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ManIA con porfIA

Por Diego Benavente Viernes 6 de Noviembre del 2026

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Hay palabras que, de pronto, dejan de pertenecer al futuro y pasan a describir el presente. Inteligencia Artificial es una de ellas. Ya no hablamos de una tecnología que algún día transformará nuestras vidas. La transformación comenzó. Está en los teléfonos, en las empresas, en las universidades, en los servicios públicos y, cada vez más, en la manera en que estudiamos, trabajamos y tomamos decisiones.

Quizás por eso “ManIA con porfIA” sea algo más que un juego de palabras. Frente a la IA convivimos con fascinación y temor, entusiasmo y desconfianza. Queremos aprovechar sus ventajas, pero seguimos intentando comprender un cambio que avanza bastante más rápido que nuestras certezas.

Buena parte de la discusión se ha concentrado, con razón, en sus riesgos: privacidad, desinformación, sesgos, protección de datos, impacto sobre el empleo y responsabilidad frente a decisiones automatizadas. Son materias que exigen regulación, conocimiento y reglas claras.

Pero hay otro riesgo que merece atención: que el miedo termine siendo más rápido que nuestra capacidad de adaptación.

La inteligencia artificial no significa solamente sustituir personas por máquinas. También significa ampliar capacidades humanas. Una pequeña empresa puede acceder hoy a herramientas que antes estaban reservadas a grandes compañías. Un estudiante puede disponer de un tutor permanente. Un municipio puede procesar información en minutos, y un investigador analizar volúmenes de datos que antes requerían meses de trabajo.

La pregunta, entonces, no debiera ser únicamente qué empleos desaparecerán. También debemos preguntarnos cuáles surgirán, qué habilidades serán necesarias y si estamos preparando a las personas para ese mundo.

La inteligencia artificial no puede convertirse en otra política pública que cambia de nombre, prioridades y responsables cada cuatro años. Si realmente creemos que tendrá un impacto transversal sobre la economía, la educación, el Estado y la vida cotidiana, necesitamos continuidad. No una política de gobierno, sino una política de país. Y esa estrategia debe comenzar por la educación.

No basta con aprender a utilizar ChatGPT o cualquier otra herramienta que aparezca mañana. Hay que aprender a preguntar, contrastar, verificar y distinguir información de conocimiento. En un mundo donde obtener respuestas será cada vez más fácil, saber formular las preguntas correctas será cada vez más importante.

Hay, además, una paradoja que conviene no perder de vista: mientras más inteligente sea la tecnología, más valor tendrán aquellas capacidades que no se reducen fácilmente a un algoritmo. El criterio, la creatividad, la responsabilidad, la empatía, la capacidad de colaborar y, sobre todo, la facultad de decidir para qué queremos utilizar aquello que la tecnología pone a nuestra disposición.

La discusión sobre inteligencia artificial, por tanto, no es solamente tecnológica. Es económica, educativa, cultural y, finalmente, política en el sentido más amplio de la palabra: tiene que ver con el tipo de sociedad que queremos construir.

Por eso, quizás el mayor peligro no sea la inteligencia artificial, sino nuestra propia porfía.

Mientras algunos seguirán discutiendo si la IA es buena o mala, otros ya estarán utilizándola para producir más, aprender más rápido, investigar mejor y resolver problemas que hasta hace poco parecían demasiado complejos. El mundo no va a esperar a que terminemos el debate.

La inteligencia artificial ya llegó. La discusión relevante no es si debemos permitir que entre, sino si seremos capaces de entrar nosotros a tiempo en ella.

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