuden a salvar vidas. Por eso, concluyó, los órganos se destinarán a nuestros vecinos israelíes. De hecho, se llevó a cabo, en forma inmediata, un trasplante de corazón. Así, en el israelita Yigal Cohen late ahora un corazón palestino, el de Mazen Julani.
A la mujer de Mazen le costó explicar a su hija de cuatro años la muerte de su padre: solo le decía que su papá se había ido de viaje muy lejos y que, al volver, le traería un bonito regalo. A quienes tenía cerca, les dijo con los ojos llenos de lágrimas: “Dentro de un tiempo iremos a visitar a Yigal Cohen en la parte judía de Jerusalén, porque Yigal vive con el corazón de mi marido y padre de mis hijos. Será un gran consuelo para nosotros acercar la oreja al pecho de Yigal y escuchar el corazón de aquel que tanto nos amó y que, en cierto modo, sigue latiendo por nosotros”. Y termina el relato diciendo que así lo hacían de vez en cuando, visitando al judío Yigal en cuyo pecho latía el corazón del palestino Mazen.
A pesar de la violencia desplegada por el ejército judío, arrasando con todo en Gaza y en el sur del Líbano, a pesar de los miles de víctimas inocentes, no se perdió el rasgo de humanidad y sentido solidario mostrado por el jefe de familia del clan Julani, palestino y musulmán.
No faltará quien piense que este relato es un caso excepcional y, sin duda lo es; es insólito en un mundo marcado por la corrupción y la violencia, pero es posible, y no sólo es posible, sino que ha ocurrido y ha transformado el dolor de los Julani y la vida de Yigal. Así también sucede con tantos casos de solidaridad verdadera que ocurren muy cerca nuestro y que transforman la vida de las personas y de comunidades enteras.
La convicción de que todos somos miembros de la misma familia humana alimenta actitudes de perdón y de solidaridad incondicional. Es la fuerza de los pobres: la solidaridad que hace brotar flores en medio del basural y recrea la realidad poniendo la dignidad del ser humano y la compasión por encima de cualquier otra consideración. La solidaridad siempre es posible y es la fuerza transformadora de los que no tienen otros medios que la capacidad de ponerse en el lugar de otros.
El hecho de que este suceso haya sido posible alimenta la esperanza de que hay hombres y mujeres que tienen amor y solidaridad. Concluía Leonardo Boff su artículo diciendo: “Así, ni siquiera una Inteligencia Artificial autónoma y enloquecida será más fuerte que el amor. Como dicen las Escrituras en el Antiguo y Nuevo Testamento: más fuerte que la muerte es el amor. Efectivamente, quien tiene el amor, lo tiene todo: la vida eterna y a Dios”.




